miércoles, 15 de octubre de 2008

PROYECTO GUIÓN SOBRE NOVELA PUBLICADA


GUIONIZANDO1
PROYECTO PARA PELÍCULA LARGOMETRAJE

MANUEL MARTÍNEZ HUERTAS
D.N.I.: 02201834K

678 743 713 – 917 968 822

PROYECTO GUIÓN PARA PRODUCTORA DE CINE

Un saludo, y paso enseguida a exponerle la guía para entender mi guión.
Intento seguir una pauta lo más profesional posible para ser entendido en este proyecto de guión. De todos es sabido que los guiones son retocados por directores y productores que entienden de partes técnicas y comerciales mucho más que los autores de novela que pensamos en el lenguaje literario más que en el de imágenes. Debido a que está, el posible arranque del guión, inspirado en una novela, mía, ya publicada, no quisiera ser rechazado de principio por aportar la idea completa, que, sin duda, ustedes no la considerarían adecuada al cien por cien. Pero, la novela existe y puede ser una estupenda autopista para llegar al término adecuado. Por eso sólo les ofrezco la idea generalizada. Soy autodidacta, en este sentido, pero el cine me ha acompañado en muchos momentos de mi vida y creo tener el instinto necesario para comprenderlo.
En fin, si les gusta la idea general expuesta a continuación, podrían contar conmigo para que yo les enviara el primer borrador completo (aceptando consejos profesionales) y continuar juntos para crear un buen guión de mi novela (tengo otra, pero sin publicar aún).
PODRÍA ADJUNTAR ARCHIVO PDF (pdf.HUIDAENZÀHGALO.NOVELA) donde incluyo la novela en la que está basado este proyecto. Novela titulada: “HUIDA EN ZÀHGALO”, ya publicada (Ed. NUEVOS AUTORES;
http://www.nuevosautores.info/, info@nuevosautores.info – 96 317 34 92) y escrita por mi persona: MANUEL MARTÍNEZ HUERTAS, 44 años. DNI: 02201834K. Teléfono: 678 743 713 - 91 796 88 22.
Más adelante, al final del documento, ampliaré mis datos personales, de momento es para que tengan una mínima referencia sobre quien soy.
En dicho archivo pdf.HUIDAENZÀHGALO.NOVELA (recomiendo tenerlo preparado, en una ventana de fácil acceso, para consultarlo, antes de leer el proyecto) se observa en primer lugar la
INSCRIPCIÓN en el REGISTRO de la PROPIEDAD INTELECTUAL:
In extenso ISBN 84-89268-17-7 © Nuevos Autores
Al ser yo el autor de la novela tengo libertad absoluta a la hora de guionizar.
Asimismo ADJUNTO ARCHIVOS de IMAGEN (alta resolución) de la portada y contraportada de la novela, a guionizar, donde ya se va adelantando (contraportada) la historia que representa, y dará una idea bastante concreta.

TITULO (provisional) del GUIÓN
“HUIDA EN ZÀHGALO”

TEMA
La transformación de un tipo bohemio y solitario (periodista freelance), ante la verificación de la muerte de un amor de adolescencia enquistado en su memoria afectiva, hacia una vida más ordenada. “No confíes demasiado en que el futuro arregle el pasado, podría repetirse. Tapa el pasado con un infalible presente”


GÉNERO
NEGRO, con TOQUE “ESOTÉRICO” y TOQUE de AMOR


SINOPSIS
-enfocada sobre la novela ya publicada-
El desplazamiento del narrador protagonista, un periodista y reportero gráfico, solitario y bohemio (alrededor de 40 años), hacia una zona cercana a La Alpujarra Granadina siguiendo un impulso incontenible al recibir una carta muy cariñosa de un amor de adolescencia que perdura en su memoria afectiva. Es algo lanzado e incordiante y, aparte, necesita cambiar de aires. Viaja a la tierra de la que procede su estirpe para solucionar el conflicto que le obsesiona desde los 17 años cuando la persona que se pone en contacto con él, desaparecida en aquella época sin más, le dice que ha leído el relato de aquellos días, escrito por el protagonista en una recopilación para una ONG, y que está apenada por lo que pasó, que ejerce de curandera en un pueblo cercano al que se conocieron veinte años atrás y que le revelará por que se marchó sin despedirse para ya no volver. Allí va él sin meditarlo ni un minuto. La acción se sitúa a finales del siglo XX. Zàhgalo (pueblo milenario) está inspirado en Guadix-Granada y parte de su comarca.
El protagonista BENY llega a Záhgalo y lo primero que se encuentra es que la persona a la que iba a buscar está recientemente muerta (¿asesinada?, ¿suicidio?, ¿accidente). En el relato se deja entrever que La Providencia (o el Destino) tiene mano en el asunto. Beny, llega justo en el momento en el que van sucediendo hechos raros, todos como principal testigo él y su cámara de fotos, que indican que en el pueblo están sucediendo hechos extraños. Debido a la “casualidad” de la presencia del periodista se desvelan acontecimientos que llevan a algunos habitantes poderosos, y sus acólitos del sitio, a la cárcel por compinches en asesinatos que habían perpetrado. El protagonista comienza a pensar en cambiar de vida, ya que sospecha que por una mala jugada de alterne (el pueblo estaba en sus fiestas anuales) ha perdido, quizá, la posibilidad de tener a su lado a una hija, a su vez retoño de su amor adolescente, asesinada, o amante (esto lo debe decidir el lector/espectador). Por el resto, descubre por qué se marchó su amor de joven. Se mete en unos cuantos líos, con agresividad de por medio. También se acuesta con una lugareña, BELÉN, casi su versión femenina, y que le hace sentir la felicidad de una buena amistad. Vuelve a Madrid con un montón de reflexiones, unas más acertadas que otras, provocadas por dicho desplazamiento a Záhgalo, y con la clara convicción de un cambio de vida, que pasa por escribir un libro inspirado en los acontecimientos vividos en los cuatro días que estuvo allí (a él le parecieron 100).

ARGUMENTO
Se podría tener preparado el archivo pdf.HUIDAENZÀHGALO.NOVELA.pdf de 247 páginas sobre la novela original en una ventana de ordenador para consultarlo según va indicando este argumento. Aunque no es imprescindible. Gracias.
-enfocado al guión pensado para película de largometraje
basado en la novela HUIDA EN ZÀHGALO,
en el que el espectador vería lo que ve el protagonista
y algunas vislumbres y los recuerdos
que éste irá teniendo a lo largo del relato-
TODO EL HUMOR Y LAS REFLEXIONES NO PODRÁN SER DEFINIDAS EN ESTE ARGUMENTO, PERO MUY IMPORTANTE EN LA NOVELA.

PRIMER ACTO de la ESTRUCTURA.
EXPOSICIÓN.
Arranca con la presencia solitaria de BENY en su apartamento, en calzoncillos y tumbado en el sofá, que ha vuelto a tener un sueño: “maldita sea, otra vez la puñetera pesadilla de los cojones”, dice al despertar por el sonido del timbre de la puerta. El escenario indica que la noche anterior llegó borracho a dormir. –la tele enchufada y a sus pies una botella de güisqui vacía y la ropa de fiesta tendida sobre un sillón-. Le abre a su vecina PEPA. Comentan, con algo de sermón por parte de la vecina, la situación bohemia del protagonista principal de esta historia, la mala cara que tiene -ella le da su ropa recién planchada- la falta de pago del alquiler al casero y algo sobre el escenario que les rodea, -y todo ello ayudaría a situar al espectador en buena parte sobre la personalidad de BENY-. También, PEPA le da las cartas del buzón del correo y le dice: “me ha gustado mucho el cuento que has escrito ese del libro que me regalaste, ése… cómo se llama”; “Mi pequeño jardín del Edén” (página 7 del archivo pdf); contesta él. Éste revisa la correspondencia, una vez que se ha marchado su vecina, y nos deja vislumbrar que hay una misiva muy emocional y emocionante para él.
BENY se dispone a viajar sin falta, avisando mediante un telegrama, a algún sitio relacionado con la llegada de dicha carta, desde un apartado de correos, el 102. Sabremos que cerca de La Alpujarra Granadina.
Un tren expreso transporta a BENY a una pequeña ciudad, -Zàhgalo-. BENY es fumador y en el pasillo conoce a una persona con la que charla, hay poca gente en los departamentos, -percibimos algo más de su personalidad y los motivos del viaje al conocer a otro viajero-. Dice el VIAJERO: “sabe usted, tiene pinta de artista, se le vé hecho polvo hombre. ¿Sabe que si hacen el amor en La Alhambra por primera vez dos adolescentes se querrán para siempre?”; “No me diga, ya sé lo de las leyendas por estas latitudes”, contesta BENY y se dispone a dormir y, antes, a leer la carta por enésima vez donde se descubre que la autora de la carta es LULASANA, de la misma edad que él y antigua compañera de juegos adolescentes. -una voz en OFF femenina nos lee la carta interesada (página 13 del archivo pdf)-. y BENY entra en un letargo nocturno llevado por el traqueteo y ruido de un tren nocturno -donde unas escenas se verían en pantalla, en cascada, recordando el protagonista los dos días anteriores que le han costado la pérdida de una seminovia, su vida nocturna y discotequera en Madrid, y algún que otro negocio, en especial cuando le vendió una foto de la mujer de un editor, que le ponía los cuernos, y que le vino estupendo para el divorcio y a BENY le publicaron su cuento y algún artículo que otro y un “dinerillo muy sabroso” y un recordatorio para su adolescencia en la tierra a la que se dirige y a su adolescencia-.
BENY llega a Zàhgalo, un lugar largamente milenario, -en la zona de la comarca de Guadix (Granada) se encontrarían las localizaciones adecuadas para la historia que contamos, (página 20, 105, 228 del archivo pdf)- y comienza a percibir que está en el ambiente contrario al que ha estado viviendo. Se baja del tren, al amanecer, y pregunta al taquillero por su amiga LULASANA, que supuestamente es una curandera de la zona: “¿Muerta? ¡Cómo muerta! No le comprendo. ¿¡Muerta!?”, -el giro que hace que el relato marche por un derrotero inesperado, de cara al espectador/lector-, le dice BENY al taquillero; “Pues es bien sencillo. Voy a tener que poner un cartel… con esto de las fiestas, la gente se calla las desgracias”; “¿Cómo… qué murió? ¿Cómo… qué muerta?”; “¿¡Es que no entiende usted bien el español!?”. BENY recibe la noticia como un golpe helado y comienza a notar que algo chocante lo ha traído al lugar y siente una curiosidad inquietante por ello.
Decide quedarse un día o dos para averiguar algo sobre la muerte de LULASANA, encontrada muerta al pie de una Torre de la Catedral del pueblo con una altura de 50 metros. Y comenzarán a sucederle los hechos concatenados a los que está predestinado. Eso sí, vuelven recuerdos de adolescencia a su cabeza y escenas, en plan intuición, sobre la terrible desgracia de su amiga, como visiones sobre la caída de LULASANA en Torre de la Catedral.

SEGUNDO ACTO de la ESTRUCTURA
Primer NUDO. Sobre la vida y personajes del pueblo Záhgalo.
-unas escenas se verían para situar y facilitar la comprensión de lo que sucederá-
Zàhgalo un lugar muy milenario (página 21 del archivo pdf). Aparece la lugareña BELÉN, metida en un problema con LUCAS, un tipo celoso de ella que trata de agredirla. “Si le pegas te estarás arrepintiendo toda la vida”, exclama BENY, “sí, bocazas, pues también le pego a los hombres. Acércate y verás, capullo”, replica el otro. El tal LUCAS recibe un “maletazo” por parte de BENY que lo deja tirado semiinconsciente en el suelo. Acaba de nacer la relación afectuosa y de amistad entre BELÉN y BENY. El flirteo es poderoso desde primer momento entre ambos personajes. Él ha tirado una foto de la agresión que ella agradece muchísimo, es una buena prueba. Tienen un gran sentido del humor a lo largo del resto del relato mientras BENY trata de sonsacarle información a ella, que es tan reservada como todo el resto del pueblo, aun con un grado elevado debido a su condición de soltera, hermosa, y feminista... (página 25 a 40 del archivo pdf).
BENY pasea solo por el pueblo, en pleno “mercadillo” callejero donde observa a la población del pueblo con sus mejores galas de compras. Entonces conoce a LUZ. La chiquilla es tan parecida a LULUSANA que él no puede evitar abordarla. Es la hija de ella, aunque él no lo va a reconocer en ese momento. (página 48 a 50 del archivo pdf). Le regala una sandía, donde un tío agrio, al parecer un acompañante de LUZ, LUIS, una especie de guardaespaldas, hace que se le caiga al suelo y se desparrame. –metáfora sobre un gran corazón roto, que es lo que le sucederá-. LUZ emplaza a BENY al Flamenco Alegre donde ella bailará esa noche. A continuación BENY, ya con BELÉN de nuevo, se atreve a fumarse unos “porritos”, animado por ella, con unos lugareños. Todo ello salpicado por la magnifica fotografía del pueblo. BENY va a estar tirando fotos todo el relato. Se intuye que algunas de esas fotos tendrán mucha importancia. El hachís lo proporciona CHANO, admirador de BELÉN, pero que es rechazado, de siempre, por ella. La animadversión entre CHANO y BENY es instantánea. (página 51 a 60 del archivo pdf). En la conversación se explica la inmediata fiesta anual del Pegapalos. Fiesta que tendrá gran importancia para el desenlace sentimental de la historia y donde se vuelve a intuir lo peligrosa que podría resultar para BENY de continuar en el pueblo. Pero el protagonista no piensa irse de Zàhgalo. Quiere averiguar todo lo que pueda sobre la muerte y pasado de LULASANA y quiere realizar un reportaje sobre todo el suceso y, también las fiestas del Pegapalos…
En el Flamenco Alegre (página 60 del archivo pdf) ocurre toda una jornada nocturna con varios ambientes, donde la música y alguna que otra actuación perfilan los gustos del lugar. Una, en especial, de unos travestidos donde reciben una lluvia de huevos y tomates, indica a BENY que la agresividad en el pueblo no está considerada como tal, sino como un ingrediente más de la fiesta. BENY, después de “ponerse hasta el culo” de cocaína, alcohol, y todo lo que queramos, con BELÉN, CHANO y algún que otro personaje más, en especial con FANDILA EL PORRADOR que le regala una porra de defensa para la fiesta del Pegapalos y que BENY marca con la uña y con sus iniciales,-este detalle será de suma importancia-, se aleja para ver bailar a LUZ. Luego habla con ella y ya sabe que es la hija de su amiga muerta. Se está enamorando a pasos agigantados de LUZ y, del roce, de BELÉN. Por cierto, BELÉN consigue que BENY le deje el cuento: Mi pequeño jardín del Edén, escrito en homenaje a LULA, y siente algo de celos. Él está sacando conclusiones sobre la muerta (a base de preguntarle a la gente), que no le hacen gracia por que sospecha que ha sido asesinada. En medio de todas las conversaciones BENY agobia demasiado a BELÉN en cuanto al ansia que él tiene por saber. BELÉN será descartada como celosa de LULASANA y LUZ, aunque ella fue amante de BALDOMERO RÍOS. LULASANA curaba a alguna gente de la droga, cosa que no favorecía al camello CHANO. Conoce, por fin, a BALDOMERO RÍOS (página 98 a 101 del archivo pdf), que se ha erigido en protector de LUZ, y que es un cacique del lugar, y que lo invita al velatorio de la muerta en su cortijo para que tire unas fotos de recuerdo para los asistentes. Descubre que LULASANA no lo tragaba, y, ¿BELÉN?, anterior amor de BALDOMERO RÍOS, y posible rival de LUZ. En fin, BENY, con la cabeza llena de todo tipo de “líos” decide despedirse de JACINTO, camarero y nuevo amigo de él, y despejarse por el pueblo con la nocturnidad a la que está más que acostumbrado, con idea de que por la mañana temprano subirá a la Torre de la Catedral desde donde cayó su amiga de la infancia. Es un impulso que no puede esquivar. Necesita ir allí. No puede ir a dormir a casa de BELÉN porque está totalmente perdido y despistado. Duerme a la intemperie. No puede comprobarlo pero sabe que alguien le ha estado siguiendo todo el rato. Pero bueno, halla un banco donde “dormitar un ratillo”. Mañana será otro día. “Ustedes comprenderán”

Segundo NUDO. Desarrollo de la acción principal. Amores y asesinatos.
-unas escenas sobre la época adolescente entre BENY y LULASANA-
Y de nuevo un despertar brusco. Con ambiente hierático BENY conoce al cura D. FERMÍN, que le cuenta (página 108 a 113 del archivo pdf) en qué circunstancias encontró el cuerpo maltrecho de LULASANA. El cura es octogenario y su testimonio no es de fiar del todo. BENY sube a la Torre de la Catedral donde, al parecer, rezaba LULASANA antes de su muerte. Allí sucede el ataque del ENIGMÁTICO, personaje bautizado por nuestro protagonista y que lleva el rostro cubierto por un pasamontañas. Le tira una foto por acto reflejo. El susto es de muerte. Pero BENY se zafa del individuo mediante un golpe certero que le propina en la cabeza con LA PORRA DEL PEGAPALOS, que le regalaron la noche anterior y que con el ardor de la pelea desaparece junto al individuo. –más adelante recordará qué sucedió con dicha porra en un momento crucial-.
BENY, para le denuncia, se dirige, escoltado por dos guardias civiles en un coche, hasta el cuartel de la Guardia Civil. Nuevos detalles surgen para el misterio. Al parecer EL ENIGMÁTICO podría ser CATO hijo de JOSEFA, la otra curandera del pueblo mucho más tradicional y costumbrista que LULASANA, y enfrentada claramente con ella. El TENIENTE ROMERO, entre ataques a la condición y vida de BENY, acaba por creer a éste y explica que CATO está en busca y captura. BENY debe tener cuidado en el pueblo, por si acaso. Su curiosidad acaba de crecer. El TENIENTE ROMERO pone a BENY en antecedentes y le aconseja irse con BELÉN que lo está esperando fuera. Ella está “alucinando” de lo conocido que se ha hecho nuestro protagonista, que debía ser un sólo primo lejano de ella, en el pueblo. BENY está roto. Tiene que descansar y escucha: “Duérmete un rato, anda, só canalla…”, entre un tímido golpe de risa. BENY vuelve a tener la pesadilla de toda la vida, -definida poéticamente en la novela-. (página 131 del archivo pdf). BENY despierta con un bonito regalo por parte de BELÉN. Un jarrón de cerámica que le ha fabricado en su taller casero. BENY lo marca, con la uña del dedo gordo, con sus iniciales camufladas; es su costumbre, comenta. Debe marchar para el cortijo Los Faroles (página 139 del archivo pdf), hacienda propiedad de BALDOMERO RÍOS. Será el velatorio de LULASANA. Lo conducirá LUIS, aquél individuo “tan simpático”. LUIS le dice a BENY, durante el trayecto en coche, que le duele la cabeza recientemente y no quiere hablar. –esto es un indicio para el lector/espectador y el propio BENY (¿un golpe en la cabeza?)-.
En el cortijo sucederá otro ataque del ENIGMÁTICO, pero antes BENY tendrá tiempo de conocer al padre de LUZ, SR. KIKO, el marido de LULANA, que trata de que nuestro protagonista le quite de la cabeza la idea a su hija de irse a una gran ciudad, como Madrid, pero resulta que BENY ya se ha dejado querer por la chiquilla, en un bonito paseo a caballo, donde le promete pasarse por su casa para visualizar un video de su madre y de ella; y, aparte, piensa en que no sería mala idea llevársela con él. BALDOMERO RÍOS le dice algo parecido a lo del SR. KIKO. Todos parecen querer tener a LUZ en vilo y hacerse imprescindibles para ella. LUZ vuelve a bailar, flamenco/fusión, en homenaje a su madre y agradecimiento entre todos los presentes. Hay un invitado, NORBERTO TORTOSA, que parece especial para BALDOMERO RÍOS. BENY conoce la historia por la que el pueblo parece llamarse Zàhgalo (página 146 del archivo pdf). Entonces sucede el ataque homicida del ENIGMÁTICO contra NORBERTO TORTOSA y BALDOMERO RÍOS, huyendo después del lugar, dando muerte al primero de ellos e hiriendo al segundo. BENY vuelve a fotografiar el hecho, dada su condición de reportero gráfico contratado para tal. EL JUEZ GÁLVEZ, asistente al evento con su ayudante ASENJO, pone orden en la hacienda y decide que ya irán declarando los asistentes, en especial BENY, convertido en testigo estrella del pueblo. Esa noche BENY y BELÉN, en el Flamenco Alegre, contactan con REME que es una cartera jovencilla del pueblo para que mire, discretamente, el apartado de Correos, el 102, desde donde BENY recibió la misiva de LULASANA, con la idea de indagar sobre otros contactos secretos de ella. La muchacha accede animada por BELÉN, y “ya te lo diré”. La situación lleva a que BENY y BELÉN hagan el amor en un acto de antisoledad. En esos momentos, y guiado por la curiosidad de ella, él le revela que fue LULA, en la adolescencia, quién lo desvirgo y que siempre la querrá (página 172 y 173 del archivo pdf).

Tercer NUDO. El GIRO. Como las cosas no son lo que parecían al principio.
-alguna escena sobre lo que está sucediendo a espaldas del protagonista-
BENY es citado en el cuartelillo de la Guardia Civil. CATO ha aparecido muerto, despeñado, por un puente, asediado, quizá, por un grupo de perros salvajes. Tiene que reconocer el cadáver. Aparece JOSEFA, la madre, y le dice que no es lo que parece, pero las autoridades no pueden hacer otra cosa que favorecer la resolución en beneficio de la próxima fiesta del Pegapalos. Le dan a BENY un informe, no oficial, con lo que ha sucedido y que él haya sido testigo. BELÉN lo leerá en voz alta (página 185 del archivo pdf). Los dos descubren, con un espectacular paseo, y conversación, por el pueblo, que sienten pasión pero no todo el amor que deberían. No repetirán experiencia sexual, de momento.
Camino de casa de LUZ, BENY, escucha una extraña y mafiosa conversación entre BALDOMERO RÍOS, LUIS, su mozo de cortejo como le gusta nombrar, SR. KIKO y un acompañante de éste. Con respecto a LUZ, después, siente que la ama. Se la llevará a Madrid, con seguridad. Pero descubre, al regalarle la chiquilla una nueva porra para el Pegapalos, algo asombroso. BENY debe notificarlo. Todo va a dar un giro inesperado.
El TENIENTE ROMERO, animado por el testimonio de BENY, realiza unas investigaciones, -escenas mudas sobre dichas investigaciones que, como siempre, parecen ocurrir en la mente del protagonista-, que llevan a la detención de BALDOMERO RÍOS y sus acólitos, y persecución del SR. KIKO y ayudante. Todo con los testimonios del periodista y testigo de excepción BENY.
La cartera REME, en el FLAMANCO ALEGRE, les descubre una dirección de un pueblo cercano, Huellena, de una tal ENCARNA CÓRDOBA que parece tener toda la cómplice intimidad que necesitaba LULASANA. BENY tiene el pálpito de que esta mujer, al fin, le podrá aclarar detalles de la adolescencia de LULA y su marcha repentina del pueblo La Solana. Dos guardias civiles se lo vuelven a llevar al Cuartel, donde el JUEZ GÁLVEZ solucionará la muerte de LULASANA, CATO, NORBERTO TORTOSA y todos los flecos descolgados de esta historia (página 212 a 217 del archivo pdf). La porra que BENY recoge en casa de LUZ no es otra que la que perdió en la Torre con el ENIGMÁTICO –no era CATO. Fueron LUIS y AYUDANTE del SR. KIKO disfrazados-.
Mientras BENY hace de reportero en la fiesta anual, aunque la curiosidad de una buena hinchada de cerveza puede con él incluso más, BELÉN y LUZ, juntas por orden de BENY, sufren un ataque por parte del ayudante del SR. KIKO, ambos huidos de la justicia, con intención de llevarse a LUZ con su padre. La fiesta del PEGAPALOS (página 218 a 228 del archivo pdf) transcurre desgraciadamente para BENY pues recibe una buena paliza por parte de CHANO, con gran odio, pero es salvado a tiempo por FANDILA EL PORRADOR. BELÉN le notifica que LUZ ha desaparecido, -otro giro argumental que vuelve a variar la trama-, junto al SR. KIKO y que el malvado ayudante está detenido.
Ese día, dos amigos desangelados duermen sin hacer el amor, van a ser muy buenos colegas. El ayudante ASENJO reclama al periodista para proporcionarle el informe definitivo y que amplia y sustituye el anterior, BELÉN lo leerá en voz alta (página 232 a 235 del archivo pdf), donde todos los sucesos quedarán aclarados.

TERCER ACTO de la ESTRUCTURA
DESENLACE. Un final un tanto insurrecto.
BENY pone distancia entre él y Zàhgalo, no sin antes propinarle un nuevo “maletazo” a LUCAS, para dirigirse a Huellena y hablar con ENCARNA CÓRDOBA (página 238 a 242 del archivo pdf) para descubrir que LULA se marchó con KIKO en aquella época por los tejemanejes de aquél y por el instinto de protección que LULA tuvo hacia todos los demás. BENY sospecha que LUZ podría ser hija suya. -este dato no será confirmado nunca-.
BENY regresará a Madrid con la conciencia cambiada. Ya no quiere drogas ni alterne dislocado, desea escribir una novela sobre lo ocurrido. A los pocos días, después de leer una carta de BELÉN donde le explica como ha quedado resuelto definitivamente el caso, lo medita. –escenas sobre lo que dichas noticias le han traído-. (página 243 a 245 del archivo pdf). Al parecer el tal KIKO ha engañado a todo el mundo y ha desaparecido con su hija. CHANO a la cárcel por camello. BALDOMERO RÍOS a la cárcel por complicidad en homicidio, junto con su ayudante. Y para el pobre loco, exdrogadicto, ayudante del S.K. KIKO, toda la pena, por haber sido el brazo ejecutor. Daba la impresión de que todo se les fue de las manos a los conspiradores, decididos a vengar la muerte de LULASANA –empujada de la Torre por CATO- de una manera muy fructuosa. Querían culpar a CATO de todo, para matar a NORBERTO TORTOSA en beneficio económico. Epílogo. La reflexión literarionovelesca del protagonista. (página 246 y 247 del archivo pdf) BENY hace una breve reflexión, -voz en off sobre escena melancólica- sobre lo acontecido y así sacarle beneficio de cara a la vida real y se despide con un poema, Esta Vida Es Bella, que básicamente propone: al mal tiempo: buena cara. FIN FIN FIN FIN FIN

PERSONAJES
-PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES IMPORTANTES-

Se definirán los principales rasgos físicos, del pasado y de personalidad.
Físico, vida personal, ocupación, psique, gustos, etc…

ZÀHGALO. Lugar largamente milenario (Guadix-Granada y comarca)
Historia inspirada totalmente en los recuerdos, y lugares de por de allí. Con la excusa de que el protagonista es un reportero gráfico los lugares serían debidamente retratados. (Con todos los beneficios que ello pueda aportar).

LULASANA. Motivo principal para la trama. Fallecida misteriosamente.
Muerta en extrañas circunstancias. Antiguo amor adolescente del protagonista. Sus rasgos serán definidos más adelante con los de su hija. Curandera y psicóloga casi siempre en plan altruista. Perfiló toda su vida en favor de su hija.

BENY. El “narrador protagonista”. El relato transcurre “junto a él”.
Espigado, rasgos muy definidos, de 40 años pero juvenil en habla y apariencia, aunque sentencia en alguna que otra ocasión. No es agresivo, pero tampoco es cobarde. Aspecto general dejado. Fibroso. Solitario, bohemio, “vive al día”. Periodista reportero gráfico “freelance”. Tiene una inquietud literaria que terminará de desarrollar en esta historia. Es un inmigrante andaluz que hace su vida, desde la adolescencia, en Madrid. Todo lo relacionado con el amor y la pasión le afecta enormemente desde que su primer amor desapareció misteriosamente, allá por su tierra natal en Granada. En esta historia podrá “arreglar” aquellos desajustes emocionales del pasado, aunque adquirirá unos “nuevos”. Es partidario del sentido del humor.

BELÉN. Coprotagonista y compañera de andanzas del protagonista.
Lugareña (de Zàhgalo) que ayudará a BENY en sus andanzas por el pueblo. Andaluza de treinta años, aunque eso nunca lo revelaría ella. De larga melena y rasgos agitanados dulcificados. Es de tendencia “hippy”, con lo que ello conlleva. Muy enamoradiza y sensible, aunque de alma solitaria en el fondo. De familia acomodada no le da demasiada importancia al dinero. No se vende por él. Muy embarcada en todo tipo de situaciones del pueblo, pasando por ayudar en la Cultura como siendo amante del más poderoso del pueblo. Harta de ser comparsa lo deja.

LUZ. Hija de Lulasana.
El único ser inocente del todo en la historia. Muy parecida a su madre, podría ser también hermana de BELÉN (y de Penélope Cruz de joven). Juega con los atuendos y el color de su melena constantemente. Bailarina muy aficionada al fusió/flamenco. Romperá el corazón de BENY, tanto si al final se decide si es su hija como si no lo es. Confía en el hombre que la ha criado, su “padre” KIKO.

S.R. KIKO. Padre y protector de LUZ. Insidioso y falso.
Es el artífice de las desgracias. Aunque trata de vengar a su mujer. Sesentón y con apariencia de patriarca de algún clan con mucho estilo a la hora de vestir.

BALDOMERO RÍOS. Un cacique del lugar muy implicado en todo.
De unos cincuenta años. De aspecto canoso con barba recortada. Presumido y mujeriego. Pero en el fondo un ignorante confiado ante alguien más astuto.

TENIENTE ROMERO. Socio de BENY en la clarificación de hechos.
Cincuentón. Bonachón. Calvo. Fondón. Religioso. Casero. Bromista. Duro.

JUEZ GÁLVEZ. El personaje que demuestra el tesón en el relato.
Su aspecto es el de un Moisés moderno y sin tanta pompa.
ESCENAS (esbozos) DIALOGADAS

- ¿Muerta? ¡Cómo, muerta! No le comprendo. ¿¡Muerta!?
- Pues es bien sencillo. Voy a tener que poner un cartel, al final. Hace ya algunos días que murió. Ya lo tenía que saber todo el mundo, coño. Con esto de las fiestas, la gente se calla las desgracias.
- ¿Cómo... qué murió? ¿Cómo... qué muerta?
- ¿¡Es que no entiende usted el español!?, ¡oiga!


- ¿Dónde podría informarme de esos temas?, amiga mía, para ponerle una flor, por lo menos. - Le dije un tanto apesadumbrado.
- Pues, no sé. Déjame que piense un poco. También es casualidad que vengas así a la aventura, y que tengas ese interés tan enorme después de tantos años. No sé.
- Sí, la verdad es que a veces la vida nos sorprende con sus tesituras. Pero si no te importa y pudiera acercarme. Quizá con saber dónde está el cementerio me valga con eso para calmar mi trastocado espíritu.
- A lo mejor se la han llevado a otro sitio. Vete tú a saber. - Dijo ella.
- Y si visito su casa, ¿cómo lo ves esto?
- Pues no lo veo bien del todo, porque no me he puesto las lentillas y de lejos no veo nada en claro. - Y culminó con una caprichosa sonrisa.
- Siempre he pensado que una mujer guapa y con sentido del humor, graciosilla vamos, no tenía que estar sola... Había que casarla, pero a la voz de ya.
Capté que mi chiste no le había caído en gracia, para nada. Quizá hubiera sido mejor hablarle del cuento.
- Pues, en ese caso me gustaría ser fea y antipática.
- Eso es imposible. Te voy a decir una observación: oye, tú estás soltera porque en el mundo no hay conocimiento.
- Yo estoy soltera -me replicó ella, un tanto recalcitrante- porque me da la gana. Para qué te enteres.
- Yo también opino eso. - Sentencié.
- Sí, ¿tú lo estás porque te da la gana?
- No, digo que tú lo estás porque te da la gana a ti.
- Creo que tú estás un poco colgaíllo, ¿no?


- Oiga, póngame otro güisqui, por favor, con poco hielo.
Le chillé al camarero, que a los dos minutos me lo estaba sirviendo.
- Paisano, tenga usted cuidado con quién habla.
- ¿Cómo dice?
- Me cae bien, amigo, y por eso se lo digo. Ella está ocupada, es uno de los jefes de por aquí. Es el mandamás.
- ¿Se refiere usted a la niña? -contesté mirándolo, luego me dediqué a mi bebida- No he hecho nada malo, oiga.
- No se trata de lo que haga. Se trata de lo que él cree que esté haciendo. Comprende la diferencia, ¿o no?
- Sí, claro. Pero por hablar con una muchacha, aunque sea la novia de alguien, no tiene por qué pasar nada. ¿O... se comen aquí a la gente?
- No tiene por qué, sí. Pero si le dan una lección gorda, luego se lo pregunta y sale usted de dudas.
- Déjeme que le haga una foto, amigo. ¿Y cómo se llama?
- Soy Jacinto.
- Digo, el nombre de aquél que pudiera regalarme dicha enseñanza.
- Baldomero Ríos se llama, Sr. Ríos. Aunque él no se iba a manchar las manos, ¿me entiende?, compañero.
- ¿Por qué me lo cuenta?
- Le repito que me ha caído usted bien, y si va a hacer un reportaje de por aquí podría sacarme, a ver si ligo ya de una vez en este pueblo.


- No estarás quitándome a la zagalilla esta, ¿¡eh!? -dijo él nada más acercarse, para después echar mano de su bebida-, no me habréis criticado demasiado, ¿eh?
- Sí, le he contado que me pegas cuando no nos ve nadie. -Dijo Inma-. Dice que te va a sacar en el reportaje para que se entere todo el mundo.
- No te lo habrás creído, ¿verdad? - Dijo Chano, y me miró con los ojos tan abiertos como la puerta de Alcalá.
- Yo sin pruebas no puedo decir nada. Tengo que verlo para publicarlo. Si lo creo o no eso ya es otro asunto personal de mi exclusiva incumbencia.
- ¿Me crees capaz de pegarle a Inma?
Estalló un silencio general.
- No contestas, -siguió él- ¿!eh¡?, no hace falta que pongas esa cara hombre, que pareces la mona Chita. Seguro que Inma ha estado bromeando sobre todo eso.
De nuevo la gracia de Belén me obsequió con su atención y compañía. Y se lo agradecí. Vaya si se lo agradecí.
- Hola Beny, ¿cómo te lo estás pasando?
- Bueno, es divertido moverse entre gente desconocida estando de fiesta. Voy aprendiendo cosas de por aquí y situándome poquito a poco por allá. Ya sabes.
- Y colocándote, machote, que aquí somos buenos anfitriones. Claro que a lo mejor no somos tan modernos como en los madriles, pero lo que manejamos es superior, ¿¡eh!? - Escupió Chano, estallando con un hálito de incomodidad pueblerina que yo no capté su por qué. Aunque lo sospechaba.


- Pues muy bien -prosiguió el Sr. Ríos-, Beny, le alabo el gusto en su sentido del humor. Desde luego en plena realización de una fiesta hay lugar para todo ello, qué duda cabe. Espero que se sepa usted comportar en otras situaciones en las que se trate un tema un poco más serio.
- Siempre lo procuro. Aunque a altas horas de la madrugada es un poco complicado.
- Es muy comprensible. -Volvió a dar una enorme calada-. Creo que está usted interesado en algunas facetas de la vida festivalera de Zàhgalo, ¿no?, y de alguna más, así que le propongo que venga usted mañana a media tarde a mi cortijo, donde vamos a realizar un velatorio por la desaparición de una buena amiga que nos acaba de abandonar. Se trata de la madre de Luz, fallecida recientemente. Aunque de eso ya está usted de sobra enterado...
- Sí que lo estoy. Y veo que usted también lo está, de otros asuntos.
- Le diré una cosa, no se olvide caballero, joven, que yo puedo ver, si lo deseo, hasta desde detrás de los espejos, ¿me comprende? Este es un pueblo de dimensiones reducidas y hay asuntos que corren como el viento.
- Como el viento que puede venir, sorpresivamente, del monte Alherí ¿verdad?
- Sí, eso es, por ejemplo. -Luego continuó, después de una pausa-. Bien, ¿qué me contesta? Vendrá usted al velatorio de Lulasana, y así podrá comentar algo en su reportaje de lo bien que velamos a los seres queridos por aquí.
- Sí, me gustaría. Tengo que comprobar algunas cosas antes. Luego temprano pasaré por la Torre y echaré algunas fotos. -Contesté afirmando con movimientos de cabeza-. Quizá esté algo cansado, pero no habrá problema. Iré.
- Allí verá usted bailar a Luz, Sr. Beny. Un baile homenaje que ha preparado para su madre. Y lleva usted razón con respecto al temperamento de ella; es madura, pero sin experiencia. Ella pasa por una situación muy delicada. Hay que tener mucho cuidado y mimo al tratarla, de ahí que Luis la acompañe casi a todas partes en estos caprichosos días. Su padre no anda muy bien de salud últimamente.
- Mimo, que, supongo, con usted está respaldado.
¿Qué impulso me hacía amparar a Luz de esa manera tan directa? Uno muy suelto que salía de las mismas células traviesas que resurgen del primer bofetón infantil.
- En efecto, Beny, es una misión que me he impuesto. Ayudo a mis seres queridos y a la gente que me es leal.
- Déjeme que le saque una foto, con ese tabique de fondo y estas luces que le van a favorecer, por si hay que hablar de la fantástica discoteca y lo bien que acompaña la fiesta. - Repliqué en un intento de camaradería.
El Sr. Ríos miró por encima de sus hombros para confirmar que de atrás no saldría nada que lo comprometiera. Accedió.
Le tiré un par de fotos y le, asaz, agradaron.
- Ahora le dejo. Tengo obligaciones mañana temprano. Acuérdese, en mi cortijo, Los Faroles, a media tarde. Luis -le medio gritó a su mozo de cortejo-, ahora le indicas cuándo y cómo puede llegar hasta allí. Adiós joven.


- Te acompañamos en el sentimiento Josefa. Lo que podamos hacer por ti, dínoslo y se hará. De momento vamos a mantener esta desgracia en secreto.
- ¡Devolvéme vivo a mi hijo, como yo lo parí!
- No digas tonterías, Josefa. Tú hijo, lamentablemente está muerto. El destino lo ha querido así. De esas cosas tú sabes más que nadie.
- El destino se puede cambiar, eso lo hacen las personas. !Ay, Jesús!
- Ya conoces los hechos Josefa. Tú fuiste la primera en enterarse de todo, sobre todo de su última desaparición.
- Ahora -prosiguió el juez con decisión-, hay que identificar el cadáver y después hacemos con él lo que tú prefieras. Mi consejo es incinerarlo y así podrás velarlo en tu casa cuanto quieras. Pero si quieres llevártelo, te dejaremos hacer lo que tú quieras.
- ¡Él no ha matáo a nadie! - Gritó la mujer.
- Te lo hemos explicado, todo. Me conoces, Josefa, y sabes que no doy un paso en balde en estos sentidos. Ya te avisé que la mayoría de las amenazas acaban por cumplirse. Te lo he estado avisando.
- Vúsotros sabéis que no íbamos a hacer daño. Era un cábreo que estábamos desfogando, Gálvez, lo sabíais.
- Por eso dejábamos el agua correr. Confiábamos en que tenías a Cato bien sujeto, y además haces el bien a mucha gente. Pero ahora, ¡mira por dónde, bien gorda se ha liáo!
El juez continuó exponiendo.
- ¿Y por qué no lo volviste a ver desde la tarde de la caída? Yo te lo digo otra vez: algo malo había hecho.
- Él era incapaz. Sí, lo vi, pero nos cabreamos por que había perdido la Cruz de Las Angustias. Lo de las amenazas era cosa mía. Él las pintaba como si fuera un juego. Si era como un niño, un niño grande.
- Sí, es un niño que le ha metido mano a la mitad de las mujeres del pueblo. Josefa, -y relató el juez- cuanto más movamos el asunto más peste. Perdona la expresión, mujer, pero es así. El hecho de las amenazas, su afición a perseguir mujeres solas y tocarle las tetas, el hecho de que se haya perdido después de la caída de Lulasana. Y un par de testigos que al darle publicidad anoche por la radio han llamado diciendo que sí, que lo habían visto esa noche muy trastornado a esas horas y cerca de la Catedral.
- ¡No puede ser, ay, no puede ser!
Lloraba desconsolada la mujer.
- Venga, teniente Romero, haga pasar al periodista y despachemos pronto este asunto. Las desgracias hay que pasarlas rápidamente. Vamos. Y usted, Josefa, hay que decidirse, mujer, ¿qué hacemos con él? Con tu hijo.
- ¡!Ayyy!, vamos a incinerarlo, así me lo llevo a la cueva e intentaré sanear su espíritu. ¡Ay!
Culminó, la desgraciada mujer.
- Está bien, es una decisión muy acertada. -Dijo el juez-. Yo creo que su espíritu ya está en otra parte bien lejana, pero con el tiempo uno sólo recuerda los hechos agradables, y tenerlo cerca de ti es cosa buena. Eso le ayudará a estar feliz en la otra vida. Venga, Josefa, vamos.


- ¿Otra taza de café?. - Me preguntaba el picoleto.
- Sí, por favor. ¿Quiere un cigarro? - Repliqué.
- No gracias, sólo fumo de los míos.
- Teniente, ¿qué opina usted de lo acontecido? No es oficial la pregunta.
- Bueno, no me puedo alegrar de las muertes, lógicamente. Pero me alegro de que se haya solucionado; tan rápido. Las fiestas son muy importantes y si se hubieran fastidiáo por culpa de Cato. Los de aquí son capaces de pegarle fuego a la cueva de sus parientes, o cualquier otra barbaridad.
- No me refiero a eso, mi teniente. -Dije inhalando una profunda calada-. Digo que si su instinto le dice que las cosas han sucedido como parecen.
- Bueno, muchacho, no he podido preguntarle nada a nadie. Ahora aquí, sin una buena interrogación, no puedo decirle nada concreto. Aparentemente, sí.
- ¿Qué hubiera cambiado con la interrogación? Si el interrogado le miente, podría incluso despistarlo y ser una traba para la investigación.
- A un oficial de la Guardia Civil no se le despista tan fácil, amigo. ¿Traba?, dice, aquí, el muchacho, ¿¡eh!?
Masculló el oficial. Esbozó el teniente una sonrisa y miró al oficial, colega de profesión suyo, que fue testigo ejemplar y silencioso durante toda la velada. Parecía que se pusieran de acuerdo en algo. El teniente dijo:
- Mire Beny, le voy a referir un detalle que pasó en Egipto hace un tiempo.
- ¿En Egipto? - Pregunté extrañado.
- Sí, en Egipto. Y fue hace algunos años, cuando se descubrieron algunas momias que no se sabía muy bien su antigüedad y posición social.
- ¿Sí?
- Se juntaron una serie de especialistas para definir cuántos años hacía que habían sido momificadas esas personas, que debían de ser ricas por las tumbas tan lujosas que eran. ¿Me pilla?
- ¿Sí? - Dije intrigado. ……..………………………………….
- Bueno, pues resultó que por las inscripciones todas fueron identificadas, les acoplaron su edad sin problema. A todas menos a una.
- ¿Y bien? - Dije, muy reenganchado al misterio.
- Esa momia, se llegó a la conclusión de que debía ser importante, pero no famosa, en su época. Por lo menos no se quiso dar referencia alguna. Pero lo que más interesaba era su edad para relacionar la momia con hechos y descubrir algo en concreto. Ningún especialista del mundo pudo hacer nada, muy lamentablemente. Fue una pena que no nos llamaran antes a la Guardia Civil.
- ¿Los llamaron a ustedes? - Pregunté como un niño.
- No hombre. A nosotros, no. ¡Cómo iba a ser eso!, hombre. Llamaron a dos miembros especiales del cuerpo, que los habían preparado en Valdemoro. Fueron, y se encerraron a solas con la momia durante cuarenta y ocho horas. – El teniente guardó un silencio estratégico.
- Bueno, ¿y qué paso? - Increpé con enormes expectativas curiosas.
- Bueno, pues... resulto que, resulto que...
El oficial miró de nuevo al otro picoleto y espero a que yo le preguntara.
- ¿Sí, dígame, qué resultó? - Dije con la curiosidad en su punto más álgido.
- Pues... ¡que la momia confesó! Jajajaja.


-Jacinto, ¡hombre! Dame una cerveza, compañero de los solitarios. ¿Cómo se presenta la noche? - Insistí con él.
- Bien, amigo Beny. Hoy está aquí todo cristo. Apenas duerme nadie.
- Me alegro mucho de tu contento.
- Sí... ¿usted no lo está?
- No demasiado. Se me están acumulando una serie de tensiones consecutivas y me tienen algo preocupado.
- Eso no es problema. Ahora le pongo un antidepresivo.
- Nada de pastillas conmigo, chaval.
- Pues así llamaba usted la otra noche a los chupitos de YackDaniels.
- Ponte otro tú también y brindamos por algo que nos merezca la pena.
- Poca opción me deja, entonces, Beny. Brindaremos porque nos quieran.
- De acuerdo, compañero. Vamos a ello.
Cerré el argumento, ahí.
Al ratillo apareció Belén por la barra, mientras me tragaba el humo a raudales.
_ !Hola Beny¡. Qué bien me ha venido el descanso de esta tarde. No veas como son los vinillos de peleones. ¿¡eh!?
- Sí, es verdad.
- Parece que tú no has descansado nada. ¿Qué tal con Luz?
- Bien, Belén. Es una muchacha encantadora.
- Sí, tu brillo en los ojos te delata. Ya lo sospechaba yo.
- Sí bueno, yo no he parado en todo el rato. He estado ajetreado.
- Bueno, las fiestas se lo merecen, verdad. ¿Quieres una rayita?
Nuevos Autores, Cortes Valencianas, 41, 1º G. 46015-Valencia. 96 3173492

EL AUTOR

CURRICULUM VITAE.
No creo que interese mucho mi vida laboral. Pero añadiré que soy trabajador asalariado del ferrocarril desde siempre y gran aficionado al cine, no erudito, al que estoy muy agradecido por las muchísimas horas de compañía que me ha dado.
Con respecto a lo literario, todo mi currículo se observa en la parte de arriba.
También tengo un blog http://mequitaslavida.blogspot.com.

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lunes, 22 de septiembre de 2008

SINTONÍA DE BARETO (I) inicio de la novela


sintonía de Bareto

El argumento podría resumirlo de la siguiente manera: anécdotas y vivencias del dueño de un bar de copas en Madrid, a finales de los ochenta y principios de los noventa. El libro se hubiera convertido en una sucesión de relatos, pero prefería culminarlo como un mosaico novelado de pasajes, muchos de los cuales están interrelacionados. Sexo específico, erotismo, alcohol, drogas, amor y el empeño del narrador protagonista (el dueño del garito) en implicarse en todo aquello que pasa por delante de sus ojos. Hasta que descubre (más bien se le revela) su afición por la escritura. Hay bastante tema donde elegir para que cada lector se lo pase bien leyendo estas páginas. No faltan reflexiones de todo tipo en palabras del narrador y de algún que otro “cliente-amigo”. El estilo, sería parecido al que han utilizado los escritores americanos, con todos mis respetos, del realismo sucio (creo que este adjetivo se puede suprimir), pero más castizo y con gran sitio para la metáfora, la insinuación y la propuesta.


I Pues, sí... ...Serían las cinco P.M. y de nuevo se me haría tarde. Dichoso sueño. Y el display de mi reloj de mesita lo marcaba bien claro; con esos números, estridentes y resultones en la oscuridad. Me imponían. Me llevé un susto casi de muerte. Resulta que, estando mi menda en esa situación medio soñolienta, entre ráfagas de sueño y visiones surrealistas, capto el parpadeo de los caprichosos números rojos. Debió irse la luz a medianoche y al volver el fluido eléctrico el marcador se quedó a cero y a la espera de una nueva sintonización. Y yo, entonces, pienso que los E.T. tratan de hipnotizarme. Resisto con todas mis fuerzas ante la reclutada a la que estoy siendo sometido. Quiero salir de la situación y no puedo, claro. Lo vuelvo a intentar y todo empeño es nulo. El parpadeo continua atosigando mis defensas neuronales; y tras múltiples tentativas, despierto al fin.
Lo pasé muy mal. Parece una tontería, pero cuando se pretende salir de un medio sueño, sin conseguirlo, la ansiedad atenaza la garganta y es casi comparable al abrazo de aquel cuello de camisa estrecho en aquella maldita obligatoria boda.
Tardé un buen rato en percatarme del tiempo tan espléndido que se forjaba. Era Domingo. Había pasado todo el día dormitando. En ese instante y apretado contra la almohada, sólo recordaba el haber recibido un leve rayo de Sol por entre el rabillo del ojo. La noche anterior había tenido una magnífica idea: volví a inventar un cócktelito, una mezcla de licores y risas. Resultó fácil. Fui un oportuno conejillo de indias. Cuando me animé a lanzarlo contra las hordas nocturnas, después de un sinfín de pruebas, ya se me empezaron a revelar los efectos de aquellos primeros tragos. "Otro más para el morral", pensé. El aprobado deberían darlo, como siempre, algunos de los presentes más conocidos. Tendría que preguntar por ahí. Las notas con las que iba acompañando los tragos desaparecieron.
Con el tiempo justo para una rápida ducha, no pude comer. "Bueno, luego cenaré", le dije al espejo del recogido baño en un particular carpe diem.
Al fin decido salir. Opto por darle una capa de crema a las botas, unos exquisitos monteros andaluces para montar a caballo. A falta de tan noble animal les sacaba un buen provecho en la moto. Me gusta el ruido que hacen al pisar. Aparte, de aquello, te elevan la estatura en cuatro centímetros; eso es espectacular. A la armonía del golpeteo contra el suelo se unía el sonido del roce del pantalón tejano. Tuve que calzármelo directamente de la cuerda de tender. Allí llevaba varias semanas castigado por mi memoria. Lo hube mojado por entero para reblandecer unas inoportunas manchas de sangre. No lo recordaba bien, pero creo que fue por algún ecolálico cliente que se pegó un tajo en el bar. "Está la gente loca, en estos tiempos", dije y el espejo no me contestó, esta vez.
A lo que iba, después de raspar las manchas con las uñas lo colgué para en cuestión de horas olvidarme de él. Para colmo, me sentía con un par de kilos de más en las últimas semanas. RASS, RASS, RASS, RASS... Llevé el concierto con dignidad hasta el coche; aparcado con media rueda subida a la acera.
II
Domingo otra vez, de nuevo. "Vaya, me parece que esta semana no ha sucedido nada interesante para mi modo de ver las cosas", medité en voz alta, aceptando que la posibilidad de haber perdido el tiempo durante siete días de mi vida cogía posiciones muy avanzadas.
"Pero claro, todo puede ser simplemente un fallo de la memoria", repetí.
Algún robiñano me dejó días antes una cinta de música clásica. Me insinuó que era buena terapia para conducir; al menos para los que, como en nuestro caso, nos pasábamos una media de seis horas diarias oyendo música ruidosa, música de bareto. En mi caso el Rock"and"Roll y sus aledaños.
Ahora trato de recordar las dos últimas horas de la noche anterior. Una ráfaga prontuna me acerca la idea de no haber barrido el suelo. Idea a la que cojo devoción, casi enseguida. Si lo llego a barrer me acordaría con toda seguridad. Eso no se olvida. Sonaron, de repente, unos compases bonitos y fuertes, como si la orquesta se hubiera encabritado y en un alarde heroico los instrumentos avanzaran hacia adelante impasibles...
!!TCHAMMM, TAACHAMmmm, TCHAMMMM, TATATATA... CHAMMMMM...¡¡. Miro la carátula de la cinta: WAGNER. Relaciono la canción con un hecho especial, sin saber cuál. Mi profanez en cuanto a música clásica es profunda, pero ésta la había oído en alguna ocasión que me había impactado, sin duda alguna.
Observo las parejitas pasear. La esperanza era que se cansaran pronto y se tomaran, más tarde, un refrigerio en mi local. Se lo serviría con el mejor de los placeres. Primero habría de barrerlo. Un muchacho corría por el lateral de la acera. Estaría preparándose para bombero si no menudo interés hay que tener. "WAGNER, majestuoso", le hablé al espejo retrovisor.
Lo descubrí al fin. "...las walkirias...". Y recuerdo dónde suenan, aparte de en otros mil sitios, esos compases tan arrolladores. Es en una de las películas que los americanos han realizado sobre su guerra del Vietnam. En esta cinta los fascistas Yanquis bombardean con total impunidad un poblado pesquero vietnamita. Apocalipsis Now, película bien hecha, aunque el tema da un pelín de asco. Encima, los soldados Yanquis se mosquean porque los lugareños tratan de defenderse. "Viva la chulería".
Intento aparcar el coche en batería. En uno de los giros de cabeza observo una silueta humana apoyada en el cierre ciego que protegía la entrada principal. Parecía mismamente una estatua. "Bonito adorno gratis", exclamo alegremente.
La mujer tiene la cara desquiciada. Es una vecina; y algo clienta del bar.
Ella parecía esperar impaciente mi llegada. Su aspecto declara el de una persona nerviosa y con claros síntomas de haber estado llorando. Se había maqueado para bajar al bareto. La melena morena le ondulaba al capricho del aire; chaqueta y pantalón de pinzas, de mercado, la cubrían. Por unos segundos se me pasó por la cabeza el convertirme en su ropa. Guapa de cara la muchacha; aunque el rímel la delataba, se le estaba corriendo por los lados y por los pómulos, como el rastro de un sucio caracol errante.
- !Hola¡. Oye, ¿estuvo aquí mi marido anoche?. - Y me lo suelta, de sopetón.
Me entra el demonio en el cuerpo. Su marido había pasado gran parte de la noche alternando en el bareto. Lo acompañó una esplendorosa rubia y pareció que se lo pasaban muy bien, entre arrumacos y toqueteos múltiples.
- No me acuerdo. Hubo bastante follón anoche. - Contesto por inercia.
- Es un hijo de puta.
Y ahora llega la hora de achantarme. "Doctor cuatro puntos en los labios".
La muchacha continuó hablando.
- ¿Estuvo aquí anoche, o !no¡?.
- No me acuerdo.
- !Sois unos hijos de puta todos los tíos...¡, os encubrís...
- No sé qué decir. - Repliqué, a ver si se calmaba.
- Sois todos iguales. !Unos cabrones¡.
- Parecidos.
- ¿!Qué¡?.
- No nada.
- Cuando venga no lo pienso dejar entrar en casa.
- Si es que vuelve. - Increpo yo.
- ¿!Qué¡?.
- No... nada... - "Doctor que sean otros cuatro puntos".
- ¿Lo puedo esperar aquí?, mientras me tomo algo.
- Bueno, no importa, cuando era un niño trabajé en Caritas.
Levanté el cierre de una vez y, en efecto, no estaba barrido.
- !Oye¡. Tendrás que acoplarte en aquella esquina. Tengo que barrer.
- No pasa nada, gracias. ¿Me pones algo de beber?, por favor.
- Y sin favor, sólo se trata de pagar.
- Ya lo sé, hombre. !Vete a la mierda¡... snifff...
- Hay que tomarse las cosas con filosofía ...mujer.
Y que el lector elija la que prefiera, pues en esos momentos yo no podía.
- !Y una mierda¡. -Chilló ella-. No ha venido en toda la noche el muy capullo y sin llamar ni nada. !Qué cabrón¡. No me podía creer que lo hubiera hecho.
- Igual le ha pasado algo... al pobre hombre.
Tu y yo, lector, sabemos lo que le podría haber pasado, ¿verdad?.
- !Ojalá se haya matado¡.
- Aquí se habla bien. - Dije para suavizar la cosa un par de grados.
- Está bien. Dame un cubata, un dyc con limón.
Se lo tengo que servir. Seguí con mis quehaceres baríticos. Las cámaras frigoríficas contenían pocas botellas. Mientras yo hago los cálculos oportunos para abastecer la posible venta, ella comienza, de nuevo, su quejosa perorata.
- No he pegado ojo en toda la noche...
Se le notaba con ganas de desahogarse. Por desgracia fui el elegido. No había nadie más en el local. "Qué remedio". Continuó hablando.
- ...cómo se puede ser así. Tener a una persona en estas condiciones. Es un egoísta... como casi toda la gente...
Se bebió el cubata del tirón. Le serví otro. "!Jóder, cómo está el suelo¡".
- ...quiere que la vida sea solamente para él. Yo con toda la carga de la casa. Y no me ayuda nunca. Se cree que porque trabaja ya lo tiene todo hecho. !Qué hijoputa¡. Todos los tíos sois iguales...
- Parecidos. - Le replico al reclamo imperioso de su mensaje.
- ...os buscáis una mujer para tener en casa y las juergas para vosotros. Y va y me dice que se queda a echar horas casi todos los días. Eso no se hace. ¿Sabes por qué se ha enfadado ahora?, ¿lo sabes?... pues porque no quise hacer el amor antesdeanoche. Se levantó de la cama y se fue el desgraciado....
Quiso en esos momentos otro cubata. Se lo puse. "Ahora sí que va a largar la tía ésta", medité horrorizado. "Doctor cósame las orejas".
- ...Y va y me dice que no piensa volver, que está hasta los cojones. !Encima¡. Que ya volvería a por las cosas. Si lo sé no me caso. Pero mi madre insistió tanto en que era buen partido. Y yo lo quiero, en el fondo lo quiero. Pero él a mí no. Por lo menos eso me dijo...
Me bajo para el almacén. La historia tenía atractivo, pero no era momento de escucharla. Además, si lo hacía tendría que acarrear con ella más tarde. Seguramente se iba a emborrachar. Por la manera de beber no tardaría demasiado. Bonito refugio un almacén. Arrivo con la caja de zumos.
Ella seguía dale que te dale.
- ...seguí el consejo de mi madre. "Hija, los hombres por echar un polvo con la mujer se portan bien, seguro", me decía. ¿Seguro?... antes daba resultado. Solucionábamos todo en la cama. Pero últimamente, nada de nada. Le puse el culo y se levantó y se fue... antes, al final, claudicaba siempre. Ahora, no sé qué ha pasado...
Ella se marcha al lavabo. "Bueno barro este rincón y listos". Me dirigí a poner musiquilla y a abrazar con agrado esa incertidumbre, protagonista siempre de las primeras horas de la jornada. ¿Entrará alguien?. En esos momentos, cuanto menos, ya tenía una clienta. "No sé, no sé, veremos". "Doctor creo que me voy a marchar".
- !Oye¡. Cóbrate y ponme otro cubata. ..Pofr ..ffavor. - Dijo balbuceosa.
- Ahora mismo mujer. Y a éste te invito.
Ahora debería quedarme en la barra. Ya no tenía escapatoria. Creí que ella iba a agradecer mi cordial gesto.
- No sé..., ¿por qué se ha tenido que ir?. - Dijo ella llorando otra vez.
- Espérate que aún es pronto. No seas impaciente, muchacha.
- Me lo llevaba insinuando ya algún tiempo.
- Escucha, escucha, que guitarra más guapa.
Le dije en alusión a la música de fondo.
- !Que le den porculo a la guitarra¡.
Pues sí, sí, me alejo del sitio. Ella se lo había buscado. Yo ya tenía bastante con atender la situación. Pero me hizo meditar un rato.
Si a ese hombre se le había infringido un castigo imponderado, él tenía más que motivos para ser el enfadado. Los enfados matrimoniales no son de mi especialidad e incumbencia, pero hay que estar a las duras y a las maduras. Además, cómo creer sólo una versión; no es democrático. Yo sé, como hombre, en la necesidad sexual que nos domina. Sé, que ante los castigos, las personas nos defendemos. Nunca nos sentimos culpables. Si el castigo es no darnos de comer, tendremos más hambre. Hambre que hay que apaciguar. Recurrir al castigo es ir a lo fácil, a lo cómodo. Si castigas al contrario dejas que ese razonamiento lo haga aislado y jodido. Cuando en el matrimonio follar debería ser un derecho; para ello se casa mucha gente, precisamente. Eso sí, siempre debe planear el castigo, y sólo debiera aterrizar cuando ese remedio sea inevitable; irremediablemente inevitable. Llegar a ese punto sólo depende de nuestro poder de captación y de una extrema comprensión; o sea, del poder de razonar.
Ahora bien, la teoría es demasiado bonita en la mente. Y hay que ser conscientes de ello. "Doctor díganoslo usted...".
"El vaso desbordado", pensé que habría sucedido.
Ella seguía bebiendo y fumando. Ahora había cruzado las piernas en actitud descuidada. Entonces entra el primer cliente; un muchacho dicharachero, guapote y elegante. Lo conocía de otras ocasiones. Se pidió una cerveza y enseguida miró a la otra. Una mujer sola en la barra, ya se sabe.
Pronto entablaron conversación. Los ayudé con sumo agrado. Qué le contara la película a otro. Me dolía la cabeza y no podía acumular más tensión, de modo que tomaría una cerveza de rigor y a relajarme sobremanera. The Blues Brothers Band con su Swet home Chicago me ayudarían en tan ardua tarea. Preparé una cinta de cassette para efectuar unas pruebas de grabación. Pretendía una nueva cinta de mezclas rokeras para mi colección particular.
La espontánea pareja entabla una imparable conversación.
Ella parece haber dejado de llorar. Me alegré.
La noche hizo acto de presencia una vez más y el bareto comenzó a coger ambiente. Oía las risas de fondo de la alegre pareja. Él había cambiado de bebida. Los dos se enfrascaron en una alocada competición para ver quién ingería más Dyc con limón. Al poco rato, los vi besarse. Se marcharon animadamente juntos.
Me tomé otra cerveza a la salud del amor. "Jóder..., doctor".
(................
A los pocos días me visitó su marido. Se dejó caer que venía por las maletas. Pilló a otro en su casa. Ella bajó al bar casi todas las noches durante un mes seguido.
Se llamaba María e iba a dar mucho juego.
Alguien la bautizó, en mi presencia y a escondidas, con un entrañable mote: Mariputi.
................)
Esa noche decido barrer el bar al llegar la hora del cierre. Por fortuna no hubo celebración especial y así me lo pude permitir.
Una vez en el coche y de vuelta a la piltra sentí las garras del sueño.
"!Mi madre¡..., pero si no he cenado.".
III
Gerardo comenzó a pisar el bareto un día cualquiera. Vaya una cosa, !cómo todo el mundo¡, no te jode. A veces tengo ideas de retrasado. Desde primer momento inundó el local de simpatía; un verdadero cuentachistes, siempre con uno preparado en la recámara.
Se las ligaba el tío de calle tanto a las nenas como a las borracheras. Daba la sensación de compaginar ambas labores mediante una drástica disciplina. Bebedor de cerveza, y Jack Dániels si se animaba; alto, delgado, moreno, simpático y con un negocio propio. Qué más se podría pedir en estos arremolinados tiempos.
El R,Roll's no le llenaba al ciento por ciento; pero el vacile, sí, eso, sí que no lo podía evitar y allí sí que lo había. Y en cantidades industriales.
- ¿!Qué pasa aquí, hombre¡?. - Saluda, desde la misma entrada de la calle.
- !Pues mira¡. - Le repliquo el saludo.
- ¿Adónde miro?, je, je, je.
- Donde puedas, es gratis.
Esta conversación era la quinta vez que la teníamos, por lo menos. Le sirvo su cerveza. En la barra cohabitaba, en esos momentos, otro cliente y, conocedor éste del ambiente, se preparaba para reírse.
- Me acaban de contar un chiste que es demasié.
Dice el recién llegado, observando al casi anónimo cliente.
- !Lárgalo¡.- Le ordeno mirándole a los ojos, a modo de ficciónico duelo.
- Se trata de un matrimonio en el que el marido se llama como yo...
Gerardo esboza una sonrisa. Eso ya preparaba los cuerpos de antemano.
- ...Vá y le dice la mujer al marido...Oye Follardo, qué vamos a hacer esta noche...je,je,je...¿Cómo que follardo?...Vá y le contesta el marido...je,je,je,... y le dice la mujer... !Ay¡, perdóname Gerardo... ¿en qué estaría yo pensando?...ja,ja,ja...
Nos reímos los tres al unísono durante un compendioso momento.
De golpe yo me quedo más serio. La verdad, ya me sabía el chiste.
- Qué pasa Tato. ¿No lo has entendido?.
Me dice él, un poquito defraudado.
- No es eso..., Follardo, es que ya me lo sabía.
- ¿Cómo que, ...Follardo?. - Me pregunta medio indignado.
- Digo... Gerardo..., en qué estaría yo pensando.
Y le propino una muy amplia sonrisa al concluir la gracia.
- No mola, !eh¡..., no mola...
Me recriminaba el Follardo, mirándome por detrás de la pupila.
IV
Por aquellos primeros días al timón del bareto (metáfora al canto) quedo grato sorprendido. La causa: las mujeres. Qué raro, ¿verdad?. No es que, este ser que relata, no supiera de su existencia, ni muchísimo menos, es que hasta la fecha eran ellas las que parecían no saber de la mía. No puedo negar lo agradable que resultó el hecho de pasar desapercibido al otro, bastante más atrayente, que se tornó el hecho de ser, por ellas, harto escuchado. Fantástico. Y no era la escucha por mis discursos, que en eso ya lo fui como cualquier ser humano (todos, hombres y mujeres). Comenzaba a notarles un halo especial en su briosa mirada. En un principio pienso que fueran las ilusiones de un tío salido, más salido que la península del Yucatán; situación con la que me sentía compenetrado, vamos, como la mayoría de la ciudadanía varonil. Pero es que aquello, lo de la atención, iba en avance. En verdad que me prestaron mucha cortesía. A veces, incluso, hasta elegía yo la conversación. "Qué bárbaro". Recononozco que mi autoestima subió un peldaño y que no pensaba descenderlo mientras tuviera la ocasión bien asida por los cuernos (insisto con el tropo metafórico, !ále¡).
Por distintos caminos mis oídos captaron la idea de que los camareros se comían cantidad de roscas. "Nos inflamos", solía decirme algún que otro conocido. "Tirapistos", pensaba yo. Pero ahora, y en plena conciencia de mis actos, tengo que pedir disculpas a aquellos muchachos, ante aquellos otros mis díscolos pensamientos. Ahora sí me lo creo. Los camareros ligan una barbaridad. Por algunas causas, y por otras, no dediqué el tiempo necesario al sabroso arte de ligar. Eso (sí, la torpeza) unido a mi negadez para tales menesteres me habían abierto una brecha en la consciencia; brecha que con el transcurso de los días se declinó en una crisis, de las psíquicas (quizá no sea el concepto, pero...).
La idea de intentar un giro en la vida hacia el mundo del alterne; la música, "y un negocio, además", copaba casi todo el día. Y eso, a lo tonto, a lo tonto (esto no me cuesta esfuerzo alguno), dejaba pasar los meses, entre búsqueda y búsqueda de un cuerpo ideal para ese planeado delito. El escape se estaba consumando y yo le daba toda la prioridad que podía, e incluso la que pedía prestada. En realidad sólo tenía ojos, oídos, gusto, tacto, olfato y una brizna de sentido común para una cosa. Inaugurar el bar.
Si por culpa del montaje del bareto había descuidado labor tan cardinal, ahora éste iba a devolvérmelo todo y con simpatía. Esa era una de las ideas; distorsionada a lo largo del proceso, como todas. Intentaría llevarme a la cama cuanta chica pudiera. Yo no podía tirar de guaperío, pero iba a ser el dueño.
Esperaba poder utilizar tal artimaña en algunos de los propósitos.
Las mujeres comenzaron a desfilar por delante mía en su carrera hacia la vida. !Oh, hermosura¡. Desde muy jovencito tengo un dolor agudo en una de las costillas flotantes de mi zona derecha. Un fatal golpe de niño. No tengo claro en qué momento de mi vida ocurrió. A veces, creo que lo tengo desde nacimiento. O quizá, algo diferente, algo más fantasioso, un cacho de costilla que me falta y se haya utilizado por las fuerzas superiores para la creación de una mujer (aquí luzco el tipo con la parida). Una bizarra mujer que no había aparecido en mi vida, hasta el momento. Deseaba que esto sucediera cuanto antes y así poder recibir la gratitud ganada por mi generoso esfuerzo (toque de egoista humano).
Con el rollo del ADN tuve las primeras escaramuzas dialécticas con alguna de las muchachas. Se reían ante el planteamiento: "¿no serás tú la mujer de mis huesos, verdad?". No hay nada más bonito que la risa de una mujer. Sobre todo si es a primera hora y te la brinda con su cabeza apoyada en tu hombro, y los dos con el regazo asido sobre la almohada. Pero aun a falta de plano tan sublime, en cualquier momento es bueno sentirlas reírse. Supongo que ellas también lo deben de agradecer. Pero por el sexo contrario no me puedo permitir el lujo de opinar ni de sentir. Podría cometer un fatídico error.
Tiempo tendría de ir averiguando cuanto me inquietara.
Corrían buenas fechas para fastarme.
Y ahora, cuando pienso el interés fehaciente que tengo en contar algunos pasajes pornoamorosos (quizá no sea lo correcto), o pasajes eróticofestivosociales (tampoco voy fino), y el empeño que ostento en que la narración vaya por estos derroteros que ya te estoy demostrando, lector, la papeleta que se me presenta para contar la culminación, la cumbre, la explosión, que sucede al final del proceso que une, e inunda de efluvios orgánicos, a un hombre y una mujer, o, es decir, el coito; digo, la papeleta es fina.
Donde mi proceder pasa por agotar los sinónimos a las primeras de cambio y así las historias pueden ser repetitivas, de modo que, tengo que montármelo de alguna forma para que la cosa prospere.
Bueno, espero que la historia, como mínimo, te entretenga, colega, un buen rato de tu tiempo. El menda va a ir acoplando los pasajes que tenga que incluir, sin más remedio, para este libro. Mosaico sociovacilónico, sí, y nocturno.
(.................
Al amor y sus aledaños
en contra o a favor
con él
nos pasan los años.
...................)
V
Serían las doce del mediodía. El Sol lame los tejados. Mi idea va a ser la de tomarme un aperitivo en el bar, con la excusa de visitar a mi amigo Pepe, el dueño. Al ser un día laborable sólo hallé dos personas. Pepe conversa con un vecino del lugar, ya jubilado el hombre.
Nada más verme entrar y acoplarme en el taburete, Pepe me habla.
- !Hombre, chaval¡. ¿Cómo llevas el bar?.
Me dice. Lo hace para animarme. El sabía que yo estaba empezando.
- Gracias por lo de chaval... !Bien¡, a verlas venir. - Le replico su saludo.
Me pone la cerveza, de marras. Pepe me la sirve y continua charlando con el otro hombre. Éste estaba medio calvo y fumaba un cigarro que desprendía un montón de humo. Pepe aparta el humo con resoplidos, a la vez que habla.
- Pues..., sí hombre. Hay que comprarse las cosas mejores en la vida. Ya lo dice mi mujer, que siempre tiene razón. Lo barato siempre sale caro. Mira chaval, nos hizo falta una tele, -Pepe señala una tele reluciente que había en una repisa de la esquina- y compramos ésta, la mejor del mercado. Y vamos a tener tele..., pá tó la vida.
Miré hacía el lugar y la tele estaba apagada. Pepe siguió hablando.
- !Mira¡. Antes tenía un equipo de música de chichinabo. Se oía, pero era de esos baratos. Mira éste, es de los buenos. Es cojonudo, -Pepe señala un equipo flamante que había en un extremo de la barra- y con éste..., pá tó la vida.
El equipo se encontraba desconectado y con un trapo blanco que lo anda protegiendo de todo polvo.
- !Mira¡, el otro día en el bingo me dijo mi mujer, que le había aconsejado una amiga; pues cogimos los cartones de cuatro en cuatro y estuvimos dos veces a punto de agarrar un premio. Hay que tirar fuerte en la vida. ¿!Oh no, tío..., chaval¡?.
Pepe parece preguntármelo a mí. Decido contestarle.
- Bueno. Tirar fuerte no tiene necesariamente que ser sinónimo de gastar a tope. Aunque reconozco que la sensación puede ser parecida, Pepe.
- !Cómo que no¡. Lo caro siempre sale barato. Tú como no tienes mujer no sabes de esto, !tronko¡, tío, chavalote.
- Dame otra cerveza, !anda¡. - Yo continuo con la lectura del periódico.
Pepe me sirve la bebida y sigue lanzando palabras al viento.
- Y no te digo nada el abrigo que se ha comprado mi señora. Lo vamos a pagar a plazos y todo, de lo que vale. Ahora que abrigo...; pa tó la vida....
Después, Pepe, masculla durante unos minutos alguna que otra anécdota más. Incluso nos perfora los tímpanos con algún cotilleo del vecindario.
Al poco rato, mientras Pepe hacía sus quehaceres de barra, el hombre y yo nos despedíamos de él. Nos dice, a la par que salíamos por la puerta:
- !Ala¡. A dar una vuelta por ahí. Y yo aquí, hasta la noche. Joder, si es que... me paso aquí..., !tó la vida¡....
VI
Esa misma tarde, por aquellos días en los que la ilusión se llamaba bar de copas, recibí la visita de dos viejos conocidos del barrio. Sólo los conocía de la forma llamada de vista. Venían con un aire ido. Parecían haberse fumado unos cuantos porros de hachís y alguna que otra cosa más, probablemente. Saludaron muy afablemente.
- !Qué pasa troncchh¡... - Dicen casi al unísono.
- !Hola qué hay¡.
- Lo que tú tengas, porque yo estoy jáspao.
Me larga uno de ellos. El más chistoso.
- Aquí hay de tó y güeno.
Les contesto muy amablemente, no sin algo de retintín.
Me encontraba solo en el bar, hasta ese momento, así que su llegada fue una de aquellas alegrías, de las amenas; un paso adelante para el pago del alquiler del establecimiento. Me autoanimaba en ese lance que se llama paciencia.
- Pues no será por tu cara. Parece que vives asustado todo el día. Ja, ja, ja.
Me replica uno de ellos, el bajito, recalcando la última sílaba carcajónica.
- Je, je, je..., -me debo reir, un poquillo forzado- ...bueno, habeis venido a beber o a mirarme a mí. - Les digo.
Tenían la risa floja ambos, y la boca como una alpargata seca, diría yo.
- !Venga¡. Pomnos dos birras. Y al louro que es de ouro.
Comenta uno de ellos el más alto.
Les serví las dos cervezas. Decidí cambiar la música para poner una más en acorde con la situación. Agarré una mezcla de "Rythym,and,blues" americano; Robert Cray Band. Es una de las cosas universales que han hecho los yanquis que nos merezcan la pena prestarles extrema atención. Sonó un exquisito punteo de guitarra acústica, envidiable.
- Buena postura, !troncchh¡...
Esta vez habla el más bajito. Me encantó que se percatara.
Ejercí mi derecho a no entrometerme en conversación ajena. Me puse a limpiar la barra. Ellos se enfrascaron en una exquisita charla de las que uno no puede evitar apegar oreja.
- !Jóder¡, chaval. Qué malrrollo. Cólega. - Dice el alto.
- !Es chach¡i. - Contesta el bajito, con gafas.
- Menuda pira se ha dado. Mecago en sus riles.
- !Es chachi¡. !Vaya un menda¡.
- Cómo nos la hecho el hijoputa.
- !De baracalofi¡.
- Ese ha ido a ponerse, fijo. Jóder, esto nos pasa por no estar al loro.
- A lo mejor nos está buscando. Es buen pive, en el fondo.
- !Venga coño¡. A tí se te va la hoya... ¿!o qué¡?.
- Es chachi.
- Le voy a dar un truco donde lo pille.
- !Qué te vayas ya¡. No seas tirapistos.
- !Ahí va mi bata¡. ¿!Qué no¡?.
Dieron un buen trago de cerveza. Fumaban un cigarrillo para pasar el ánimo. Al poco rato entró el tercero en discordia. Traía cara de prisas.
- !Jóder, chaval¡. Espectacular. - Dice nada más ver a los otros dos.
- Tú, caritú. ¿Qué pasa contigo, troncchh?.
Dice el alto, a modo de amenaza.
- Lo que yo te diga. Aquello que comentamos. Menos mal que os he pipeado.
- Ni comentamos, !ni pollas¡. ¿Y los talfis?..., !tráelos paracá¡.
- Espera que te cuente...
- Cuento, eso es lo que tú tienes.
- Te lo juro. Espectacular. Me han hecho el burle. Ha sío el pelanas. !Qué cabrón¡. Ha entrao por el portal y se ha pirao por una puerta datrás, el hijoputa. !Qué mogollón¡. Se ha ído pál polígano. !De fijo¡.
- Se habrá ido de baracalofi. - Dice el pequeño.
- Venga jóder, acigüata. No ves que viene puesto este cabrón.
- No seas pelandusco, chaval. Qué vengo mú fresco. - Dice el recién llegado.
- !Es chachi¡. - Dice el pequeño.
- !Mecaguendios¡, lo voy a marrar cuando lo pille a ese gualdrapa. !Hijoputa¡.
- !Qué te vayas, ya¡..., no seas tirapistos. - Dijo el pequeño.
Pidieron otra ronda de cerveza.
- Me debéis dos. - Les espeto.
- Tírate el pitote, chaval. -Dice el tercero.
Les puse la ronda de cerveza. Antes me pagaron las otras dos.
Y siguieron afirmando cosas las cosas de su mundo durante un buen rato.
Luego, pensaron en marcharse. Se me estaba llenando el cerebro de palabrería.
- Pilla por la orilla. - Se dicen algo, entre ellos, con disimulo.
- Esto es una fulañiki. !Troncchh¡.
- Milagros no se hacen ya, colega de la vega.
- Pues en el Alto dan unas posturas espectaculares. !Chaval¡. Lo que yo te diga.
- !Acigüata¡. - Dice el pequeño.
- ¿!Qué¡?, no te lo creessandrés.
- Eso es de baracalofi, troncchh. - Dice el grande.
A la media hora o algo así, se marchaban ya.
Se despedían desde la puerta, mientras dice el pequeño.
- !Adiós¡, juandedios.
- Hasta luego, men. -Dice el grande.
- Acigüata..., digo !hasta luego¡, chavales. - Les contesto.
- Venga vamos al barrio Alto a ver si lo trinkamos. !Venga vamos¡.
Dice el tercero con un tono de voz que me indica que transporta una sed de naúfrago mal herido.
(................
Los volví a ver durante un tiempo, de vez en vez. Siempre enfrascados.
A las pocas semanas desaparecieron, y hasta ahora no se sabe adónde están ninguno de ellos.
Espero que estén bien, aunque, casi siempre, es de temer lo peor.
..................)
Esa noche tengo que pasar, obligado y de imprevisto, un control de alcohol rutinario que las autoridades habían ubicado traicioneramente en un cruce estratégico. Yo no tenía más remedio que pasar por allí, y me entoligaron. Me saludaron los civilones con mucha atención, pero muy esperanzados de colocar a alguien de marrón. Tienen que justificar su sueldo.
"Qué pasa Tronchhhh", les digo.
Se quedaron alucinados y yo también.
Menos mal que di el máximo permitido... sólo.
"Que se fastidien un poquito... sólo".
VII
Era una de dichas noches cóncritas, yo medio triste, que si me hubieran preguntado la hora diría las nueve de la noche; hora temprana para un lugar de copas, pero reconfortante, si el camareta está lo suficientemente espabilado, como para garlar. Sonido de fondo: Raimundo Amador y B.B. King, no sabría decir en qué situación. A lo que sí me comprometo es a exponer lo qué pasó.
Claro, siempre con un lazo de comprensión a mi fatigada memoria.
Mi posición en la barra: lo más parecido a una estatua.
Creo recordar que sólo me movía para rascarme.
Aparecía otro gesto imperativo que me venía solo. Mi brazo, compinchado con mi espíritu, no quería que mi estómago echara en falta un buen trago de Güiski; escocés, ese día. "Hay que pasar el rato mientras entra alguien", dije al remordimiento que aquejaba mi esencia.
Entra un viejo amigo. Lo de viejo es un decir, era un chavalito. Y saluda.
- Ponme una cerveza.
Me dice. Sabiéndose al amparo de mi congratulación.
- Has tenido suerte, criatura. Es la hora chachi.
Le replico. Y recuerdo que dejo de estar solo en el bareto.
- ¿!Y qué¡?.
- Que a la próxima te voy a invitar. Así que pórtate bien.
Él me entendió a la perfección. Más le valdría ese detalle, si no se queda sin copa.
- Yo siempre me porto bien. - Contesta indignado.
Pasaron unos cuantos de los minutos que todos compartimos al amparo de acontecimientos venideros.
Entra otra persona; del sexo masculino, en apariencia.
"En estos tiempos y con la moda miscelánea...".
- !Hombre¡. - Grita nada más entrar.
La duda acarrea mi mente durante unos segundos. Y digo unos porque más no me lo permitía mi situación. Yo trataba de estar espabilado en todo momento. Difícil misión..., !vive Dios¡. Entonces comprendí que no me saluda a mí, si no al personaje que unos momentos antes había entrado en el local.
- !Cuánto tiempo silvestre¡. - Le balbucea.
- !Yávestruz¡. - Le replica el otro.
- Me alegro de que me veas.
Reclama atención el nuevo, dándole un puñetazo en el hombro.
- La alergia es mía. - Le replica con otro muy parecido, el ya presente.
- Pues me salen granos de verte. - Vuelve a replicar el nuevo.
- Y con tu cara me hago unos gallumbos, ahora mismo. - Replica el otro.
- Pues nada, que nos den pomada.
Reanuda el nuevo, a la par que le propina un tremendo golpe en el hombro derecho al otro.
- Recuernos a tu padre.
Le devuelve una terrible patada en uno de los muslos, el anterior.
- Y tu culo un futbolín. - Arreándole una coz en los glúteos, el otro.
En ese momento, se acercan uno más hacia el otro, abrazándose ambos.
- Dadnos de beber. - Dice el recién llegado.
- No queréis unos guantes de boxeo. -Digo yo-. ¿!A lo mejor¡?...
- !Tú¡, atiende y calla.
Me replica el conocido.
Estuvieron riéndose prácticamente toda la velada. Salieron al rato.
Lo que es el cariño. "!Cuán cariñoso¡...".
"...!Venga¡, un tragito por el buen rollo".
Me comento a mí mismo y acto seguido me lo trago.

Entra un hombre.
Yo pensaba que el instinto psicológico se me comenzaría a despertar a pasos agigantados; el motivo tendría que ser el alterne, imaginaba.
El caso es que contemplar las reacciones humanas me solía entretener a lo largo de la angosta andadura de la barra. Se deja de ser advenedizo en el tema a la primera oportunidad, se desea. El interés toma protagonismo en la partida. Yo lo tenía y de qué manera. Supongo que lo normal sería eso para cualquier tipo que se viera en mi situación; y si no, huelga (si es posible general).
Se agradece una conversación a cualquier hora del día. Y si no se agradece debes de apechugar con ella. Para eso se cobra. Esquivarla con talento forma parte el juego. Algunos se creen que se les escucha por su labia, !qué tontos¡. Su dinero es bastante más primordial. Ahora bien, en ocasiones es todo lo contrario e incluso, haber, hay momentos en los que el dinero pone una traba, una traba para la amistad. Se mezclan las intenciones. Suele pasar.
Entonces vi entrar al hombre, de unos cuarenta años, y enseguida lo camelé. Era la primera vez que lo hacía en mi presencia; o sea, no lo conocía. Su chaqueta azulada le hacía un bonito juego con el pantalón vaquero que le cubría las piernas; la camisa a rayas. Mismamente sacado de la época de la transición. En su día tuvo que ser un camisado. Ahora, la camisa la había cambiado por una chaqueta de rebajas. Estos tipos siempre van con un aire superior por la vida y no se sabe bien el por qué. Quizá les haga sentirse así por haber sido protagonistas en alguna de las manifestaciones contra los franquistas; en la época blanda, sin duda. Lo deducía por la edad. Nos ha jodido. Pero se vé quien tuvo agallas en su día y quién no. "Éste no". Ponía mirada de cordero degollado. Me hizo pensar unos minutos. Detalle que agradezco siempre. Se engrasa la maquinaría, pero tampoco hay que pasarse, pues podría llegar a doler la cabeza; pero a ráfagas, es buenísimo (bien, ¿!no¡?). Tenía toda la pinta de trabajar en una profesión de las llamadas liberales; abogado, periodista, técnico de personal, algo así. Portaba el periódico de la mañana, muy bien envuelto debajo de su sobaco derecho; axila, diría él. Gin Tonic, bebió. Rápido se pidió otro. Igual de rápido que los golpes de Munhanmad Ali; según declaraba él mismo, al accionar el interruptor de su dormitorio, él (Cassius Clay), ya se encontraba acostado y durmiendo antes de que se apagara la luz. !Qué bárbaro¡.
El fulano éste no tardó en beberse varios cubatas consecutivos.
Le granjeé el propósito muy a las claras. Debía de arrastrar una pena considerable; de mujeres, sin lugar a objeciones. No dejaba de pasarse el dedo índice de su mano derecha por la confrontación de sus cejas, peludas por cierto. Es un buen indicativo de tal menester; ahí es donde radica el sentido y las mujeres tienen ese don, el de ubicarse allí. Es que son formidables.
Aproximadamente al quinto cubata me dijo:
- Mi mujer se ha ido con otro.
Lo pronuncia con pena, buscando consuelo parecía, la criatura.
Decido sonsacarle una sonrisa y así anidar una posible conversación metafísica sobre el abandono que vamos experimentando por épocas los tíos.
- !Yo no he sido¡. - Le digo, a modo de contestación.
Me miró como se mira al amigo del que sospechas te ha delatado al jefe.
"Pero por qué no se rie, el tío...".
Se tomó dos cubatas más y se largó, sin rechistar.
"Un brindis por la esperanza", me declaré.

El resto de la velada la pasé bastante calladito.
VIII
Enrique no tardó en formar parte de la clientela fija, casi, desde primer momento. Gran bebedor de cerveza, con lo que fue de mi agrado al instante. Los baretos necesitan clientes de esa índole, aun a riesgo de que te la monten en alguna rebelde ocasión. Por norma, la casa lo invitaba a una de cada cuatro consumiciones. Albañil de profesión. Se había casado por las prisas con una muchacha, también vecina del lugar. Padre de dos niños. Cachondo por devoción. De cuerpo arrechonchado con una muy amplia frente, que bien pudiera hacer las veces de aeropuerto para las moscas.
Ese día llevaba reclinado sobre la barra más de cinco horas.
Estaba borracho (palabra que suele implicar algún epíteto despectivo).
- !Jóder¡, mecago en la puta... !hay que joderse¡...
Ese era el comentario que brotaba de su garganta, como si un resorte automático así lo quisiera, cada cinco minutos o, lo que es lo mismo, cada media cerveza. Se encendía un cigarrillo detrás de otro. Parecía poseído por alguna especie de ansiedad nerviosa y el tabaco lo calmaba.
Yo por mi parte, y basándome en la obligada discreción que hay que mantener, limitaba una postura de observador. Desde luego, tendría la oreja preparada para cualquier tipo de desahogo, si acaso Enrique lo quisiera experimentar.
- Dame otra cerveza..., !Joder..., mecago en la puta...
Le puse la cerveza. Ésta le tocaba gratis. Él lo recordaba. El mariconazo se la bebería casi de un trago, con toda seguridad. Así lo hizo y le puse otra. Había alcanzado el punto etílico estable de no avance ni retroceso. Podría beber hasta que se le saliera por la boca, el muy ansioso, siempre que no cambie de bebida; si no, la explosión se le produciría en el estómago y los vapores del alcohol ingerido ascenderían hasta los pulmones, filtrándose por todos los poros nerviosos del organismo, hasta que irrumpen en las capas superficiales del cerebro, trastocándolas. Entonces la borrachera toma posesión del sistema nervioso. Y éste, tocado de muerte, intentará sobrevivir a la hecatombe, a base de la ley del mínimo esfuerzo. Sus máximos intentos, y llegado al límite únicos, serán para el aparato motriz locomotor, indispensable para la subsistencia del individuo. El resto del cuerpo sufrirá las consecuencias. Y la mente quedará prácticamente nula; al amparo de las corrientes nerviosas descontroladas, acicate para la lógica del individuo.
Yo sabía que a Enrique no la hubiera importado nada de eso. El proceso también se deja crear una dependencia exagerada hacia el alcohol, donde parar de beber se convierte en toda una batalla interna. Es la guerra entre lo físico y lo psíquico. Y gane quién gane con la rexaca del día siguiente se pagaran las consecuencias. El límite es una franja imperceptible muy difícil de definir. Lo mejor sería llevar una especie de guardián que te vigile y te corte a tiempo.
Pero profesionales de esa índole escasean.
- !Enrique¡..., hay que joderse...
Ahora se lo dije yo a él, por si necesitaba hablar de algo. Quizá no lo había hecho hasta la fecha por corte o por prudencia e incluso por humildad. De todas formas nos encontrábamos solos en el bar, a excepción de una parejita de enamorados que se situaron en una de las mesas de madera que adornaban uno de los rincones. Tuve una lucidez. Agarré el CD de Gary Moore, Stell got the blues. El retorno de un músico heavy a sus inicios como guitarrista de R,and,B. Una canción tierna y entrañable donde los acordes suenan con un romanticismo exquisito. La parejita se debería animar a hablar de amor y Enrique recibiría un estímulo para un probable diálogo. Pareció que lo iba a realizar, me llamó con la mano en alto.
- Ponme otra..!Hay que joderse¡...
Y me dice Enrique, con la misma atención hacia la melodía que le prestaría un ornitorrinco.
- Ahora mismo. ¿Qué pasa, tío?. ¿Has hecho una promesa, o qué?¡.
Le incito.
- Sí...aja,aja... algo así. Tengo problemas en casa y hay que desahogarse, criatura.
- Te entiendo. Aunque mañana vas a tener los mismos y uno más.
- !Sí¡, ¿cuál?, listo. - Me pregunta intrigado.
- Pues un dolor de cabeza horroroso. !Pringáo¡.
(..................
Enrique no me rebeló nunca, de viva palabra, alguna de esas causas problemáticas que le acuciaban.
Siguió bajando al bareto bastante a menudo.... y emborrachándose... a menudo, también.
.................)
IX
Se podría decir que las casualidades dominan nuestras vidas. En eso, debo estar en acuerdo para un gran porcentaje de vicisitudes. De plantearlo en miras de la meta final quizá no me atreviera a tanto, pero, sin lugar a dudas que, a lo largo del camino perecedero, muchas de estas situaciones van a inclinar la balanza del destino hacia un bando inesperado. Este siguiente caso nunca adquirirá la categoría de trascendental. Eso sí, en su momento, los niños que lo vivimos, llegamos a captar sorpresivamente, ése, nuestro paso por este planeta, pudo haberse tomado con un cariz zigzagueante, en tan anómala situación. Hay casualidades que matan y también, experiencias que, creo, no se necesitan para nada. Aunque todas ellas forman parte de la vida. !Ekilikuá¡. Y todo este rollo es para contar una anécdota tragigraciosa que plasmará gran parte de lo anterior.
La cita: un día de fin de semana cualquiera. La idea: papear en un modesto restaurante pero entrañable. El motivo: una exquisita reunión de amigos de antaño. La excusa: dar a conocer el emplazamiento del bareto que acababa de inaugurar; sí, yo, el menda. Todos estuvimos de acuerdo desde primer momento. Una opípara comida; una vacilónica partida de mus; y la fumada de unos porritos, intercalando todo el proceso. Y por último un brindis por el futuro, al que todos íbamos a coincidir en una andadura fructífera para mi porvenir como peleador en la "hostelería". No era esa mi devoción pero formaba una muy buena base para unas horas de felicidad entre antiguos compañeros de andanzas. Mi compromiso: el aforar las correspondientes copas al término de la sobremesa.
Una cita como las de antes con la ilusión de reírnos hasta la destenllada.
Ibamos a ser cuatro, la justa medida, dos casados y dos solteros. "Tampoco está mal la partida". Todos treintañeros y criados bajo un plano muy parecido.
Habíamos quedado en un bar, de los diurnos, con el trajín correspondiente a un movimiento continuo de platos y vasos, y otros vidrios. Fui el primero en llegar. Lo quise así al ser el promotor de la idea y el que haría las veces de anfitrión. Anfitrionamiento un tanto especial, ya que conociendo el percal, sobre la marcha, pudiera haber cambio de planes.
"!Será bonito¡", le dije al paquete de tabaco mientras esperaba.
Nada más servirme el camarero una exquisita cerveza de barril con un sabroso aperitivo, entró el primero de la cita: Fede. Era el otro soltero; delgado, rubete con el pelo rizado y alto. Se diría ser una persona atractiva. Sólo se le veía un fallo en su bonito rostro: los pelos en la entrada de las orejas. Se los afeitaba, pero seguían dando un buen cante y una tonalidad granulosa y negra. Le hubiera gustado a cierto escritor underground, seguro.
- !Ese chaval¡. ¿Cómo lo llevas?.
Me dice, lanzándome un efusivo apretón de manos.
- !Mira. Tirando¡.
- No está la cosa cómo para tirar nada. !Tato coño¡. Sobre todo dinero. Si acaso piensas en tirarlo me lo dás a mí, no seas mala persona.
- No te preocupes que ya te avisaré. Pero espérate sentado, no vaya a ser.... Venga tómate una cerveza y paga todo... ejemhmm...
- No. Prefiero una coca-cola.
- Ya te estás largando de aquí. - Le espeto.
- !Qué no hombre¡, que es una broma. Una cañita fresquita.
Serían las dos de la tarde. Pensábamos alternar con la cerveza un ratillo, antes de dirigirnos a comer.
Recordamos anécdotas de antaño, cuando golfeábamos por los bares nocturnos, los baretos, que tanto amábamos.
- ¿Y cómo te has metido en estos fregaos?.
- Me aburría mucho..., por las tardes.
- Cojonudo, entonces. !Camarero, otras dos birras¡. - Grita, el Fede.
A los pocos minutos entraron por la puerta los otros dos esperados amigos, colegas nuestros de siempre. Sucedió un amasijo de apretones y medio abrazos entre los cuatro. Unos efusivos saludos, preámbulo de una sabrosa conversación a la que todos profesábamos devota devoción. "LLuvia de cerveza".
La pareja recién llegada sería la de los casados; rivales de Fede y míos para la futura partida de mus. Moncho y Fermín parecían hermanos; morenos y de la misma estatura y talla, muy afeitaditos los dos, como si se hubieran repasado la cara con lija del siete. Fede y yo, no lo habíamos hecho.
- Cada vez os parecéis más.
Les digo, para entablar una entrada en la futura plática.
- Será la vida de casados. Son casi todas iguales. - Exclama Fede.
- Sí, pero mira que lustrosos estamos, no como vosotros, que parecéis más viejos de lo que sois. Y, además, unos dejaos de la mano de dios. - Replica Fermín.
- Que te gustaría, a ti. !No te jode¡. - Contestamos Fede y yo, a la vez.
Siempre era la misma y consabida conversación. Pronto comenzamos a contar historietas de todo tipo. Y a criticar todo lo que se menea. "!Ea¡".
Fede se encargó del cargamento de hachís, necesario para solventar la tarde. Uno de los alicientes era ése, darnos una fumetita en condiciones.
- ¿Qué tal Fede, cómo ha ido la cosa?. - Pregunta Moncho.
- Bien. 50 gramitos de rigor. Luego echamos cuentas.
- !Guay¡. - Contestó el otro, muy animado.
La euforia del principio se trastocó en tranquilidad. Los viejos amigos dicen de no perderse nunca. Puede ser, pero enfriarse sí que se enfrían los sentimientos. Eso se nota muy fácil. Además, siempre hay pequeños rencores acumulables en todos. Rencores que en su día no se aclararon y que han dejado una mella en la relación. Fermín y Fede, arrastraban una mella un poco más seria. La mujer de Fermín había pasado un fin de semana con Fede. Eran tiempos de juventud y todos estaban solteros. La pareja atravesaba un momento delicado y se les sucedían multitud de discusiones. En una de éstas la mujer de Fermín se fue a pasar un fin de semana largo, un puente, una acampada en un camping de la sierra. Se fue con unas amigas de la adolescencia. Por casualidad, Fede estaba allí con un amigo. Todos los indicios y sospechas llegaron a la conclusión de que Fede se había tirado a la futura mujer de Fermín. Momentos de debilidad que me llegó a confesar en su día: "además estaban separados, y yo no sabía si volverían a juntarse". Le podría valer como autoexcusa, pero lo hubiera hecho de todos modos. Pensábamos en general que aquella historia estaría más que olvidada. El tiempo, apisonadora de sentimientos, habría cumplido su labor. Cuanto menos, eso es lo que esperábamos, debiera prevalecer la amistad por encima de un desliz. Desliz (le consolé alguna vez) que con certeza habría provocado ella, en la búsqueda de un consuelo pasajero. Siempre hacen lo mismo. Los tíos no caemos en eso, o por lo menos no tenemos las mismas oportunidades de caer. Una mujer que desee a un hombre lo va a conseguir casi en el acto. Lo nuestro no es tan directo. Así que, el consuelo por el que solemos pasar es el de la bebida (o cualquier otra cosa dañina) a falta de mujer que nos lenitive.
Ellos dos nunca trataban el tema a lo directo. Moncho y yo confiábamos en que tampoco hoy fuera el día. Y estas citas tienen gran posibilidad de crear un sólido puente hacia la amistad, dando la espalda al recuerdo.
Seguimos platicando, entre cerveza y cerveza, ya con el gañote jugoso. Y la apetencia por fumarse unos porritos se apoderó de nuestras cabezas.
Pagamos en la barra un par de rondas cada uno. Ya estábamos a punto de concluir la ingesta etílica, preámbulo de la futura ingesta alimenticia.
- Vamos al coche y nos fumamos un porro bien gordo. - Dice Fede.
- ¿A qué coche?. Yo, al de éste, no monto. -Dice Fermín. Señalando a Fede.
- Vamos a tener la fiesta en paz. !Eh, no vayamos a pollas¡.
Digo yo, haciéndome el enfadado.
Salimos al exterior. Fede llevaba la piedra de hachís en un bolsillo pequeño, con cremallera, de su abrigo; de medio largo. Hacía un día espléndido. Ya era el momento de comer. Habíamos pasado una hora larga bebiendo cerveza en el bar. Y ello había soliviantado nuestros estómagos. Ahora con la fumada del porro se nos terminaría de abrir el hambre. Pretendíase que fuera fenomenal.
- A ver pásame la piedra que la vea.
Dice Fermín, dirigiéndose a Fede, ya alejados, a unos diez metros del bar.
- !Toma¡. - Responde el aludido.
Fermín desabrochó la cremallera del abismado bolsillo. Echó mano a la piedra y la sacó fuera. Extendió el brazo hacia la posición de Fermín, a la vez que le decía: "toma pilla". Fermín hizo el gesto para agarrar la piedra. La cogió, pero cuando se disponía a olerla se paró bruscamente como si hubiera recibido un exabrupto visual. Cerró la mano en un acto reflejo y ahí se quedó quieto, ante una lamentable visión. Todos lo vimos a un tiempo, un policía se acercaba mirándonos fijamente a todos, como si nos estuviera buscando. Fermín apretó la piedra contra su palma de la mano, no le había dado tiempo a tirarla. El color de nuestras caras iba tomando un cariz rojizo. La calentura me la empecé a notar en las orejas. "Mecago en la mar, ya nos han colocado, hay que joderse", digo entre dientes. El policía se acercó lentamente hasta nuestra posición. Su compañero estaba a unos veinte metros en dirección a una comisaría cercana. Ninguno caímos en su momento que tal lugar se encontraba tan cerca del sitio de nuestra cita. "Seremos tontos". En fin, ya era demasiado tarde para lamentarse.
El silencio reinó mientras esperábamos la llegada del madero.
- !Buenas tardes¡. - Dice el policía saludando con su mano derecha, a lo militar. Se oyó, de súbito, un penetrante frenazo de un coche.
Fermín se tiró un pedo, todos lo olimos. "!Jóder, qué peste¡". Creo que el madero también se dió cuenta, sin ligar a dudas.
Se mascaba la tensión en la acera. Los cuatro nos quedamos paralizados. El madero habló: " ¿podrían Vds. acompañarme?".
Fermín terminó de cagarse. Manchó los gallumbos. Los demás mirábamos hacía su mano, muy nerviosos, como aquella cebrilla que se ha extraviado en la sabana africana. No nos movíamos ni un centímetro.
- ¿Tienen Vds. prisa, por favor?. - Repite el madero.
En esto se acercaba su compañero. Miraba muy fijo. Ni respirábamos.
- ¿Estaban Vds, haciendo algo?..., !contésteme alguno, coño¡.
Continuó hablando el policía. Su compañero ya estaba a nuestra altura. Saludó con exquisita corrección. Ahora el pedo se nos escapó a todos. Los dos maderos se miraban intrigados. De pronto, el recién llegado nos dice:
- ¿Alguno de Vds está fichado?.
- No, no, no, qué va, qué va... - Replicamos Fede y yo.
Fermín seguía mudo, como La Cibeles.
- !Bien¡. Pueden acompañarnos a comisaría. Necesitamos a varias personas de su aspecto para una rueda de identificación. ¿Les importaría?.
- No, no, no, qué va, qué va...
- ¿Vd, se encuentra bien?. -Le dice uno de ellos a Fermín-. Está Vd. muy blanco.
- Es que me han entrado ganas de cagar de golpe, pero ya se me ha pasado. Contesta Fermín. Le salió del alma la palabra, al muchacho.
- Ya, ya..., me he dado cuenta nada más llegar. Comerá gloría divina pero cagar, caga mierda pura. -Dice el primitivo pestañí, luego se echó a reir.
Después marchamos, casi, en fila de a uno.
Entramos en la comisaría. "La goby, mecago en tó", pensaba el pobre Fermín... y todos. Allí nos dijeron que nos pusiéramos enfrente de un panel de cristal oscuro, y cada uno debajo de un número que indicaba las distintas posiciones. La cosa iba a ser rápida. Se trataba de que una señora debería identificar al autor de una agresión contra ella. El mangui estaba allí. Lo pondrían junto a nosotros para la posible identificación.
Nos pusieron a todos en pie formando fila frente al cristal. Detrás debía estar la vieja. "Una vieja, dios mío", pensaba yo, muy preocupado. Si apenas ven las pobres, como van a identificar a nadie. Entre nosotros y el mangui se interpuso un madero de paisano. Parecía ser un policía secreta.
A la vieja le habían sustraído el bolso. Tardaron poco tiempo en encontrar al ladrón. El proceso se resumía así: la vieja identificaría a su agresor y después nosotros saldríamos de allí, sin ningún problema.
Eso sería una bonita historia, muy lógica. Nosotros habríamos prestado un servicio a la sociedad, el ladrón pagaría su acto, y todo el mundo contento. Pero todo dependía de la decisión de una vieja. Bien podría equivocarse la mujer y meternos a cualquiera de los demás en un verdadero problema. El caso es que nos situaron en nuestras posiciones, y nos hicieron girar para todos lados un par de veces. El mangui parecía estar muy colocado. Su mirada era lánguida y perdida, no paraba de raerse la cara. Se habría colocado con el dinero de la vieja.
En uno de los giros, Fede le dice a Fermín que de allí ya no saldría. Luego se echó a reir, un par de segundos. Los demás también nos habíamos calmado bastante. Fermín seguía con la piedra en la mano.
Estuvimos varios minutos en esa posición, girando a un lado y a otro. Yo crucé los dedos para que la vieja no nos eligiera a ninguno. Sería un problema gordo, porque demostrar nuestra inocencia conllevaría el seguir allí más tiempo; muy peligroso, con una buena piedra de hachís en el bolsillo. Eso ya lo podían considerar como quieran y complicarnos la vida.
Una voz dijo que pasáramos a la habitación contigua. Así lo hicimos. Vi a Fermín guardarse la piedra en un bolsillo. No dejaba de ser un aliviazo. Había una mesa redonda y varios policías, uno de ellos dijo que podíamos fumar y todos lo hicimos. Pasó un rato. Y allí nadie hablaba.
- Está bien señores. Pueden Vds marcharse, gracias por su colaboración.
Nos dijo un madero de paisano. Tenía toda la pinta de ser el comisario de guardia. Nos dió la mano uno por uno. Nos fuimos sin prisa pero sin pausa.
Seguía haciendo un día espléndido, y ahora lo parecía todavía mejor.
- !Tú hijoputa¡. ¿Qué querías?, que me detuvieran.
Grita Fermín mirando a Fede, ya en la calle.
- No hombre, quería que te relajaras.
- Vete a la mierda. A mí no me hables en todo el día.
- Bueno. Pero no te tires más pedos.
- Mecago en tu...
- !Vale, vale...¡, vamos a seguir a lo nuestro que se hace tarde para papear...
Decidimos comer antes de fumar hachís. No teníamos ganas en esos momentos. Después podríamos hacerlo refugiados en el bar a puerta cerrada y con toda la tranquilidad del mundo. La comilona fue a la carta, muy sabroso todo. Durante ella apenas si hablamos, los nervios nos habían levantado el apetito.
Una hora después tuvimos el gran placer de hacer la digestión en el bareto jugando al mus, en la intimidad y bebiendo whisky, como si nos premiaran por botellas acabadas. Y acabamos con la piedra de hachís casi por entero.
Quedamos para otro día. "Estas cosas hay que repetirlas siempre".
Los casados se fueron a casa. Fede y yo seguimos la marcha. Queríamos acabar de colocarnos. Además él debía de echarme una mano con la barra. Los dos estábamos medio colocados así que entre ambos formaríamos uno entero, algo más despejado.
Al comenzar la jornada me incliné por la onda musical popera. The cure, U2, REM, The Cristians, Talking Heads, FYC.... De Rock y de flamenco ya nos estuvimos hinchando mientras echábamos la partida de cartas, que este último acompaña pero que muy bien.
Todos los estilos tienen sus parcelas buenas aunque los importantes de verdad en esta linea son siempre los mismos autores. No puedes poner un disco popero más de tres o cuatro veces; a excepción clara, de esos pocos grupos verdaderamente fuertes, y todos ellos tintan de connotaciones rockanroleras. Pero los discos buenos de verdad, esos los arrastras para toda la vida.
A Fede se le podría considerar un chico discotequero. Traté de darle un homenaje por mor de su compañía. Él pisaba las diskos para pillar chicas. Decía que en esos lugares se termina ligando si conjugas bien los elementos. Estábamos de acuerdo. Yo replicaba diciendo que en los baretos se liga cantidad. Pregonaba esa idea, me iba interés en ello. La verdad es que las personas guapas y simpáticas lo acaban por conseguir en cualquier lado. A partir de cierta edad el bullicio de las discotecas molesta. Sobre todo si es a menudo. Los bares musicales son más tranquilos, más libertarios.
Al final de la noche Fede iba a acompañar a una chica. Me alegré. La estuvo invitando todo el rato. Le dejé hacer. Se lo había ganado.
Nos estábamos despidiendo con un fuerte abrazo, ante los ojos de la chica, y él me dijo casi al oído:
- Voy a ver si me la trinco.
- Iluso, es ella la que te trinca a ti. Si no ya te puedes despedir.
Le repliqué a su sentencia con otra, creo bastante más acertada; por lo general.
"Hoy no puedo barrer, mañana", me dije en voz alta al bajar el cierre del bareto sobre las cinco, o seis, de la madrugada.
X
Se me presentó la oportunidad de pillar en alquiler una buhardilla en las inmediaciones del bareto. Ésta estaba ubicada en la última planta de un edificio viejo. Era diáfana y con los techos a buena altura; sin bajadas, y con muy buena vistas a través de una ventana. El aire podía correr tranquilamente por todo el apartamentito, debido al emplazamiento de otra ventana enfrente de aquélla que iba a dar al pasillo del edificio. Era poco claustrofóbica, y era de paredes blancas.
Tras varias semanas de decisión, al fin me animé, y la alquilé. Al trasladarme estaba prácticamente vacía. Lo primero que metí fue una cama nueva, con un colchón de los duros; de esos que, hasta no pasado un tiempo, te dan sensación añadida de frialdad. Un equipo de música, la televisión y la nevera, paso a paso, fueron llenando el frío hueco. Pero sobre todo habría que darle estampa al colchón. Y la mejor manera iba a ser echándole algo de sobrepeso.
Es algo que intuí por inercia (la inercia esa relacionada con el Yucatán).

Bien, llegamos a aquella mañana. Al despertarme, la cama tenía un exquisito peso extra. Una muchacha yanqui me acompañaba en el adelantar mañanero. Habíamos pasado la noche juntitos.
No hubiera podido jurar que pasó durante la velada nocturna, con exactitud, porque cuando subimos tardé muy poco tiempo en caer roto contra la almohada, quedándome dormido casi en el acto.
Ella, recordé entre ráfagas soñolientas, se quedó viendo la tele un rato. Ahora se encontraba profundamente dormida. La ventana carecía, de momento, de persiana y la claridad era alucinante. Te podía llegar a dar el Sol en pleno careto. Vislumbré una rara sombra.
Era un gato que al mirarlo fijamente salió huyendo. La muchacha, de pelo rubio claro y de cuerpo voluminoso, me dijo que su nombre era Roxane. No era problema ninguno, podía llamarse como quisiera. La conocí a última hora de la noche anterior. Entró con dos amigotes españoles de los que enseguida se desligó. Venían bastante bebidos los tres. Yo me encontraba solo y a punto de cerrar. Comenzamos a jugar al billar entre los cuatro. Ella y yo de pareja contra los dos tipos. Les ganamos todas las jugadas. En el momento que flaquearon las bebidas decidí cerrar. Extrañamente ella quiso quedarse conmigo para echar otra partida, esta vez enfrentados. Insistí lo justo para que se quedara ella sola. "Quizá estrenes el colchón", me dijo mi otro yo. Los dos acompañantes se fueron sin ningún enfado. Me pareció muy bien. Fueron muy buenos chicos.
Las ganas de subirme a la buhardilla eran enormes. Llevaba muy pocos días en ella y ya tenía instalado lo necesario para pasar ratos de laxitud. Sentía una sensación parecida a aquella cuando mis padres me regalaron un tren eléctrico por Reyes. No podía separarme de su lado. Claro que eso dura los cuatro primeros días, y el menda estaba en ese lance.
Roxane y yo jugamos un par de partidas seguidas. Después quiso que le enseñara a bailar rumbas. Como si todos los españoles supiéramos bailarlas por ley. Pensé que, después, querría que la enseñara a torear. En fin. El caso es que tuvo suerte y por aquella época me gustaba bailar ese tipo de música cantidad. Poco tardaron en aparecer los roces y restregones.
Roxane dominaba el español a la perfección, sólo se le dejaba ver el inevitable acento. Parecía tener metido el capuchón de un bolígrafo, en la bocaza, permanentemente, pero se dejaba entender toda la conversación con claridad.
Comenzamos a besarnos en los labios. Y recordaba lo bien que me mordía el labio inferior con picaresca animal. Poco tardé en invitarla a pasar la noche conmigo. El cansancio me abrumaba pero haría lo que pudiera. Ella accedió, aunque, me dijo de tener un secreto que contarme y que lo haría en la cama si llegaba el caso. Por mi parte le atosigué que, una vez levantada mi curiosidad, me lo diría, tanto si surgía como si no. Ambos estuvimos de acuerdo en el trato y nos fuimos derechitos hacia el duro colchón.
Ocurrió que encendimos la tele y bebimos un poco más de whisky, quedándome yo dormido en un momento que no podía recordar, si no por flases fugaces de memoria. En cuestión de sexo sólo hubo un besuqueo pasional. Tampoco había prisa, sobre todo por ella, ya que al día siguiente se podría consumar el acto fervoroso. Entonces, no llegó a haber coito.
Ya por la mañana los pensamientos se me aclararon correctamente, después de escanciar una buena meada. Ella se despertó con los ruidos de la cisterna. Puse manos a la obra para continuar con la labor empezada horas atrás. Para ello volví a acostarme.
Sentía un pequeño dolor punzante de cabeza. Estuve bastante cerca de una hercúlea borrachera por la noche anterior.
- ¿Hola, buenos días, Roxane?. - Le digo con acento francés en su nombre, a la vez que seguía atusándole el pelo.
- !HolA TATO¡, buenos díAs. - Contesta con su fuerte acento cosmopolita.
- ¿Bailamos una rumbita aquí tumbados, verás que bien?.
Le digo arrimandole mi miembro, a su amplio culo. Ella se gira.
Nos besamos apasionadamente en los labios. Ella me muerde la lengua, justo cuando damos el beso por acabado, después de hacerlo en el labio inferior.
Conforme nos pegábamos el lote ordené mis ideas. Ella se encontraba en viaje por Europa, acompañada de un grupo de estudiantes y algún profesor. De Madrid partirían de vuelta a los EE.UU. Esto lo pude captar mediante salpiqueos de conversación y ráfagas de frases con vaciles por la noche.
"Me gustan mucho los latinos, más que los anglosajones"; "pues yo no tengo novia"; "sí, pues yo quiero ser tu novia por un día"; "encantado de la vida"; y nos dábamos otro restregón rumbero. Creía recordar esa conversación repetida cada ciertos minutos, para después soltar una risotada.
Tuve suerte de estar en el país más arraigado de Latinolandia.
Era su último día de viaje y no quiso pensárselo más.
También me dijo ser una novia en ciernes de una muy pronta boda. Su novio era descendiente de españoles. Vivían en un pueblecito cercano a S. Francisco, con un nombre español. Esto último no me extrañó, nuestros antepasados fueron los primeros en llegar y en bautizar los lugares que iban descubriendo. El caso fue que se unió un lazo especial entre los dos, sin remisión.
Y ahora estaba con una guiri en mi cama nueva, recién levantado, y tremendamente empalmado. Adiós a las reflexiones. Ahora lo que quería era consumar una fugaz historia de incertidumbresexoamor.
- ¿Cuándo te marchas?, Roxane. - Se lo pregunto, tumbándome encima de ella. Su mano me agarra la polla y comienza a menearla.
- EstA noche. Me voy A ir pronto. A comer Al hotel, A lAs tres debo presentArma por allí.
- Bueno, tenemos tiempo de sobra. Luego te llevo con la moto en un plisplas.
Ella soltó una risilla al oír la onomatopeya.
Bajo la mano buscándome la punta del pene. Tanteo la entrada de su vagina y lanzo un ataque ardiente. Entonces ella, de pronto, se reincorpora mediante un pequeño salto. Entonces, debí poner cara de alucinado.
La guiri me susurra al oído: "me gustA mucho, tu pollA. Me lA voy a comer"; "bueno", salpico.
No tardó cinco segundos en bajarse al pilón. Comenzó a chupármela, moviendo la lengua muy vivaz. El capullo me relucía como una lámpara recién limpia. Su saliva tenía mucha parte de culpa en ese proceso. Hizo un movimiento brusco para ponerse en la postura del cáncer. Y de repente el mundo tomó sabor salado. Yo no veía como me la mordisqueaba, pero me iba a dar igual en breves segundos. Porque ya estoy eyaculando.
Ahora, ella se aparta y sigue moviéndome el miembro con dos dedos. Nos miramos. Quizá esperaba que se me flojeara la cosa, o no sé bien qué, pero ella no se inmutaba. Lo lógico, para mí y para cualquiera en esa vivencia, era penetrarla con pasión y fuerza ya que la polla me estaba respondiendo; no se me desinflaba. Roxane hizo un gesto, cuya interpretación era, de irse al baño.
"De eso nada, monada", digo con gran tono meloso.
- Recuéstate amorcito, que vamos a viajar por el Cosmos.
Le comento; forzándole el brazo, para poder tumbarla de sopetón.
- !No,no,no¡. Por FAvor. !No¡.
Me chilla, justo un segundo antes de penetrarla. Y se aparta bruscamente a un lado en la postura fetal, ofreciéndome su cuerpo de espaldas.
- ¿Qué te sucede, muchacha. He hecho algo malo?.
- !No¡, no eres tú. Soy..., es que no puedo follAr..., por el coño.
- ¿Y eso, por qué?. Tienes algún problema físico. Habérmelo dicho, joder.
- !No¡, no es eso. Te AcuerdAs del secreto... Anoche. ¿Quieres que te lo cuente?.
Me lo pregunta tímidamente. Asiento con la urgencia de un necesitado. Ya te digo, colega, si quería que me lo contara. Me lo acababa de recordar y me moría de ganas por saberlo.
Se quedó estática en la postura de medio lado. Me acerqué al máximo hasta quedar pegado a ella. Me salpicó una historia un tanto extraña. El éxito de su boda repercutía de una fuerte manera en que ella mantuviera su virginidad bien aferrada. Y mi capullo le estaba dando en el ano.
Ella hace un movimiento de acercamiento. Mi polla crece al máximo, de nuevo. Con su brazo extendido consigue acercar mi cadera contra la suya. La entrada de su culo y la protuberancia de mi cuerpo se hermanaron, diríase de haber formado una perfecta unión. Y vuelve a atraerme con fuerza. Y con otro pequeño cambio de postura mi pene entra a curiosear, atravesando ese anillo que formaba su sieso femenino. Ella lanza un suspirazo.
Era el final de la sesión de rumbas. Un exquisito final a la búsqueda de placer. Se recuperó de la penetración enseguida.
- !Así¡, no hAy problemA. Dime que te gustA. AndA dímelo.
Me intenta decir entre balbuceos y golpes del culito.
- !Me encanta¡..., me encanta. Es de lo mejor que hay en el mundo.
Contesto por inercia..., y sin ella.
Estuvimos así por lo menos cinco minutos más. Llegamos a corrernos a la vez. Después se giró y nos abrazamos, sin poder hablar, durante al menos media hora. Después nos duchamos juntos, tonteando bajo el agua.
Al rato, cuando nos vestimos y salimos fuera, e íbamos en busca de la moto, entonces, ella me dice:
- SsAbes, es muy bueno pArA el estrAñAcAmiento... jejija.

Y a mí se me queda el recuerdo de una tía alegre y cachonda, justo cuando la veo contornear su pompis en pleno ajetreo de subida de escaleras directa al hotel. "Buen viaje", le grito alzando mi brazo derecho.
XI
A los pocos días (o algo así) recibí la visita de Follardo.
- !Hola Tato¡, ¿qué pasa contigo?, tronko.
- !Hombre, Follardo¡. ¿Cómo tú por aquí a estas horas?.
Él me mira con un gesto de fastidio, de enojo... y de resignación.
Y es que lo primero no le iba a resultar. Él tendría que acostumbrarse al nombre de alterne que por casualidad se le había adjudicado. Eso, Follardo, debería saberlo muy bien. Y es que si tus amigos te bautizan lo mejor es mostrar indiferencia. Ya se olvidaran. Mientras se te aprecie el mote no será una falta de respeto. Siempre cabrá el remedio que en presencia de féminas, familiares, compañeros de curro y todo eso, tu verdadero nombre salga a relucir. Este era el caso de Follardo. Además de que él ejercía de ello, debo reconocer que se me iba a escapar fácilmente ante su presencia.
- Te invito a una cerveza. ¿Te apetece?. - Le digo. "Es buen chico", balbuceo.
- ¿Los osos cagan en los bosques? - Dice él, dejándome bloqueado.
- ...!Sssíiii¡...
- Pues esa misma respuesta te la doy yo a ti... capullo.
Soltamos una cómplice risilla los dos. Aún no había subido el cierre de apertura del todo. Faltaban un par de horas para iniciar la jornada. Había concluido la labor de mantenimiento que me llevó hasta allí, uno de esos estúpidos enchufes que siempre fallan cuando más falta te hacen en plena jornada. "!Hay que joderse¡".
- Qué te parece si nos tomamos algo en la bodega de la esquina. Así hago yo un poco de patria vecinal. Pago los dos primeros botijos. - Le propongo.
- Vale, y luego nos piramos.
- No. Te piraras tú. Yo me quedaría otro rato. Me gusta la soledad de la barra. "A ver...".
- Entonces yo me quedaré también, así te jodo.
Nos dirigimos hasta la bodega, sin abandonar el común cachondeillo por el camino. Llegamos enseguida.
- Oiga, por favor, ponga dos botijos.
Le grito al bodeguero. Un hombre gordo y calvo. La barriga se le salía por los costados. Llevaba las gafas empañadas. Le vi la acción de ponerlos. Me giré y le dije a Follardo:"¿tú quieres otros dos?, y después sonreí.
- Claro. Sabes que soy muy envidioso.
Las cervezas estaban verdaderamente exquisitas, como todas las de las bodegas, y bastante baratas que lo son.
Poco tardamos en hablar de mujeres. Comenzó él:
- No veas chico, cómo son las pibas. Les prometes algo y estás perdido.
- Y sin prometérselo, también. Lo hacen ellas solas.
- Es verdad. Pero como se te escape algo..., !chungo¡.
- ¿Y qué te ha pasado?.
Imaginé que la charla adquiriría un sentido para su desahogo.
- Pues nada. Muy sencillo. Sabes que mi familia tiene una casita en un pueblo de la sierra, en Bustarviejo. El otro día la quise utilizar para ligarme una chavala, que vive en un barrio de la periferia. De esos barrios que son más grandes que una ciudad de provincias, pero no dejan de ser provincianos los habitantes por más cerca que estén de Madrid. Mecago en la puta. Era viernes por la noche. Comenzamos a hablar y nos caímos muy bien. Eso parecía al principio, por lo menos. Nos animamos a bailar. Ella iba con una pandilla de cuatro o cinco. La estaban pintando por toda la discoteca, llamando la atención, ya sabes. Un colega y yo vimos la oportunidad de entrarles. Fue fácil...
- Para ti siempre lo es, cabronazo. !Guaperas¡. - Incido yo.
- ...bueno, bueno, mi esfuerzo me cuesta... el caso es que las invitamos a un trago y tal. Estaban un poco colocadas. La que me ligué lo aparentaba de sobra. Bueno, para eso era viernes, no pasa nada. "Quieres una rayita de coca", le dije. Sabía lo que me iba a decir, es una pregunta que siempre tiene la misma respuesta en esos ambientes. "Sí claro, me vendrá muy bien, estoy un poco colocada"; "vámonos al coche, luego venimos y nos tomamos un pelotazo"....
- Oye te noto un poco nervioso. Follardo, relájate, hombre... !oiga pónganos otros dos botijos con agrado¡.
Le espeto al bodeguero y éste me mira de reojo.
Mi compañero de barra siguió hablando.
- ...es que me acuerdo y flipo, tío..., Bueno, después de darnos el tiro ya te puedes imaginar colega. Nos bebimos varios pelotazos seguidos a medias. Así parece que bebemos menos y la tienes a tu lado todo el rato...
- !Jóder chaval¡, me vas a tener que dar un cursillo.
- ...a ti no te hace falta, hombre. No vaciles, con el bar te sobra. El caso es que seguimos y seguimos hasta altas horas de la noche. Hablamos de volver a casa y se me ocurrió llevarla a la suya. Me dijo que si las llevaba a todas sus amigas. Entonces y sin darle respuesta clara pedí otro pelotazo y hablé de lo bonito que es la independencia y tal, que los compromisos que nos adquirimos sin comerlo ni beberlo y sin fundamento y tal nos complican la vida. Después le dije que no tenía ningún interés en hacer de taxi, que ya nos veríamos otro día, si acaso..., y tal. Demostró no ser tonta del todo y se quedó con la copla. Al rato me dijo que si nos íbamos ya sería lo mejor para no quedar demasiado amarga la despedida con sus amigas...
Follardo paró un momento. Esta vez fue él quien pidió las birras. Luego continuó.
- ...por el camino entramos en un garito que nos vino al pelo. Antes nos metimos otra rayita en el coche. Después de pedir la copa le dije lo mucho que me había impactado y que podría ser una historia larga lo nuestro. Te ahorro los detalles para no aburrirte.
- Te lo agradezco mucho.
- Le hablé de mi soltería. Le hablé de la casa de la sierra, de lo bonita que era, allí tan sola... en fin, dejé la puerta abierta para una posible visita. Ella se entusiasmaba con todo el rollo, con la conversación, la coca y las copas pareció ponerse cachonda y comenzó a rozarme las piernas. La besé durante un rato. Luego nos fuimos al coche. Le propuse parar un poco para poder besarla en condiciones, que en el bar no era lo mismo, que quería saborear sus besos bien. Y la piba accedió. En el primer polígono que nos pilló al paso aparqué. !Qué filetazo tan gordo nos dimos¡.
- No me lo vayas a contar que me empalmo.
- Tranquilo. ¿De algo hay que hablar, no?. Si quieres te hablo de la declaración de la renta..., !ah, bueno¡. Pues, a lo que iba, no quería follar de entrada y yo me había puesto de aquella manera, así que para animarla le di una tarjeta mía con la promesa de llevarla al día siguiente a la casa. Le quise apuntar el teléfono en un papel, pero puso cara de no creérselo. La habrían engañado alguna otra vez. Se guardó la tarjeta en el bolso. Y estuvimos follando un par de horas largas. Entre medias nos metimos otra raya. Fue un buen polvo. La llevé a casa y nos despedimos. "Te llamaré", le dije y se subió a su casa.
- Muy bonito, Follardo, muy bonito. ¿Dónde está el problema?.
- El problema surgió a partir del día siguiente. Me llamó un par de horas antes de comer. Yo estaba sobando tan ricamente. No me acordaba de su nombre. Cuando me dijo soy Pili, le dije que ahora no caía en la cuenta. "Hijoputa", me dijo a voces y colgó. Me dirigí a la piltra otra vez. Me fumo un porrito y escucho la radio un rato, me digo. Volvió a sonar el teléfono. "Así que no te acuerdas de lo de anoche, cabrón. Me prometiste llevarme a la casa de la sierra". Ah claro, claro. Mira Pili hay cosas que se prometen con el ardor del deseo. "Tú me engañaste", repetía. Oye que ya eres mayorcita para estas cosas. "Tú lo prometiste", insistía. Oye mira, vamos a hacer una cosa, llámame mañana, de verdad. Ahora me duele la cabeza. Y me callé. !Qué hijaputa¡, resulta que es una histérica de esas. No me di cuenta la noche anterior, con el moco de los cojones. "Cabrón, cabrón, cabrón...,", chillaba. Entonces le colgué. Al rato volvió a llamar. Y llama cada dos por tres. Me la voy a encontrar en la puerta de casa un día. El Martes me dejo en el contestador un mensaje con la amenaza de que me iba a acordar de ella. En fin, ésa es la cosa. ¿Tú cómo lo ves?.
Me miraba buscando el compartir algo. De golpe, se me ocurrió. No sé si acertadamente, como todo lo que se me ocurre de golpe.
- ¿Le comiste el coño?. Ya sabes lo limpias que se sienten con ello.
- Sí, un poquito. Me gusta mucho cuando voy de farlopa.
- !Pues ya está¡. Ahí debe estar la cosa. Se habrá enganchado al tema.
- Venga no te pases.
Me dice Follardo. Parecía preocupado, más de la cuenta.
- Mira socio, qué quieres que te diga, si te amilanas se engrandecerá, seguro. Te va a estar dando el coñazo hasta que le surja otro descoque. Prueba a convencerla con palabras, digo yo. O dile que vas a ir a la policía, o que tu mismo le vas a dar como te cabree demasiado. Algo fuerte, ya me entiendes, yo qué sé.
- ¿Y si le cuelgo todas las veces que me llame?.
- También puede ser remedio. A ver si entremedias conoce a algún otro tío y se olvida, pero te arriesgas a que se encabrite del todo.
El bodeguero había estado escuchando y ejecutaba cara de alucinado. El hombre tenía una edad bastante adulta y no debería de estar acostumbrado a tales menesteres. El menda, por mi cuenta, comenzaba a admitir todo tipo de disgresiones mentales. La certeza de que las personas bajo el efecto de drogas y alcohol podemos hacer cualquier barbaridad se estaba haciendo hueco en mis bancos de memoria. "!Cómo se ponen las cabezas¡". Pagué y nos fuimos.
Follardo me acompañó durante un rato a primera hora. Con seguridad que mi propuesta no la realizaría. Mi intención había sido darle a entender que sólo tendría la importancia que él quisiera darle. Nos estábamos haciendo amigotes y eso es lo que se suele hacer, consolar a los amigos. Casi todos, a veces, nos agarramos a un clavo ardiendo con tal de tener pareja. Compañía del sexo que nos atrae. Debiéramos admitir que, a veces, se está más solo con alguien que a la exploración de la vida por parte de uno mismo. Y con dicha reflexión concluimos.
Los primeros acordes del Roadhouse blues de The Doors nos enervaron los sentimientos hacia esos confines ardientes, sublimes, y eclosionantes de un espíritu abierto, que sólo da el saberse en paz con la vida.
Follardo se fue y yo seguí bareteando a mis anchas.

No sé el motivo por el cuál me vino en especial al sentido; quizá, la charla anterior. Lo hizo de tal modo que los recuerdos de aquella primera vez que ligué en el bar me asaltaron, a lo fiero. Siempre separado de los sentimientos amorosos, que es muy diferente una cosa de la otra. Ligar lo hace uno para irse a la cama con alguien que le guste externamente. El amor es otra cosa, éste es del interior, algo más complicado todo ello. El ligar se busca, el amor se encuentra.
La historia surgió a raíz de las conversaciones que tuve con una pareja. Éstos eran los regentes del local donde había puesto mis ojos. Un traspaso que tenía pinta de acabar por buen cauce entre ambas partes. Las conversaciones se encaminaban a un acercamiento paulatino entre todos los interesados. Ella había sido la persona que se curró la barra en los últimos meses. El acuerdo económico estaba llegando, por fin, a buen puerto. El bar debería sanearse casi por entero, aunque podría desarrollar la actividad casi de inmediato. Los pagos a plazos me animaron a tomar la decisión. Me lo quedaría. El riesgo siempre estaba presente. La ilusión emprendedora que me inundaba y la visión cercana de la apertura anularon por completo cualquier síntoma de cobardía con respecto al futuro.
Habría que hacer el inventario de útiles y maquinaría.
Hasta la fecha siempre se personaba él, solo o acompañado por ella. Ese día aparecería ella sola. Él no podría asistir por alguna razón, para mí soslayada.
La cita decidimos realizarla en una estupenda cervecería céntrica, esquina Alcalá y Goya. Nos pareció estupendo ya que el trato iba directamente relacionado con tal actividad. De allí nos dirigiríamos al local a realizar dicho inventario. Eso sería siempre que ellos aceptaran los pagos que yo les propuse en nuestra última cita; siempre a las ocho de la tarde. Me pedí una jarrita de cerveza especial, fresquita y con una espesa capa de espuma concentrada. Ésta no perdía cuerpo al dar los tragos. "Rica, rica". A las ocho y diez, ella apareció por la puerta.
- !Hola, buenas tardes¡. - Me saluda con una bonita sonrisa.
Presenta el pelo muy bien apañado, una melena larga y morena, una falda a medio muslo y apretada, tipo vaquera, una chaqueta también ajustada, y los labios teñidos de rojo brillante. El niki le ajustaba todo el cuerpo, en especial sus pechos. El hecho de ser un poco rellenita le daba una hermosura apabullante. Una muy apetitosa hembra, fue el pensamiento dominante.
- !Hola, qué hay¡. Merche, ¿cómo estás?, -le correspondí por inercia. No hacía falta que me contestara. Estaba viendo lo apetecible que era-. ¿Y Joaquin, cómo lo lleva?.
- Supongo que bien. Hoy no hemos hablado casi nada. Sólo lo justo para que viniera yo aquí con la decisión que hemos tomado...
- Muy bien. Si prefieres te invito a una jarrita y luego charlamos tranquilamente, así le damos un desprecio a la frialdad del negocio.
- Sí..., a mi también..., me va a sentar muy bien.
- Bueno, y qué vais a hacer ahora. ¿Algún otro bar, quizás?.
- No sé lo qué haré. Lo de camarera cansa un poco, ¿sabes?. Si no me sale otro trabajo seguiré con la barra, pero me gustaría cambiar un poco de vida.
- !Hombre¡, eres algo más que camarera. Eres la dueña. O la novia del dueño, que viene a ser casi lo mismo. ¿No?.
- Eso ha sido hasta ahora. -Comenta, la muchacha, entristecida y un tanto cansada. Después siguió hablando-. Joaquin y yo lo vamos a dejar. Hago esto porque me deben, él y su socio, tres meses de trabajo. Cuando acabe el trato contigo lo vamos a concluir todo y..., bueno, cada uno por su lado.
- A lo mejor se os soluciona la cosa en estos días.
Le digo, brindándole una sonrisa.
- No creo. Pero, si no te importa Tato, prefiero cambiar de tema.
- Claro claro, perdona. Entonces te debo preguntar sobre nuestro trato.
- Lo hemos aceptado. Aunque no tenemos garantía de que luego lo cumplas ya que la parte que nos has prometido de palabra es una duda.
- Bueno, eso es verdad. Pero estaré bastante localizable. ¿O no?. - Culminé.
Dimos un buen traguito de cerveza y nos miramos a los ojos, a la vez. Entonces capté en ella un halo de melancolía que no me agradó nada. No me pareció justo en una mujer tan hermosa.
- ¿Sabes quién inventó la rueda?.
Le comenté y le obsequié una cara de chiste. Movió la cabeza en negativa.
- Uno que se acababa de tomar tres o cuatro jarras de cerveza. - Le aclaré.
Estuvimos riendo y vacilando otro par de jarras más y después nos encaminamos hacia el local, en mi coche. Durante el trayecto hablamos vanalidades sobre el tráfico de Madrid. Ella parecía sentirse muy cómoda a mi lado, aureola que me transmitió. Le miraba las piernas por debajo de la falda, que se le arrugaba un poco más de la cuenta y dejaba entrever unas formidables cachas. Me pareció que el inventario resultaría de lo más interesante.
Al llegar, propuse pillar unas cervezas para amenizar los minutos que deberíamos pasar adentro. Aceptó encantada. "Buena chica". Siempre he sentido debilidad por las mujeres bebedoras de cerveza. Las de los cubatas no me agradan tanto, se les queda la boca empalagosa, de trapo, y fuman mucho. Entramos al interior. Olía a humedad por todos lados.
- Nunca he hecho esto. Nos vamos a resfriar - Le comento al dar dos pasos.
- No tiene problema, hombre. Miramos los aparatos, los muebles, los servicios, cristales, luces, todo lo que halla por ahí interesante, lo anotamos con la fecha y lo firmamos. La firma de Joaquin ya está al final de la hoja.
- ¿Y si hay algo roto?. ¿!Qué¡?. - Exclamé.
- En eso tendrás que ponerte de acuerdo con él.
- Bueno, luego se lo descontaría de los pagos. No hay problemmmm...
Comenzamos por el principio, que iba a ser el mejor sitio. Decidimos que lo preferible sería ir por lo verdaderamente importante, las cámaras frigoríficas, el equipo de música, los servicios, para después continuar con los muebles, la barra, el grifo de la cerveza, cuberteria, etc... (Tú, lector añade lo que te plazca).
La cerveza nos había alegrado el cuerpo. Yo no dejaba de hacer chistes con cualquier pormenor. "De aquí no rescatamos nada, muchacha"; "este equipo está para el asilo"; "¿las cucarachas también entran?". !Oh¡, y ella sonreía todo el rato.
- Vamos a mirar la vajilla. - Merche me llama la atención.
Y me acerqué, cual pájaro somormujo, por el interior de la barra.
La vajilla la cambiaría por entero, pero envalaría esa, por consejo de ella, para guardarla en el almacén. Todo tenía cantidad polvo. Merche y yo nos acercamos a tope. Había muy poca anchura en ese espacio de la barra. Entre el sotabanco y el mostrador apenas cogía una persona de cadera a cadera. Ella reclinó el culo sobre la cámara frigorífica de debajo del mostrador y señaló hacía las estanterías, donde dormía la vajilla. Señaló hacía la derecha. Descubrió todo su cuerpo. Sus pechos se tensaron, redondos y puntiagudos, y los pezones sobresalieron como capullitos crecientes.
- !Mira¡. Ahí están las jarras más caras. Cuéntalas, por favor...
"Y sin favor", le digo y me acerco al lugar. Nuestros cuerpos se juntaron. Y los dos nos percatamos que sería una pérdida de tiempo moverse constantemente por la barra con ritmo sinusoide. Sus muslos chocaron contra los míos. Me agaché, sin perder contacto con sus piernas; y sí con la realidad.
- Hay doce jarras y cuatro bandejas. !Ah¡, y una coctelera que me sonrie.
Ella tendría que esperar mi reincorporación para poder moverse.
Al levantarme tuve, sin más remedio, que asirme al borde de la cámara. Ello conllevó pegarme a tan exquisita criatura cara con cara. Nos miramos y la luz se torna brumosa. Apenas nuestros rostros cogen algo de luminosidad. Esas pequeñas sombras que ocuparon nuestras caras debieron favorecernos. A ella seguro, lo hubiera jurado ante la Biblia. Un brillo surgió de nuestros ojos. Unas chiribitas con una intensidad tal que hubiéramos podido adornar una tarta de cumpleaños. Y nos besamos. Ambos esperábamos esa oportunidad desde hacía unos cuantos minutos. Le metí la lengua con ternura y ella movió la suya con carácter. Nos ensalivamos los labios durante...; bueno, una eternidad.
Su carmín me supo a gloria divina. Terminó dándome unos golpecitos con la punta, húmeda y dura, de su lengua y entendí que debía separarme, ahora. Yo llevaba mucho tiempo sin besar unos labios tan dulces; largos meses. "¿Cómo me ha podido suceder esto?", creí que sólo lo pensé. Pero lo había dicho.
- ¿Qué es lo que te ha sucedido, Tato..., cielo?. - Replicó ella.
Y me empalmé. Irremisible, temeraria, incontroladamente; una descarada erección.
- Te favorece está luz, total, Merche, estás muy guapa. Estas preciosa.
- Gracias... tú también. Estoy un poco nerviosa.
Replica de nuevo a la vez que me frota el antebrazo con su mano derecha.
Me dedico a engancharla por la espalda con mis dos brazos, fuertemente asida. Sus pezones se imantaron a mi pecho. Me quemaban. La falda se le subió unos centímetros por culpa de mi arrebato. Y La vuelvo a besar. Un hilillo de saliva se abarraja entre las comisuras de nuestros carnosos labios. Lo limpia ella para después seguir con múltiples caricias sobre mi cabello.
Y ahora comencé a notar una enorme molestia en mi entrepierna. Los vaqueros me agobiaban. Hice unos giros de cadera a lo breakdance para situarme. Entonces le toco su monte de Venus, y no me olvido de los labios del coño. Por unos momentos pienso que me va a apartar de su lado, pero no es así. Y le introduzco un dedo, a la caza de su vagina, con suavidad. A los pocos segundos llega el segundo, y todo sin parar de mordisquearle el cuello. Ella me castiga la espalda con sus uñas pues había conseguido penetrar entre mi ropa. Su sexo estaba terriblemente mojado, ya lo estaba antes de comenzar a palpárselo. Creo que no tardo más de cinco segundos en desabrocharme el pantalón y bajármelo hasta las rodillas. Hay ocasiones en las que mandan las prisas.
Noté el fresco del lugar en el capullo de mi pene y le digo al oído que por favor me lo tocara. Y lo hace de arriba hacia abajo.
Saqué la mano empapada de su sexo. Le abrí las piernas. Ella se quedó despatarrada muy abrazada a mí por el cuello, que diría aferrada. Le digo que me mire a los ojos y dice que no. Yo seguí. La polla parecía que me iba a estallar. Volví a moverme al estilo del mejor sinusoide baile y la penetré, hasta el fondo. Lo consigo lograr sin utilizar las manos. "!Qué bárbaro¡". Y ella suelta un largo gemido. La bombeé durante muy poco tiempo; escasos segundos. Me corrí como un quinceañero, aunque seguí dentro de ella. La levanté en peso dándole la vuelta para apoyarme en la cámara y sus gemidos crecieron. Yo oía rumor de olas, cantos de pájaros y estruendo de campanas; de fondo, su aliento entrecortado. Orgasmeamos a la vez, ahora. Creo que solté un alarido bestial. Me empezaron a temblar las piernas. La solté lentamente. Le di la vuelta y ahí se quedó apoyada con su culo contra mí. La rodeé con los brazos por la barriga. Teníamos toda la ropa descolocada. "Qué bien me cayó Merche".
- ¿Estás bien, Merche?.
Le susurré al oido y le chupeteé un poquito la oreja, de paso.
- Creo que sí. - Me contestó harto dudosa.
...Y yo ya estaba en el mejor de los cielos, ...me notaba unas punzadas en los gemelos parecidas a las agujetas..., unos formidables picotazos que me impedían cambiarme de postura..., salvajes picotazos...
- !!!TATO, HOSTIAS¡¡¡.
Me reincorporé sobresaltado.
Me estaba chillando un cliente que había entrado y, el muchacho, llevaba un minuto requiriendo mi atención.
- ...qué pasa, -me dice con mirada abierta-, hombre. Estás en el otro mundo o qué. Pon unas cervezas, !coño¡.
- Perdona hombre. Me pongo a echar cuentas y se me va un poco la pelota, ...ahora mismo te atiendo, chavalote. - Le digo, frotándome los párpados con las manos, y con los recuerdos el alma.
- !Ya, ya. ya¡... - Oigo, esta vez ya con toda la claridad.
(..................
Aquella noche Merche y yo hablamos poco. Ni bueno ni malo.
Acabamos el cometido que nos había llevado hasta allí y la acerqué
hasta el portal de su casa. Siempre he sospechado que aquello lo hizo por despecho al que había sido su novio. Supongo que si fui el elegido sería por algo. Siempre me alegraré de haber estado allí ese día. Volvería a verla.
....................)

Nada más servirle las cervezas al núbil muchacho que acababa de increparme me quedé pensando un ratillo. Sí que llevaban razón los que decían que se ligaba mucho en los baretos, sí. Recordaba que en aquella circunstancia también lo pensé. "!Olé y olé, qué chachi¡".
El muchacho que me reclamó imperiosamente las cervezas tenía por compañía a otro músico. Los dos formaban parte de un cuarteto, batería, bajo, guitarra y cantante. Éste último aportando notas musicales con su armónica, saxofón y a veces una guitarra acústica. Para la mayoría de conjuntos esa es la mezcla ideal. Un grupo de jóvenes aficionados a la música de Rock,and,roll's. La mayoría de estos grupos carecen de un estilo propio, muy comprensible esto. Sucede en cantidad de aspectos en la vida creativa. Ya está casi todo inventado, o experimentado, y a veces tan acertadamente realizado que nos puede dar miedo intentarlo. Ellos versionaban grandes canciones de la década de los setenta. Y lo realizaban verdaderamente bien. Les puse dos tercios fresquitos, de la Mahou. Dejé los recuerdos para otro momento de más aburrimiento.
- !Esos musiquitos, dabutángano¡. - Los saludo. Les doy la mano, me tocaba.
- !Qué pasa tronko¡. Parecía que estabas ido.
Me dice Charly con su cara aniñada y con el pelo muy moreno. Un tío fino.
- Bueno. Hay que pasar el rato como sea. Se acuerda uno de cosillas que le vienen al cerebelo, ¿sabéis?. Pinchando música todo el rato no se puede estar.
- Y menos si no hay nadie. ¿Verdad?.
Dice el otro, Kike, el batera. De aspecto musculoso, y repeinado.
- !Ahí te quiero ver¡. -Exclamo-. Me gusta la gente observadora.
- Yo he estado trabajando dos años en un garito de Malasaña. Y me comía esos marrones. - Me lo dice, tan orgulloso como un recién licenciado.
- Se fuma y se bebe más si estas aburrido que si no. - Le aclaro yo.
- Pues yo fumaría y bebería lo mismo, sobre todo si es gratis. - Insiste él.
- No hay nada gratis en la vida, criatura. Lo pagas de una u otra manera, en impuestos, en salud, y mil cosas más.
- Ya, pero si puedes escurrir algo para la buchaka, mejor. je, je, je.
Y Charly hizo un gesto de pille, o, es decir, movió la mano en redondeo, en dirección a su bolsillo. Se captaba que la juventud le hacía ser muy impulsivo. Hacía poco tiempo que había dejado de ser adolescente, aunque esos términos están muy poco definidos en estos tiempos.
"Saben latín por señas, estos niños de ahora", dije en alguna ocasión.
Dimos un trago de cerveza y les ofrecí tabaco.
- ¿Qué tal entonces?. Alguna cancioncita nueva. - Pregunto.
- !Pues no tronko¡. Estamos intentando versionar esa del diablo de los Rolling Stones, a ver si nos sale.
- Ardua tarea.
- ¿!Qué¡?. - Me miran los dos.
- Que va a ser muy meritoria la cosa. ¿Por cierto, no sería mejor componer una canción vuestra directamente?.
- Es que a lo último todas se nos parecen a alguien, pues para eso las versionamos.
- Claro y os ahorráis trabajo. ¿No?.
- Es que el componer no es tan sencillo. - Dice Kike.
- Es verdad. - Asiente Charly.
- !Nos ha jodio¡. Os lo van a regalar. En la práctica está la recompensa colega, hay que practicar todo lo que se pueda. Siempre que el talento sea el adecuado. Escuchad, el otro día tuve esta misma conversación con unos amigos, más mayores que vosotros, que también le pegan al tema de la música, y me expusieron un planteamiento no demasiado guay. Dijeron que para sonar bien delante de la gente decidieron versionar supercanciones de los grandes grupos rockeros. Así han estado muchos años. Por lo visto al final dejaron hasta de componer. Se ganaban la vida por ahí, tocando en los garitos, en fiestas, en restaurantes de estos americanos del pollo y la hamburguesa; y todo eso, vamos. Estaban muy arrepentidos. Me dijo uno que la euforia del principio se les había pasado y que ya no eran capaces de componer nada. Que se aburrían. Que si volvieran a empezar cogerían un estilo, aunque fuera cantado y parecido a alguien, y que lo intentarían mejorar con sus canciones. ¿O.K.?. Y perdonadme por el rollo que os acabo de soltar, es para engrasar la labia de paso. ¿Vosotros cómo lo veis, esto?.
- Bueno... Esperamos componer cada vez mejor. - Dice Charly.
- A ver si es verdad. ¿Tocareis aquí algún día, ¿!eh¡?, una Jam Sessiom, de esas guapas sin darle mucha importancia.
El hecho de copiar no debe ser traba para crear. Si alguien ha realizado una obra a la que le profesemos una inmediata admiración, adelante con ella. Si todo está ya creado, ¿qué haríamos entonces?. No crear, y jodernos, o copiar, y disfrutar. Me inclino por esto último. Se copia y se reconoce, y punto, en el arte y en la vida. De hecho todos copiamos a ese primer artista homínido que inventó las artes, o ¿es que acaso las hemos inventado ahora?. Si hacemos alguna realización artística es porque alguien ya la experimentó antes. Lo único que hacemos es avanzar, en dichos aspectos. No sería la primera vez que un alumno comienza copiando a su maestro, o admirado, y, de pronto, encuentra un camino inexplorado. Picasso dijo que si nuestro futuro estaba trazado para qué conocerlo. Eso va a dar la confianza y esperanza en uno mismo. Aunque sea una copia la obra será nuestra. Hablo del Plagio ahora, que es mucho más peligroso y parte de la premisa de negocio. Es, dentro de la copia de una obra, el mayor impulso de hipocresía al que podemos acceder. Con el plagio no se busca la creación inspirativa y reconfortante, si no algún tipo de lucro, y a expensas de otro que sí que se esforzó en la química creativa. En fin.
Me despedí de ellos dándoles una palmadita en el hombro a cada uno.
Alguien reclamaba mi atención en la barra.

- !Hola Mari¡. Me alegro de que me veas.
La saludo en la versión personalizada.
- ...Yo también. ...Ponme un dyc con limón, anda, vacileta.
Mariputi parecía haber estado tomándola por ahí, por los garitos. Los ojos le cantaban por mor de unas rojas venillas, y le daban a su mirada un aspecto chillón, un aire de insolencia ante la vida. Se estaba metamorfoseando de ama de casa en una mujer desinhibida. Estaba creciendo como persona independiente. Supuse que la vida de soltera la estaba enganchando. Los hombres le gustaban; le gustaban mucho, decía. Me pareció muy buena idea brindar con y por ella. Y la serví encantado.
- Mari, porque la felicidad te apabulle. - Digo, lanzando la bebida al viento.
- Gracias. - Contesta ella, chocando su copa contra mi tercio de cerveza.
Después me dirigí a cambiar de música. Ella encendía un cigarrillo. George Thorogod and the destroyers, !!ouuyeahhhh¡¡.
- ¿Qué tal muchacha, cómo lo llevas?.
- Muy bien, a mi aire. Estoy buscando trabajo en estos días.
- Me pareció entenderte la otra noche que ya trabajabas.
- Sí, limpiando unas casas por ahí. Pero ahora quiero un curro de ocho horas seguidas. Uno que me permita pedir un préstamo al banco.
- Sí..., pues yo tengo que pasar por la puerta del banco tapándome la cara. Parezco un país subdesarrollado de lo que le debo, de momento.
- Yo, -dice ella, sin haberme prestado atención-, lo que quiero es meterme en un piso. Estoy de alquiler y no me gusta nada.
- Ya estás mejor que mucha gente. Vives sola y eso hoy día es muy importante. Y con respecto a lo del alquiler es una cuestión de principios, sólo.
- Esto de la separación me está dejando hecha una mierda. Ese cabrón no quiere saber nada de nadie. Anda con la rubia esa por ahí. El otro día los espié, para relajarme. Ella lo esperaba en la puerta del trabajo...
- Mira, creo que cuando el amor se acaba lo mejor es romper, desligarse.
- Eso no lo hace casi nadie, por los problemas económicos. Sólo los ricachos. Las clases altas no tienen por qué aguantarse los unos a los otros. Si lo hacen es por ambición. Todos tienen dinero para sobrevivir por su cuenta. Nada más hay que pensar un poco para darse cuenta.
- Ahí llevas toda la razón,... !hija mía¡... Qué palo me acabas de dar.
- Lo que pasa es que nos casamos sin amor. Llega una edad en la que hay que salir de casa. Las mujeres tenemos ese conflicto. La mayoría nos casamos con el primer amor, sin la certeza de que sea el de verdad...
- Eso tampoco es problema. Se intenta y Santas Pascuas. Si no sale, patadón y todos para adelante, como los equipos de Clemente.
- Claro. !Mira qué listo¡. Vosotros os haceis con un oficio y un trabajo. Nosotras en casa, ayudando hasta que salgamos con el vestido de novia. Si me hubiera esperado habría estudiado algo... A trabajar de más joven. Pero mi madre...
- Ya me lo puedo imaginar. ¿Sabes?, eso sucede en esta capa de la sociedad en la que en las casas no entra el hambre pero pasa por la puerta, ¿verdad? ...Bueno, venga tómate un cubatita y balones fuera. Te invito.
- ....Hay mucha gente que se lanza a la aventura..., y se va de su casa a las primeras de cambio.... - Dice cabizbaja.
Dejé a Mari a su aire. Debería atender la barra. Un grupito de jóvenes, chicos y chicas, me llamaban. Tiempo tendría de retornar a la charla con ella. Imaginé que habría muchas ocasiones por delante. En ese momento me dio la sensación que ella estaría de bajada, se le veía melancólica.
Llegué al extremo donde se habían ubicado, el grupito digo.
- A ver qué se cuece por aquí, !oiga¡.
Les lanzo el reclamo. Levanto la mano derecha y llamo a una chica. Le digo:
- A ver, tú misma, que parece que eres la jefe del grupo. ¿Qué os pongo?.
- ¿Tenéis minis?.
Me pregunta la chica. Una jovencita de muy buen ver. Tendría unos diecinueve años. "Criada con cereales", pensé. El matiz pelirrojo de su pelo y sus pómulos hinchados me prendaron en el acto, casi como la primera vez que vi a Marlyn Monroe.
- Puede ser, si no es de los raros. -Digo, levantando las cejas-. Aquí sólo os lo puedo poner de whisky nacional o de cerveza. Nada de calimochos y esas cosas.
Miré por el bar y estábamos allí en esos instantes solamente ellos, Mari, y yo. Entonces Mari se despidió con un gesto de despedida desde la puerta.
- Espera que lo consulte.
Me dice la chica, dándose la vuelta con gesto atlético. Le miré su culito, sin remisión, respingón y apretado. La melena le ondulaba por la espalda.
Enseguida retornó. Portaba una cinta de casete en la mano.
- Oye, bueno, nos lo tomamos de cerveza. ¿Podrías ponernos esta cinta?.
Una mezcla de gitaneo y rumbeo, grupos españoles; vi en un fugaz vistazo.
- Con una condición. - Le digo, emulando a Brando en el Padrino.
- ¿Cuál?.
- Que bailéis sin montar demasiado lio.
- De acuerdo.
La muchacha se alejó ilusionada. Debían estar celebrando algún acontecimiento.
Les serví los dos minis de cerveza. Nunca he sido partidario de esas bebidas multitudinarias; mucho ruido y pocas nueces. Levantan más polvo que otra cosa. Al ser bebidas de grupo conllevan a perder contacto personal con alguno de los componentes de éste, que pueden utilizar dicho método para un perfecto camuflaje. O sea, nunca sabes si verdaderamente se dejan la pasta en tu local. Además, en los lugares recogidos ocupan un espacio vital. Todo el mundo que se aproveche de un sitio con ambiente, buena música, compañía y buen rollo debe contribuir con su granito de arena. El alquiler y demás impuestos deben estar al día. Los beneficios pueden aguardar, pero aquello otro no espera. Las muchachas son irremisiblemente importantes. Dónde están ellas vienen ellos detrás, "y así es la vida", aun a costa de aguantar a los gorrones de turno que se les cuelan.
Por aquellos días se puso de moda un baile muy pintoresco. Provenía de latitudes sudamericanas, ritmo caliente y sabrosón. Una mezcla de estilos le avalaban como canción marchosa y de exquisito bailoteo. La lambada. El mundo entero movió las caderas a su son.
La pandilla de estudiantes me insistía, una y otra vez, con la dichosa canción. "Ponla otra vez, porfá ...si estamos solos..". Vuelta a rebobinar. "Oye que esto no es un salón de baile", les recriminaba yo cada vez. La suerte fue que la canción era la primera de una cara, muy de agradecer. El bailecito terminó picándome a mí también. Parecía que la pelirroja le había pillado el truco al compás del sonido. Movía las caderas endiabladamente. El baile debería efectuarse en pareja. Ella lo estaba haciendo sola. Esporádicamente algún muchacho la acompañaba, para durarle escasos segundos. Uno de los compases era pegarse las partes internas de los muslos y hacer simulacros de formación de ochos a la par con las caderas y las manos en disposición a lo pasodoble. Bárbaro, de verdad. Debí descuidarme en la insistente mirada hacia sus caderas y el cuerpo de la pelirroja que me llevó a una comprometida situación.
- !Oye¡, ¿quieres intentarlo?. - Me dice ella, que sentía ganas de que una pareja le durara lo suficiente para culminar el baile, al completo.
Me acojoné al oirla, pero ante todas las compinchadas miradas accedí. Ellos, los muchachos, con toda seguridad, esperaban que yo hiciera el ridículo.
- !Bueno, venga¡. De algo hay que morir.
"Hostias, veras que pifia", pensé.
Nos agarramos con ahínco, sobre todo yo, y comenzamos al estilo salsa.
Sus consejos mediante las miradas, acompañados por su dúctil tacto, me llevaron en volandas sobre el pavimiento del bareto, que conseguimos convertir en un salón psicodélico de baile y una pista de patinaje, donde la plaqueta era cristal. Y donde mis pies eran dos bloques de hormigón resbaladizos.
Merecí acabar el baile muy pegadito a ella. Los tiempos de bailarín hortera en las discotecas dieron sus frutos, al fin. Terminó el baile y me besó muy cerca de los labios; muy rápido, y dejándome un claro sabor en la lengua a fresa ácida.
Le guiñé un ojo y le di las gracias, con un susurro. Nos separamos. Qué pena más grande, niña. Mi Lolita desarrollada. Mujer nínfula.
Ellos me miraban con cara de decepción. "!Qué capullo¡", pensarían.
- Tomad, a este mini os invito. Sólo pongo una condición.
Exclamo yo, a los dos minutos, en voz alta y mirando a la pelirroja.
- ¿!Cuál¡?. - Dice ella.
- Que me des la segunda parte del cursillo de baile otro día.
No obtuve respuesta, pero sí un gran margen de sonrisas. Eso es esperanzador normalmente.
Todos intentaron bailar, una y otra vez, con la pelirroja directos al más estrepitoso fracaso. Andaban un poco borrachines, la gran mayoría.
Chapé un poquito más tarde, cuando se marcharon, y me fui. Claro.

Luego en casa me acordé de mi bailarina con un gran interés.
Tanto interés que concluí apenas en cinco minutos, el asunto.
XII
Estaba amaneciendo cuando desperté y sentía unas terribles ganas de orinar. Una rápida mirada a mi acompañante de la cama me hizo recordar gran parte del último tirón de la noche anterior. La muchacha entró a última hora en el bareto, para no variar. La conocía, de otras veladas, por haberle servido en alguna que otra ocasión, con anterioridad, y recuerdo que habíamos cruzado alguna frase sobre la marcha nocturna y todas sus variantes, resacas, movidas musicales, y sobre la eterna independencia. Como se le había hecho tarde, y no quería regresar a su casa, se quedó conmigo para realizar un simulacro de cena y desayuno. Iba acocullada, pero a última hora ya se le vio despejada y muy soñolienta. Así que nos dedicamos a dormir después de afligir las mandibulas.
Volví enseguida a la cama. Mi pretensión era hacer el amor. La noche anterior ella se quedó dormida casi en el acto, nada más reclinarse en la almohada. Me dijo que había estado celebrando algún evento, de esos del tipo cumpleaños. Una excusa cualquiera para emborracharse. Yo estaba empalmado. Esperaría que ella despertara. Un poco de sexo hace la vida más agradable. Un buen acelerón a la maquinaría física le viene bien; a veces, extraordinariamente.
Por fin ella despertó. Intenté besarla pero no quiso. Achaqué el asunto al problema del aliento. La dejaría tranquila. "Igual no le apetece". Al estar en la postura fetal, los roces tomaron protagonismo. Pero es que yo seguía con mi pito reclamando sangre. Entonces ella habló:
- No me apetece, no se qué me pasa. Yo creía que me iba a apetecer. ¿No pones música?.... hummmm.
- Sí claro, pongo la radio ahora mismo. ¿Te gusta la radio?.
- A veces sí, otras no. - Contesta ella, con un leve garraspeo que se le muere entre los dientes.
- O sea, como casi todo en la vida.
- ¿Qué paso anoche?. No recuerdo nada. Estaba cansada.
- Estabas borracha. Y eso es lo que pasó, nada de nada. Caíste redonda en la cama. Pero no te preocupes, esas situaciones no son nada extrañas para mí.
- ¿Cómo subí hasta aquí?.
- Te pusiste pesada en que no te apetecía irte a casa de tus padres y te propuse que subieras. Llegaste a calentarme cantidad. Y decías tener hambre.
- ¿Tienes café?.
- Sí, claro. Ahora lo preparo.
Me puse algún atuendo cómodo y me dirigí a la cocinilla a preparar una cafetera para los dos. Cuando volví, ella se había vestido y mojado el pelo. Parecía querer agradar y sentirse atractiva. Al verme dijo:
- Tato -me dice forzando la sonrisa-, por qué no nos quedamos a pasar la mañana juntos. Te invito a comer. ¿Tienes algo de trabajo hoy?.
- No, no y no. - Replico con instinto ancestral.
- ¿A qué viene tanto no?.
- Uno por cada proposición y pregunta.
- Pensé que yo te gustaba. Eso tenía grabado en mi memoria. Si es por no hacer el amor..., ya verás..., como luego me apetecerá, ahora es que me noto un poco rara. Me duele la cabeza.
- Es que mira -digo yo en plan solemne-, resulta que he quedado para comer en casa de mis padres y vamos a estar todos los hermanos juntos. Se acaba de jubilar mi padre y estamos yendo a menudo.
- No recuerdo nada de esto, de anoche. - Dice ella con incredulidad.
- Pues te lo dije. Te dije que nos iríamos a media mañana, y ya ha pasado la hora.
No sé, señores, de verdad, los minutos que pasaríamos en silencio. Todos los que se imaginen serán un acierto. Luego, ella exclamó:
- !Mira¡, -puso una mirada brillante-, podría quedarme una temporada contigo. A lo mejor te ayudaba a levantar el bar del todo. Yo me portaría bien..., te lo prometo... Tato.
No sé, señoras, de verdad, los minutos que pasaríamos en silencio. Todos los que se imaginen serán un acierto. Luego, yo repliqué:
- Mejor no. Verás..., eso hay que pensárselo muy bien. -Ahora el garraspeo brotó de mi garganta-. Venga nos tenemos que ir. Luego, según nos vayamos viendo, ya hablaremos más veces. O.K.
Salimos a la calle con el mutismo como protagonista.
La acompañé, con la moto, hasta el lugar que ella me indicó; una casa de una amiga, dijo.
- Adiós, adiós, adiós.
Dice, girando la cabeza, y, según se iba hacia el portal, retuvo su mirada.
Volví a arrancar la moto y me encaminé, directamente, al bar de Pepe.

Nada más llegar me dice el camarero, dueño, y empresario, Pepe:
- Te he visto pasar con la gachí esa, antes. Mira que te gustan a ti estas cosas. Vaya marcha que llevas todo el tiempo.
- Ponme una cerveza y aperitivo como si fuera para una boda, !anda¡, haz algo en la vida. - Le replico.

Luego, al ratillo, retorné a la buhardilla.
Tenía que hacer algo de limpieza. Pero me limité a tumbarme, fumar y escuchar una de las cintas que recientemente había grabado.
XIII
Un buen día se me ocurrió una idea ingeniosa. La parte superior de los servicios era un cuartillo trastero de muy fuerte apaño, con el suelo hormigoneado. Bien. Instalé el equipo de música allí mismo. El acceso, arriba, se consiguió gracias al regalo que me hizo un asiduo del bareto. Era una escalera fina de hierro procedente de una señal ferroviaria que encontró en una chatarrería. La altura de la peculiar cabina había quedado casi a tres metros del suelo, en un habitáculo que, más bien, parecía una jaula de exhibición.
La pensaba inaugurar durante un fin de semana.
Pronto dio la nota el hecho. Desde arriba se dominaba todo el recinto, en los alrededores del billar; ahí donde el ajetreo era mayor normalmente. Una vista panorámica magnífica. Desde abajo sólo se veían unas lucecitas de colores intermitentes cuando la luz estaba apagada, o a un tío en mitad de una extraña caja maletera ostentando movimientos espasmódicos; es decir, pinchando. Hubo muchas propuestas para efectuar sesiones de pinchadiscos circunstanciales. El detalle levantó fisgoneo. Tanto que la gente comenzó a escalar unos cuantos peldaños, o todos, llevados por su curiosidad, para ver que se gestaba allí. La mayoría de las veces, con la única excusa de hacer una petición musical.
Enseguida las muchachas con falda reclamaron la atención del personal.
El primer día una de ellas, luciendo una minifalda exagerada, tuvo el valor de subirse a monear el ambiente. Acercó medio cuerpo hasta el borde del hueco del recinto y ahí apoyó sus pechos. Como no iba a ser menos, decidí corresponderla en su gusto, eso de pincharle una canción en concreto. Creo que cualquiera le hubiera valido. La perspectiva vista desde abajo debió ser magnífica. Tanto como para reclamar la atención de todos los presentes. Yo, desde arriba, oía toda clase de comentarios y piropos variados. (Las voces procedentes de las conversaciones me llegaban con tanta claridad que, a veces, llegué a pensar que la gente chillaba; caprichos de la propagación del sonido, todo se oía nítidamente). La chica se lo pasó estupendo el rato que la estuve entreteniendo. Se bajó de la escalera con la promesa de volver a pasar otro rato arriba conmigo para efectuar una grabación. Era una chica guapísima y muy simpática. Me cercioré de que no tenía novio. La complací con la música, y al amparo de un par de besitos en las mejillas se perdió por el local, mientras yo preparaba, mentalmente, una estrategia con intención de llevármela al huerto de las musas.

Al día siguiente, otra chica se quedó enganchada con el saliente del final de la escalera y se le rompió la blusa. Mostró sus braguitas durante cinco minutos. Al momento, unas frases chirriantes me hicieron asomarme y buscar de qué parte procedían. Era una parejita discutiendo. Al parecer, ella se hubo ofendido demasiado por el hecho de que su novio no le había quitado el ojo de encima a esa joven acaparadora de la escalera, todo el tiempo. Era una discusión sin remedio. El chaval había cometido un fallo enorme al no disimular, en ningún momento, su mirada. Fallo acrecentado por los radicales celos de su novia. Ahora estaba perdido. Ella necesitaba desquitarse para poder calmarse. Se oía disculparse al muchacho en todas las formas conocidas por el hombre. Pero ella no parecía hacerle demasiado caso. Los dos iban un poco colocados. Y es que estos asuntos tienen mala solución. Acrecentan rencores anteriores y nadie ganará la saliente discusión, a excepción del orgullo de alguno de los dos que engordara unos kilos. La venganza que ella preparó, al ir en falda, fue la de subirse a hacer su petición. "A ver, si ahora miras también, gilipollas", se oyó con claridad, cuando comenzó a subir peldaños. Llegó hasta el penúltimo escalón y, sin cortarse un pelo, subió al último, y más delicado paso.
- Oye, ten cuidado que ahí te puedes caer. - Le digo vivamente preocupado.
- !Holafff¡, ¿puedes ponerme una canción?...
- Sí claro, pero baja un peldaño que esa postura es muy traicionera.
Y le hice los gestos oportunos con la mano. Su novio nos miraba.
- Y si entro ahí adentro, ¿qué pasa?. No me quiero bajar todavía.
- Está bien. Entra y elige un disco, pero te marchas enseguida. No enfades demasiado a tu novio. Las peleas en este bar no están permitidas.
- Anda y que le den, es un tonto.
Conforme hablaba se giró la cabeza con la segura intención de darle rabia al muchacho, que parecía aceptar la solución de su conflicto en dicho paso.
A mí me gustaba sembrar en todo tipo de campos. La chica propagaría la voz por su pandilla, de la petición, y ello conllevaría adquirir clientela. Un experimento más. El giro que ella dio no fue afortunado, perdió el equilibrio y cayó en picado contra el suelo. "!Madre mía qué golpe¡, ésta se ha matado", pensé. Arriba llegó el ruido del golpe adornado, como si fuera una maza prehistórica.
La chica se espabiló a los pocos minutos; con la congratulación de todos los presentes, sobre todo del novio. La mandé al puesto cercano de la Cruz Roja. Allí parece que se tuvo que cursar una denuncia, me comentaron a los dos días.
Se acabó el experimento de la cabina volante. Y es que termina uno por enterarse de todo lo relacionado con tu bar. Al menos si es un Bar de copas.

La guapísima chica, del principio, volvió a por su promesa.
Pero ya nada fue lo mismo sin mi espectacular cabina musical aérea.
XIV
Serían las 10 P.M. en una velada cordial. De nuevo un experimento, para probar caminos inexplorados a la hora de captar clientela, marcaba la pauta en esos precisos instantes. El famoso 2x1 durante una hora, mal llamada la hora feliz. Es la hora borrachuza, que no tiene por que ser feliz. Sirve para remediarle el asunto económico a algunas personas, con normalidad bastante jóvenes, y dar como muestra el bar al que le quieres adjudicar la publicidad. Más o menos.
Una pandilla de estudiantes había decidido reunirse allí durante los últimos fines de semana. Compartían las rondas de cubatas generosamente. La hora pribosa estaba ayudando a mantener esa tradición. Lo demás lo ponía la música y el buen trato, se procuraba, que se les dispensaba.
El bareto cogía ambiente por momentos y eso era alegre; muy alegre.
Ellos se jugaban al billar las distintas rondas que pedían. Rondas que costumbraban a pagarme religiosamente. Aunque, como todas, esa pandilla albergaba en sus fueros algún caradura. Éstos no pagaban nunca, y si lo hacían querían un trato preferencial. Nunca estaban de acuerdo con nada.
Rápidamente todos se marchaban nada más acabarse la oferta del 2x1, con probabilidad a aprovecharse de otra parecida por los alrededores más cercanos.
- !Oye mira¡, se me ha caído el cubata.
Me increpa uno con un vaso, en la mano, que se había encontrado. Le digo:
- !Mira, rubio¡, siempre haces igual. No te lo pienso poner. Antes me has pedido un gin-tonic y esto es oscuro. !Ale¡.
Ese día la cosa marchaba con normalidad. La pandilla había venido al completo, serían unos veinte, para repartirse las diez consumiciones que se irían pidiendo por orden riguroso. Jugaban al billar y comían palomitas. De pronto comenzaron a cuchichear entre ellos, levantando mi curiosidad. Aprisa, comprobé cuál era la culpa de aquellos brotes parafraseados.
Unos segundos antes había entrado por la puerta, acompañado por uno de sus amigos (al que la opinión general hubiera tachado de novio), uno de los directores de cine más en alza del panorama español. Era Pedro Almanueva. Incluso había sido propuesto para los Oscar Hollywodienses. Reclamaron mi atención hacia la esquina donde se habían situado. Mi sorpresa fue enorme al verlos por allí. Con la cantidad tan grande de chiringuitos que había por Madrid para tomarse una copa me extrañó que uno de los principales representantes de aquella famosa movida madrileña hubiera elegido mi bareto para alternar un rato. Imaginé que iban de paso para otro sitio y un ataque repentino de sed les habría hecho encaminarse adentro. Bueno. Su acompañante iba vestido como un maniquí de discoteca y Almanueva como lo que era: una estrella.
Los atendí, recordándoles que tenían posibilidad de una doble copa.
- !Muy bien¡, si nos apetece ya la tomaremos...¿verdad tú?...-Le dice el director a su acompañante-. Ponnos dos cubatas de ron, por favor.
Creo que lo de la oferta a Almanueva se la traía al pairo.
Les serví raudo. Pensé en la suerte que iba a tener si pasaba por allí, en esos momentos, un fotógrafo de esos buscavidas, tan oportunos siempre. "Cuántos marrones tendrán en su casa en negativos, los jodidos", me dije viendo la colección de instantáneas que guardaba en la caja registradora. Bien. No pasó.
Comenzaron a acercárseles algunos jóvenes a pedirle autógrafos. Almanueva se disgustó, al parecer. Ese día lo debía de haber elegido para un poco de intimidad. De ahí que hubiera entrado en un sitio nada famoso y de excaso glamour en la linea que se mueve él.
La verdad que me entraron ganas de pedirle un autógrafo para mi persona, pero me resigné a ver si le dejaban en paz, para de ese modo aprovecharme definitivamente yo en un descuido del personal.
La cosa comenzó a ponerse caliente cuando la pandilla de muchachos les retó a jugar una partida de billar.
- !Vale¡, pero es que nosotros tenemos que practicar un poco antes, si no ...no jugamos...
Les replica Almanueva, palpándose su lunar, que daría de comer a una familia de gnomos si fuera una manzana, protagonista principal de media cara.
Los chavales no tragaron con la historia. Yo era la primera oportunidad que tenía de tratar con gente famosa de verdad. Quise ver la oportunidad de que volverían por allí, quizá con más famosos, si notaban un trato bueno. Me costó un gran esfuerzo convencer a la pandilla para que les dejaran un turno para ellos solos en el billar. Los chavales se dejaron trabajar sólo a base de bebida gratis.
Almanueva y su acompañante comenzaron a jugar entre ellos, solamente, apartando a los chicos y chicas que se les acercaban mediante empujoncitos muy practicados con el taco del billar y disculpas. Algunas veces sin mirarles a la cara.
- !Oye¡, no tendrás otro taco mejor, ¿verdad?, es que con éste no me sale nada. - Me habla el director a mí, de súbito.
Accedo de nuevo, levantando con eso el fastidio de todos los presentes a los que siempre se les había negado el taco de lujo. El rubio de siempre me llamó moña. Yo sólo pretendía agradar a gente tan espectacular. !Qué ignorante¡, oí una voz desde la salida de los lavabos, que diría me la comenté a mí mismo.
Cuando Pedro Almanueva y su acompañante se hartaron de la partida, se marcharon sin despedirse. Algún componente de la pandilla se hizo con el palo del billar, el de lujo, antes que yo, y pretendía disfrutar de él. No me pude negar.
A los tres minutos el palo se rompió.
Algunos componentes de la pandilla, al despedirse, en especial el rubio de siempre, me llamaron pelota desde la salida.
La próxima vez que vi a Almanueva fue en la televisión (y siempre ha sido así, hasta la fecha). Fue en el programa de entrega de los Oscar's. Le habían denegado la estatuilla correspondiente a la mejor película extranjera.

Os juro que me alegré, pero sólo durante cinco segundos. En el fondo me hubiera gustado que se lo concedieran. Su película era la más cojonuda.
XV
El caso era que debido a lo inopinado, intempestivo y caprichoso del horario en el que transcurre la jornada diaria de trabajo en un bareto, tiene uno, en más de una ocasión, que dormitar en sus dominios. La causa principal que llevó a mi menda, en un principio, a semejante situación no era otra que la recogida de género; refrescos y cerveza, como material de máxima imperiosidad.
Los camiones de reparto coincidían en su recorrido, para efectuarlo, a primera hora de la mañana. Ello me dejaba un margen de horas mínimo desde que lo cerraba hasta que debía recoger aquellos pedidos. Así mismo, en ocasiones ni dormía. Una charla agradable con alguien de última hora, personas que al igual que la mía propia no tenían la menor prisa. Gente amante de la nocturnidad cuyos horarios laborales así se lo permitían. Y si no fuera de ese modo, pues, ya se las apañaban para apurar la noche hasta sus últimos coletazos.
La cercanía de la Luna tiene esa virtud. La de enganchar a muchos de los seres humanos y picarlos, hacerlos noctámbulos. Da un arropo especial; un nerviosismo suave; un hermanamiento sublime, sobre todo a cierto ámbito humano. Gentes amantes de las conversaciones con raza y alocadas. También la noche es propensa a los vicios personales. Y en ella y en tu círculo, más concretamente, se crea una complicidad, harto grata; los tímidos hablan más, los fumadores fuman más, ellas se dejan querer más. Y sin saberse muy bien por qué, algo se crea a medias entre los bares nocturnos y quienes los habitan. Nunca se tratará de buscar amistades sinceras.
"La amistad es el alma de las almas", explicó Lope de Vega. Estupendo si surgieran. Ahora bien, la Luna encubre a las almas más que su ardiente astro primo. Más bien, se trata de buscar compañía de tu misma onda, y si enganchas la susodicha compañía te cuesta abandonarla, cuando menos si existe ese encubrimiento improvisado entre los interesados y no se desea abandonarlo mientras el Sol no haga su aparición, recordándonos éste el deber de retornar a nuestras labores diurnas para completar, por fin, el ciclo de la vida. Ufff. Se puede llegar incluso, a sacrificar sueño, aun, con tal de retrasar ese momento.
A mí me interesaba aguantar el tirón muchas de esas noches, sólo o acompañado. Esto último bastante mejor.
Los repartidores adquirieron un compromiso hacia mi persona. Siempre que observaran el cierre a medio bajar deberían avisarme mediante unos golpes en la puerta, favor que me hacían, yo me encontraría adentro durmiendo, hablando, privando, echando una partidita, o algún gerundio bastante más excitante, si pudiera ser.
Esa mañana en concreto la cabezadita la echaba en la barra, conformada ésta mediante una mezcla de maderas. Me hacía sentir un cierto sabor acogedor. La madera en un bareto es muy importante. Se dejará notar en especial cuando se halle vacío. Con el tiempo se va poniendo más bonita. A otros materiales más fríos les sucede justo al contrario.
Eso sí, es dura para dormir como toda la madre que la parió.
TOCK, TOCK, TOCK.... Los primeros golpes los oí entre sueños. No les hice ningún caso. TOCK, TOCK, TOCK, TOCK.... ""Jóder que pesadez".. "!YA VA, YA VA¡". Grité. Miré la hora, las ocho de la mañana. Qué temprano vienen ahora, me dije. Tenía la ropa desarreglada. Me la acoplé. Abrí la puerta. No eran aquellos que esperaba. Vi a un hombre en la puerta, de unos treinta años, pizca más o menos. Unas gafas de sol oscuras le cubrían el rostro.
- !Hola qué hay¡. - Me dice.
- ¿Ssssíiiii?.
- !Sssíiii, qué¡. - Replica él.
- !¿Qué?, qué¡.
- !Qué, ¿qué? ,qué¡. - Vuelve a decirme.
- ¿Pero, qué de qué?
- !Qué de qué, qué de qué¡.
- ...Pero, ...vamos a ver. ¿Qué se cuece aquí?...
- Buenos días.
- Buenos días.- Le contesto.
Esa conversación tan imprevista por la mañana temprano me dejó tan perplejo como la vez que hablé algo de literatura con mi viejo.
Me froté los ojos y salí a la acera. Estoy soñando o qué, iba diciendo a la vez que tomaba una gran bocanada de aire fresco. El cielo me pareció despejado. Unas pocas manchas de nubes entre algodones con tinturas azuladas parecían esquivar los pinchazos de las antenas de televisión.
Fue entonces cuando comprobé que, en efecto, estaba completamente despierto.
- !Qué bonito día¡. - Exclamo a modo de cordialidad.
Me esforcé en estirar el cuerpo y los brazos.
- El que lo vea. - Replica el recién llegado.
Se me giró la cabeza en un acto reflejo. La figura humana que me acompañaba parecía no inmutarse. Era ciego. Llevaba colgado del cuello una ristra de cupones de la ONCE.
- !Perdona¡. Es una costumbre que tengo. - Le digo.
- No pasa nada. Yo recién levantado lo primero que hago es cagar. Son costumbres que se tienen.
Me replicó el ciego, con un tono que me dijo de conocerse esa respuesta de antemano. Me quedé mirándolo. No sabía qué decirle.
- ¿!Qué me miras¡?. - Me dice.
- ..No..nada en especial...
- ¿No querras un par de boletitos?. Hoy llevo premio seguro, más vale dos que uno.
- ¿Qué es, el slogan, o qué?.
- ¿Qué?, de qué.
- Bueno mira. -Le digo-.¿Qué coño quieres?.
- !Huy, cualquiera¡. Me gustan todos. Je, je, je.
- Jóder, chaval. Mira, estoy ocupado en estos momentos, dame dos cupones que me tengo que ir para adentro. Es que a estas horas la calle me asusta.
- Eso está hecho. Así me gusta. Hay que probar suerte en la vida. Toma.
- Espera aquí que ahora mismo te pago. Cuidado con los coches. - Le digo.
Entré. Aproveché para refrescarme el careto. Me apuré, las legañas se me estaban secando y ya mismo me las tendría que quitar con martillo y cortafríos, si me descuidaba. Me empapé la cara con agua fresca del grifo. Cogí un billete para entregárselo al vendedor ambulante de cupones.
Él medía un metro setenta, de complexión delgada. Llevaba un bastoncito que le hacía las veces de guía, y su pelo era moreno y cortado al mínimo. La apariencia en general pasaría por ser un hippy moderno. Se le veía muy aseado. Las gafas negras con unos bordes dorados le daban apariencia de persona extravagante. Sin duda, lo era. Por lo menos en cuanto a vacile se refiere. Caía bien de entrada. El hecho de ser ciego le abría las puertas de la comprensión. Todas las personas mermadas fisicamente tienen esa ventaja. "!Qué menos¡". Se quedó quieto en la posición que lo dejé, y eso me agradó.
- !Toma cóbrate, chavalote¡.
- Me llamo Miki.
- !Bien¡. Cóbrate Miki. - Digo y le alargo el billete.
Agarró el dinero y lo palpó. Con el dedo pulgar y el índice lo rastreó por algunos sitios.
- ¿Es bueno?. - Pregunta él, con algo de cachondeo.
- Claro que lo es.
- Ya. Si estas cosas nos dicen que las hagamos. Hay veces que ni las propias gentes saben que han dado un billete falso.
- Eso está muy bien.
- !Hostias¡. Ahora no tengo cambio, colega.
- Espera que voy a buscar a la caja.
- No hace falta. Te doy otro par de boletos y lo solucionamos.
- No te parece que haces los negocios demasiado pronto. Coleguita.
- Qué más te da a tí.
- Claro que no me da igual -digo semifuribundo-, que yo también tengo un negocio y no estoy por comprar todo lo que me ofrezcan a lo tonto.
- Ya me lo imagino. He oído hablar de este sitio. Te va bien, ¿eh?.
- Bueno, ahora parece que ya se va conociendo. Y sí que hay algún día bueno. Pero hay muchos malos.
- Podemos hacer una cosa. Tenía ganas de entrar aquí. Lo que pasa es que no me dejan salir cuando quiera, y menos a ciertas horas. Hay mucho hijoputa desesperado que es capaz de levantarme el dinero que lleve. Así que, si no te importa me pones una copita por lo que me debes y solucionado el asunto.
- Está bien. Pasa para adentro. - Digo después de meditarlo unos segundos.
Le ayudé a entrar y lo encaminé hacía la barra. Allí le dispuse un taburete. Se acomodó.
- ¿Qué te pongo?, Miki.
- Ponme un solysombra. De marca buena, !eh¡.
- Qué pasa, que encima eres delicado.
- Tómate tu otro. Te invito.
Me callé durante unos segundos. Lo que estaba claro es que ya no podría volver a echar una cabezada.
- !Venga¡, qué pollas -exclamo-. Me pongo yo otro solysombra. O si no, mejor todavía, voy a preparar dos carajilletes de alta costura.
- ¿Eso qué es?.
- Ahora lo verás....Esto digo, ...perdóname, otra vez.
- No pasa nada. Es muy normal eso. Son expresiones hechas.
- !Mira¡, mientras lo preparo lo voy relatando en voz alta, así de esa forma te koskas, entendido.
- Dabuti, colega. - Dice el ciego muy animado.
Preparé los licores y los dos vasos. En ellos haría la mezcla. Comencé a hablar, no sin antes garraspear.
- Vamos a ver, la mezcla es dulzona pero no muy empalagosa. ¿Estamos?. Se coge el vaso de chupito, esos de cubilete pequeño. También se coge una pajita, la cual cortaremos por la mitad. Con ella se succionará la mezcla cuando esté preparada. ¿Estamos?. Ya te la pondré para que lo hagas. Una cucharilla de café. Y la siguiente mezcla: Bailey's, Tía María y Cointreau. Lo vamos a mezclar a partes iguales de la siguiente manera....
- Oye que yo quería una copita nada más..., ya me he cargado casi todos los cupones, tal... ¿sabes cómo te digo?...
- Tranquilo, hombre. Luego te la pongo, si acaso... Escanciamos el chorrito de Bailey's a un tercio. Ahora lo haremos con el Tía María de la siguiente forma: con la cucharilla de café a modo de acolchamiento intermedio lo volcamos encima del Bailey's sin que lleguen a mezclarse. Después lo hacemos con el Cointreau, de la misma manera. Quedan los licores reposados a tres franjas. La de arriba, la del Cointreau le pegamos fuego con talento. Cuando se haya calentado unos segundos lo apagamos. Con la pajita introducida hasta el fondo del vaso lo absorbemos del tirón... Bueno venga..., ya está, toma para adentro sin respirar... y sin miedo.
- Vamos a ver cómo está esto. - Dice Miki.
Se introdujo la pajita en la boca y palpando con la mano encontró el vaso donde yo se lo había colocado. Lo absorbió tal como le había indicado.
- ¿!Qué¡, cómo esta?. Es poquita cantidad, con el dulce es que no te puedes pasar, ¿sabes?.
- Cojonudo, colega. Está bueno de verdad. Pero ponme el solysombra de marras y los experimentos... los dejamos ya.
- Toma hombre, si ya los tengo preparados. - Le replico.
Miki sacó tabaco y me ofreció. Se lo rehusé, era demasiado pronto para mi. El dormir de cualquier manera afecta al metabolismo de los pulmones y no es bueno castigarlos hasta pasado un buen rato.
Entonces me percaté de que él pretendía hacerse un porro. Estaba preparando todos los utensilios para tal menester.
- Oye -dice-, no te importa que me haga un canuto, ¿verdad?.
- No, ahora no. Ya te veo que vas lanzado.
- Aquí huele a hachís, a colillas de porros apagadas. ¿A qué sí?.
- Claro. Ayer hubo jarana a última hora y nos fumamos unos cuantos.
- Los ciegos tenemos el olfato muy desarrollado. Bueno la verdad.... todos los sentidos. Me he imaginado que no te importaría. ¿Si te toco el pelo te digo de que color lo tienes?.
- ¿Y si es teñido?.
- También me quedo con la copla.
- A ver, tantea. - Le digo acercándole la cabeza. Miki me lo palpa.
- !Eres moreno¡.
Acertó. "Cómo lo habrá hecho, el tío". Enseguida reaccioné. En España la inmensa mayoría somos morenos.
Miki me ofreció el porro. Le di una pequeña calada para calmar el cuerpo. Le expliqué que era demasiado pronto para mí. Para colmo tenía que preparar el pedido. Limpiar y preparar el bar también debería hacerlo, luego me marcharía a casa, "a dormir hasta la hora de comer"; hora indeterminada, pues comería cuando me levantara. Mi amigo Juan dice que nunca llega tarde a su casa a comer, que siempre llega cinco minutos antes de hacerlo. Es un cachondo.
La calada propició que me acordara de él. Le pegué un buen trago al chispazo que me había preparado. Le digo a Miki:
- Mira, tú tarda lo que quieras. Te pongo musiquilla de fondo y a tu aire. ¿Vale?. Si oyes ruidos no te mosquees. Soy yo que voy a estar currando por aquí.
- Muy bien. Muchas gracias. !Tú¡.
- Tato. Llámame Tato.
Puse la radio de fondo, a ver que sucedía por el mundo y a ver con qué música nos sorprendía. !Ah, la radio¡, que buena amiga, gran compañera para el hacendoso. Te permite desarrollar tareas domésticas, la mar de entretenido... Siempre habrá un programa de radio apropiado a nuestro gusto. En un bareto puede inclusive llegar a rellenar huecos de soslayo, sobre todo a primera hora, hasta el fatídico momento de esa llegada, siempre sorpresiva, de los primeros clientes. La radio, gran compañera amenizadora de cualquier viaje, un gran amor.
- ¿Te gusta la radio?, Miki.
Se oía un magazine, uno de esos poupurris sabrosones con música y noticias y todo tipo de humor salpicándolo.
- Sí, cantidad. En casa siempre está encendida la de mi habitación. Así me oriento dabuti. Con la radio puesta sé adónde está el Norte. Así andando despacito y palpando con las manos estiradas llego a mi cuarto de puta madre.
- ¿Y no te chocas?.
- ...Bueno... cantidad de veces. Pero no hay problema. Algunas esquinitas están acolchadas. Además distingo los claros de luces. Sé si una ventana está abierta o cerrada; si es de día o de noche, cosas así. Los sonidos ayudan mucho.
Proseguí con las tareas de recogida. Oía hablar a Miki de fondo, la copa le debió haber calentado el paladar.
- ....en la calle siempre hago el mismo recorrido. ¿Sabes?. Tengo que tener cuidado con no perder el Norte. Hay varios puntos de referencia que me ayudan a orientarme. Por las mañanas me acoplo en la estación de cercanías, allí largo la mayoría de los cupones. Después, me voy para una cafetería de esas de paso, ahí descargo ya el resto del material. Me tomo una copita, que siempre me invitan, claro. La gente se tira el rollo. Llevan el dinero justo y cogen el boleto que les doy al paso... - Guardó silencio para pegar un trago.
- ¿Eres ciego de nacimiento?. - Le pregunto a distancia.
- No. Parece que fue a causa de la Viruela, me atacó a la vista, pero yo no me acuerdo de haber visto nunca. Me apuntaron a una escuela especializada desde pequeño y no veas cómo me bandeo de bien....
- ¿Dónde vives?
- Aquí, en esta misma calle, con mi madre y mi hermana. Siempre tengo que pasar por aquí para ir a la estación. Luego tengo que ir a casa, después de dar una vuelta... Si me despisto pregunto por un par de sitios a cualquiera y controlo. ¿Oye me pones otra copa?.
- !No jodas hombre¡. A ver si por ser la primera vez que nos conocemos, vamos a dar la nota y me llenan el expediente de cruces.
- !Qué no pasa nada¡, Tato. Además de aquí voy para casa. Está a dos minutos de aquí, al final de la calle, en la misma acera. El único problema que tengo un poco serio es para cruzar las esquinas. Pero puedo oír a los coches de lejos. Me espero el tiempo que haga falta y ya está. Se está agusto..., de verdad.
- !Bueno¡. Vale. Te pongo un chispazo y ninguno más. ¿De acuerdo?.
- Claro, tronko. me voy a fumar otro porrito. Yo apenas si los cargo. Tengo una hermana muy enrollada. Ya vendremos por aquí... Cuando tengo que cambiar la ruta por lo que sea, ella me acompaña y me explica todo el recorrido de puta madre. Yo me voy quedando con la copla, cuento los pasos. Me presenta a la gente de las tiendas y los bares. Luego ya me muevo solo de puta madre.
Parece que le estaba sentando bien el hablar. Daba la impresión de que le hacía más saludable. Yo debía proseguir con mis tareas. Esta vez no quise fumar, el cuerpo lo tenía entumecido. Estaba tieso como la mojama.
Se oyó el camión de reparto de las cervezas; se acoplaba en un hueco de aparcamiento que había enfrente. Me asomé a la puerta. El repartidor debería entrar, con toda seguridad, a confirmar el pedido. Ahí me encontraría con él.
Miki se había levantado del asiento. Se disponía a marcharse. El hombre del reparto entraba por la puerta.
- !Buenos días¡. ¿Cuánto va a ser hoy?.
Me dice el repartidor. Un hombre bajito, fortachón y con bigote.
- Ahí lo tienes preparado en esa esquina. Te abro la puerta del todo y te lo curras. ¿Vale?, como siempre. - Le indico.
- Eso está hecho, ahora mismo.
- !Yo me tengo que ir ya¡, así no os molesto. !Bueno chaval, hasta otra y encantado¡ - Dice Miki, en plena disponibilidad para su avance.
Entonces, mi nuevo amigo, se abalanzó sobre el repartidor y le dio un abrazo, aprisionándole el pecho con los dos brazos. Al ejecutar la acción, con la punta del bastón, le dio un golpe en la frente mientras le decía casi al oído:
- !Qué guay¡, colega que enrollado eres. Ya vendré por aquí, a tomarme unas cervezas. Adiós.
Soltó al repartidor y giró sobre su cuerpo. Golpeó con el bastoncito a su alrededor, propinándome a mí un bastonazo en la espinilla. "Uy, perdón", dice. Encontró la puerta y se marchó despidiéndose con un buena dosis de sonrisa.
- Es la primera vez que me felicitan tan efusivamente por mi trabajo.
Me dice el repartidor con cara de alucinado. La misma cara que tenía yo. Me arrasqué la cabeza. Y nos liamos los dos con el tema de la cerveza. Pensé que sería mejor ayudarle y acabar cuanto antes.
A la media hora me marché a dormir a mi casa; la buhardilla, en un quinto piso; casi en el techo del edificio, con las escaleras de madera vieja y gorda. Retumbaban como la lúgubrez general en una casa de fantasmas. Carecía de portero automático. Una calenturienta guarida.

Entre el techo del edificio y las vigas de contención del mismo, existía una cámara de aire triangular. Unas palomas de las llamadas ciudadanas habían ocupado dicho sitio. Durante el día hacían ruido de todas clases. Yo siempre he mostrado simpatía por el movimiento "okupa", así que procuraba aguantarme.
"!Haced..., haced ruido..., os va a dar igual¡".
Solía gritarles a las hijaputas momentos antes de plegar el físico.
XVI
El viento me azotaba la cara con dos tiros de aire que entraban en paralelo a cada una de mis orejas. El casco, tipo visera, para la cabeza, iba permitiendo ese improvisado aire acondicionado. No deja de ser una colosal fuente de espabile.
Decidí dar un paseo en moto después de comer.
En el buzón del portal, el que nos inundan de folletos y todo tipo de papeles publicitarios, encontré una oferta muy guapa, una de esas grandes superficies comerciales pretendía dar una marca de whisky conocida, de 2x1. Hay que ver con que libertad depositan en el buzón los carteros publicitarios esa amalgama de papeleo brillante. A veces, hay que hacer esfuerzos sobrehumanos para sacarlos de la rendija. No es que me importe demasiado, y menos en relación con esas personas que se buscan la vida de esa manera, el destino me perdone, pero la verdad es que se accede con muy poco esfuerzo. Y todo para tirarlos directamente a la basura en la inmensa mayoría de las ocasiones.
Pude ver la oferta mediante un reojo circunstancial a uno de los anuncios más brillantes, los demás compañeros de viaje del mencionado volaron al contenedor de la basura reciclable. "Pobres bosques", le espeté al buzón en un arrebato ecologista.
Me encamino, entonces, en dirección a dicho centro comercial, uno de esos pertenecientes a una gran multinacional. El paseo, que pretendía dar, iba a ser, eso precisamente, un paseo sin destino concreto. Así que ahora tenía uno.
Tuve algún problema, gordo, con el encendido de la moto. Una 250 japonesa, chopperizada. Quizá, la mejor moto que se haya podido inventar para una gran ciudad y para una persona que la debe de utilizar a menudo, sin llegar a acumularle una ingente cantidad de kilómetros, que para eso ya hay otras marcas, también japonesas si se prefiere. Aunque las de esta cilindrada demuestran el buen agrado que le hacen a los motoristas, en especial a muchos mensajeros, motos fáciles de mantener y sin complicaciones, y muy agradecidas de consumo. Por no mencionar el hecho de lo fácil que resulta aparcar en cualquier lado. "Es como llevar el caballo, lo aparcas en la puerta". Las motos con aires de libertad, "!qué bien¡", le comenté al arrancar. Bestial antidepresivo.
Una vez en marcha no recordaba para nada el problemilla con la batería. Eso es muy normal; mientras se mueva, adelante. La gasolinera estaba situada a unos tres kilómetros de distancia. Tiempo más que suficiente para una esporádica carga eléctrica, creí. Los dos cañitos simpáticos de aire seguían refrigerándome las orejas. En la mente ese rato de ocio que sería la comprobación de dicha oferta; y si fuera tal, habría que aplicársela. "Igual hasta tengo suerte y pillo alguna camisetita serigrafiada de regalo; de esas, ...del ala".
Vino una pequeña subida pronunciada al salir de una curva a la derecha. Tuve que tumbar la moto unos grados. Ésta no dudó en pegar un par de tirones y otro ruido más particular, un exabrupto mecánico tipo pedo. No dudé en ningún momento que la falta de gasolina fue la culpable de tal anomalía. El carburador, delicado cuán elemento necesitado de alimento, quiso llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo. "Hay que joderse". Y aflojé la marcha.
La diosa fortuna me tuvo en compasión. Avisté la gasolinera, situada al final de una larga recta de unos dos kilómetros. "Esto me pasa por apurar demasiado", es la reflexión típica de arrepentimiento, que nos puede valer para autoimponernos una penitencia en el acto, si no nos quedamos tirados en mitad de la calzada. Todo ello para volverse a repetir en cualquier otro momento que volveremos a apurar el depósito del caldo. "Vamos hombre, otro tirón y ya está".
Llegué, por fín. "Madre mía, que alegría". Llénelo, por favor. Le dije al gasolinero; "a tope, buen hombre". Fui al lavabo.
Seguía pensando en la exquisita oferta de whisky. Era escocés, por lo visto. No es que eso fuera un tema primordial. Puede ser escocés y ser muy mediocre. O ser español, por ejemplo, y estar magnífico. Era el último día, creía recordar, de dicha oferta. Ya me apañaría para traerme una buena cargada en la moto; a ella no le importaría. Yo había trajinado un tiempo en una mensajería, una de esas épocas pasajeras que la mayoría de motoristas desarrollan, y sabía como hacerlo.
El gasolinero terminó su faena de llenado. Le pagué y me dispuse a arrancar y a partir, raudo.
"Qué ignorante". La moto, la japonesa, no quiso obedecerme. La probable causa de rebelión: la jodida batería, de los cojones. Hice varios intentos, nulos todos. "Mecago en todos los constructores juntos".
Tuve que dejar la moto allí amarrada y volver andando.

Que voluble es la opinión humana, medité esa noche antes de explorar el mundo surrealista de los sueños circunstanciales con el acojone que supone dejar un vehículo ligero en lugar extraño y con cierta certeza de que al final los problemas materiales que nos rodean son los que menos nos impiden dormir.
XVII
Las risas los acompañaban en su deambular.
Cruzaron la puerta de entrada alrededor de la medianoche. Lo primero que exclamó ella fue lo siguiente: "!Qué bonito¡, cuánta madera". Él asintió con la mirada fija puesta en la barra, más concretamente, en el grifo de la cerveza.
Su llegada fue providencial para endulzar el color del bar. Los tonos acaramelados con los que ella lucía su cuerpo así lo facilitaban. Un vestido, a medio camino, entre el traje de una bailaora de sevillanas y la indumentaria de una hippy de los setenta, la cubría. Él era más comedido en su vestimenta, vestía ropa vaquera y daba la sensación de utilizar la misma para alternar y para trabajar. Lucía barba de varios días.
Sonaba una mezcla de canciones fusión flamenco, jazz y blues. Ketama y Pata Negra, como protagonistas. Justo la canción de los segundos: todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda. Lema al que algunas personas le profesamos una aseveración adicta. Y otras personas, cuanto menos, deben darle la razón en multitud de ocasiones, en especial aquellos elementos amantes de la tomada nocturna y alevosa.
Esta pareja dejaba entrever que eran muy partidarios de tal situación. Se acoplaron en una esquina de la barra. Hubieran podido disponer de toda, en el local no había nadie, excepto otra parejita de menor edad que los recién llegados y aquel tipo perenne que pone las copas y la música.
- Pon dos tercios y dos chupitos de Jack Daniel's.
Chilla él, sin apartar la vista del grifo.
Tendrían aproximadamente unos treinticinco años (por irme a la mitad de una decena). Aunque, al igual que la mayoría de los que pasan de esa edad, ellos la tenían sin concretar. Se aposentaron en la barra.
Ella no podría engañar a nadie en cuanto a su forma de ser. Dos bolsas infladas le hacían las veces de soportes a los ojos, verdes oscuros y penetrantes; indudablemente era trasnochadora. Y no parecía importarle lo más mínimo. Un halo de impudicia temeraria la rodeaba por todo su espíritu, como si viviera instalada en el desasosiego.
- !Ale, alegría¡. Vamos a bailar Antón. - Le dice a su acompañante.
- Ya estamos, es que no puedes estar tranquila un poco. - Contesta él.
- !Ay¡, !qué soso¡. - Ella le arrea una pequeña colleja en el cuello.
Él sacó el paquete de tabaco de su cazadora, junto con un juego de llaves, y le ofreció un cigarro a la muchacha, que no tardó en agarrar ávidamente.
- Hombre, mira que detalle con lo tacaño que eres. je, je, je,.. !Venga vamos a fumar¡... y a bailar.
Ambos dejaron escapar unas risillas semirónicas.
Se empinaron los dos chupitos de whisky de un cantazo y después hicieron lo propio con un buen trago de cerveza, dos jarras bien fresquitas con el justo punto de detención para que asiente bien. Si se pasa de reposo se calienta unos grados y ya no está tan potente, aunque mantenga el gas carbónico más de la cuenta. Aquí en Latinolandia bebemos la cerveza muy fresquita, si se puede.
- ¿Dónde vas ahora?, !Charo¡. - Grita él.
- !Adónde me de la gana¡... a mear, !no te jode el tío¡.
Replica Charo, entretanto que se encamina a las escaleras.
- Vale Charito, pero no te equivoques tampoco. Es que hay que tener un cuidado que no veas -él mira hacia la barra-. En cualquier momento te la hace, esta chica. Ha estado muy enviciada, ¿sabes?. Y es en estos días cuando tienen más peligro. Nos conocemos de hace años, pero hace dos semanas fue cuando nos enrollamos. Es una tía maja, je, je, pero es que le dan unos tirones que no veas.
El tal Antón se calló. Antes hizo un quiebro con la cabeza. La ladeó de un lado a otro con los labios arrugados. Daba la impresión de hacer siempre lo mismo, poner en antecedentes a la gente sobre algún delicado tema personal.
Estaba claro lo que parecía pretender. Una excusa por adelantado para demostrar lo acelerada que estaba su adlátere. Muy comprensible por su parte; para la gente poco observadora o advenedizos del tema drogadicto bien que les pudiera servir de aviso. Aunque a veces, más que de aviso se truncará la idea por el camino de la alerta, cambiando entonces, dichas ignorantes personas, su proceder con respecto al individuo en concreto. Y esta persona, avispada como pocas, se percatará en el acto del cambio de trato, Y con una gran probabilidad se acogerá a su condición de marginal, para intentar desarrollarla cuanto antes. Pero como en todas las situaciones, o vivencias, hay que asumir todos los riesgos: "¿quién dijo miedo?", y quién sabe cómo acertar siempre. !Eh¡.
Antón bajó a los cinco minutos a los servicios. Antes ingirió otro chupito de whisky. Situados aquellos en la planta sotano, junto a la puerta del almacén, si que podrían ser un extraordinario sitio para esconderse más tiempo de la cuenta.
- !Charo¡. - Dijo él a grito pelado.
- ¿!Qué¡?, jóder.. - Contesta ella, medio indignada.
- Vamos que se te enfría la cerveza, mujer.
- Qué pesado eres, !eh¡. Es que no veas, no voy a poder ni mear en paz.
- Si es que estabas tardando mucho.
- !Y qué, ...coño¡. Estaba mirando los espejos, son muy originales. Míralos, parecen cantidad de antiguos.
La verdad es que sí que lo eran. Se habían envejecido artificialmente con nogalina, con un algodón y ese producto mezclado con agua. Habían adquirido un aspecto tétrico muy apreciable por la mayoría del público, sobre todo por aquél que utiliza los ojos para algo más que mirar la televisión durante horas.
- Voy a mear ahora yo. Espérame arriba, ...!anda ..mosqueona¡. - Dice él.
- Vale, hombre. Ya voy, pesado. !Más que pesado¡.
Charo subió las escaleras a culo perdido.
- !Ponme otro chupito, corre¡;.. !pizpireto¡. - Dice nada más llegar a la barra. Y se lo bebe de un trago. Y continua, con muchas prisas, hablando:
- Toma escóndelo por ahí. No veas que rollo, tú..., todos los tíos son iguales, unos mamones. Mejorando lo presente, !eh¡. Van a ver lo que nos sacan a las pibas. Yo desde que me divorcié y me quedé con el piso ligo cantidad con ellos. Ahora que yo me quedo con la copla. Pero prefiero tener compañía a estar sola. Además, hay ratos en los que los tíos molan que te pasas.
Llega Antón, se fija en ella y lo que la rodea, igual que un niño caprichoso.
- Ya estás hablando chorradas, tía. Qué le importa al camarero tu vida.
- Pues eso lo estoy aprendiendo de ti. !tío¡.
- !Oye¡, ponnos otros dos chupitos, que hoy va a arder Troya. - Ordena él.
Ella seguía haciendo intentos por bailar.
Al tal Antón parecía molestarle el hecho, estaba más agusto plantado en la barra como un adorno. Tenía el mismo aspecto que la estatua tipo tótem de viga gorda y vieja de madera que me había colocado un artista decorador del underground madrileño, un fulano extraño y estrambótico que no hablaba casi nunca, el Silente, muy ingenioso a la hora de utilizar materiales reciclables; bueno, de verdad. Si se le hubiera dado una mano de nogalina al tal Antón, mismamente podría parecer otra escultura de madera añeja, de la misma familia.
- ¿Por qué no bailas, jodío?. Ya me estoy cansando de hacerlo yo sola.
- !Oye¡, ponnos otros dos chupitos y otras dos cervezas.
Dice él, sin prestarle la más mínima atención a la festivalera mujer.
Comenzaban a fumar de una manera endiablada. Cuchicheos, a los oídos, acompañaban sus risas sórdidas y bravidas. Entonces, él le morrea la boca y recibe un duro bocado por parte de ella.
- Pero qué haces, ..¿estás loca o qué?.
- Pero si es un cariñito corazón. O es que no te enterassssfff...
- Estás borracha, y zumbada. - Culmina Antón.
Charo se encaminó al centro del bareto.
Entre el billar y la barra, había el espacio suficiente para ejecutar cualquier tipo de baile. Charo los bailaba todos a la vez. La canción de Ketama: primo vente pá Madrí, le pareció tocar en algún hilo profundo de su espíritu. Es una rumba agitanada, y para ella parecía ser un cocktail de ritmos. Bailaba dando vueltas y más vueltas, de pronto, paraba y hacía unos pases flamencos, y vuelta a arrancar y a girar. Ahora, daba las palmas sin el menor compás. "No importa, lo bonito es darlas". En las reuniones siempre puede haber alguien que marque el compás, los demás a golpear y divertirse, y si no punto.
Ella se lo estaba cocinando todo solita, y no sentía timidez alguna.
- Ponme un chupito, colega. Date prisa, !anda¡. El caso es que hay que tener alegría en la vida. !Mírala¡. Llevábamos sin vernos mogollón de tiempo. La otra noche coincidimos en un garito y !ala¡, venga bailar, beber y fumar por todos lados. Nos fuimos para su keli y todavía no me he despegado de ella.
Él se bebió el chupito y bajó al servicio.
Ella se acercó a la barra rápidamente.
- Dame un chupito, !pizpireto¡. ¿Luego lo cobrarás todo junto, !no¡?. El pibe este que soso es. ¿Quieres bailar, tú?. ja, ja, ja... No veas si llevaba tiempo sin tomarla como diosmanda. Es que no tenía un duro, ¿sabes?. Las personas tienen que desahogarse. Es preferible emborracharse y pasar de todo. No encuentro trabajo, nada más que me salen curros de fregona y muy mal pagados. Estuve hace poco en uno que el encargado le metía mano a las limpiadoras, !el cabronazo¡. Lo intentó conmigo y lo mandé a la mierda. Después, a los dos días, me echaron... !Oye¡, mola que te pasas las canciones estas que están sonando.
Antón accedió en ese momento, de nuevo, al taburete.
- !Jóder tía¡, mira que eres paliza. - Le dice a Charo, haciendo a la vez un gesto con su mano derecha en claro critíqueo a lo charlatana que era la muchacha; con el dedo índice golpeándose la punta de la lengua.
- Mira tío, estoy harta de lo soso que eres. - Le contesta ella devolviéndole el gesto de una forma simétrica -. Y ponnos otros dos chupitos, !venga¡.
Comenta ella enseguida, dirigiéndose a la barra.
- No pidas tanto que luego hay que pagarlos. - Le recrimina él.
- Para eso estás tú.
- Pues cálmate un poquito que no veas que saque tienes. !bonita¡.
- Demasiado barata te salgo. Si no vete a casa de tus padres..., allí a aguantar lo que te echen.
- !Claro¡... para que luego hables tonterias y me la montes en la puerta.
- Eres un mamonazo y un pesetero.
- !Mira¡, ponnos otros dos chupitos a ver si explota.
- Sí, sí, ahora aquí mucho y luego cuando lleguemos a casa a callarte... si es que os gusta mucho una cosa que yo me sé... - Replica ella, con mirada lasciva.
Charo volvió a la improvisada pista de baile que había creado.
La parejita de la esquina, que estaban siendo testigos directos de tan peculiar discusión, se termino sus refrescos del tirón, mediante un pronunciado trago, y se fueron.
Cuando terminaron de salir por la puerta, Charo grita hacia la barra:
- !Dale caña a la música, chaval¡.
Luego dio un giro demasiado pronunciado y cayó al suelo. Se golpeó contra la esquina del billar. Se levantó y soltó una carcajada, que para sí la quisiera Cruela de Vil. Antón le dijo:
- Siéntante aquí tronka y no te muevas más.
- Hago lo que me da la gana, !pizpireto¡. Si yo me siento tu bailasssffff...
- Vete a la mierda... !Oye¡, pon otras dos cervezas..., a ver si se refresca.
Charo, al ver los tercios, se aproxima a la barra y le propina un esplendoroso trago a uno de ellos que lo deja tiritando.
En ese instante se sentaron los dos, muy cerca uno de otro. Ella se apoyó en la barra con su codo izquierdo, él con el derecho. Entablaron una conversación en voz baja; casi al oído. Los continuos movimientos con sus manos declaraban que la plática era algo más profunda que unos simples comentarios banales. Quizás el baile había cansado a ella y él la incordiaba. O quizás la charla fuera de servilismo para un pronto apaciguamiento de su situación. Fuera como fuere, los dos se apoyaron frente con frente, y así durante largos minutos.
Desde una distancia de varios metros, unos ocho, se dejaba entrever otro cuadro del Silente, colgado en la pared por encima de sus cabezas. un bodegón realizado con trozos de cerámica y baldosas desechables. Transmitía consciencia de paz. Con un poco de suerte a ellos les llegaría su aureola.
Pasaron otros cuantos minutos en la misma posición.
Ella se quitó de encima, de un golpe suave, la cabeza de Antón. Él le propinó un golpe de refilón en la cocorota, a la tal Charo, con la palma de su mano, y se alejó de nuevo, directo al servicio. No triunfó el bodegón, por lo visto.
- Ponme un chupitogfff. tronko, corre, y una cerveza y tómate tú algo si quieres... Están amargados, algunos tíos. !Qué mal rollo tienen¡. No saben divertirse, nada más que les gusta irse a la cama en cuanto antes. Pues una mierda para todos, con perdón, !eh¡. Una se cansa de todo. Está bien complacer, y el sexo es muy bueno, ¿no?. Pero si se hartan, se cansan y se van y te tienes que buscar otro y no se sabe lo qué va a pasar. Uno me prometió una vez que me iba a comprar un dormitorio nuevo y yo me lo creí. Estuvimos sin salir del dormitorio viejo cuatro días seguidos. Se comió el tiparraco todo lo que había en la nevera. Hasta llamaba por teléfono cuando parábamos. Luego se fue y me quedé otra vez sola.!Qué mierda¡. Me había dado el teléfono y la dirección falsas... fue un mamonazo.
Ella paró de hablar y se bebió el chupito de golpe.
Debió rascarle cantidad, aunque cuando la dosis ingerida sobrepasa un límite, el gañote parece trastocarse en roble viejo. Se nota, sobre todo, al día siguiente donde la traquea es, asímismo, roca pura.
Antón apareció en escena en ese momento. Ella dio un respingo y con un movimiento rápido, bastante grácil para el follón que se le estaba levantando en el cerebro, volvió a la pista de baile.
- !Oye¡. Ponme un chupito y otra cerveza. Cojones, estoy más que harto. Hay que emborracharse para aguantarla. Llevamos cuatro días excasos juntos y parece que fuera toda la vida. !Jóder¡. No sé qué les pasa a las pibas a partir de los treinta, por lo menos a las que he ido conociendo colega. Las que tienen pocos recursos... sí, las que no tienen un pavo. O las que les da miedo estar solas; o... las dos cosas, y entonces vas apañado. Las broncas que tenían con su anterior novio las hereda el siguiente. Eso y las nuevas que siempre surgen, pues mira...
Se bebió el chupito de un trago, y media cerveza de otro. Continuó parlachinando.
- ...y yo creo que el problema es que no están enamoradas del nuevo. Si no se olvidarían. Pero el rencor que han acumulado no lo han desfogado y por algún lado tienen que reventar. Cómo el chiste, ¿lo sabes?..., el que tienen la regla porque por ahí revientan. La verdad es que se hacen de querer y de odiar a la vez, te vuelven loco.... luego te ponen el potorro y vas como un kamikaze a buscarlo. Ellas lo saben, no nos engañemos. Les cuesta poco ponerlo, claro, a ellas también les gusta follar, nos ha jodido. Dame otro chupito y cóbrate. Ésta me lleva echando en cara todo el día un montón de historias que no sé ni por dónde me vienen. Me acabo de enterar que tiene un hijo. Me lo ha dicho porque está borracha. Y no lo tiene en custodia, se lo ha llevado el exmarido... con lo raro que es eso, ¿verdad?. Si casi siempre los críos se los quedan ellas. Menuda joya de piba, me está volviendo loco...
Charo se acercó. Había visto el chupito y quería otro.
- !Qué no¡. Ya no bebes más.
- Y tú sí, cabrón. Pues esta noche te vas de la casa, que eso es mucha categoría para ti. Que eres un mierda y un soplapollas.
Dos rayos luminosos parecieron encendérsele en los ojos al tal Antón. La mirada se le petrificó. Se levantó del taburete. Estaba despeinado. Agarró el manojo de llaves que antes había dejado encima de la barra. Lo hizo con la mano derecha, la levantó, a la vez que sujetaba el manojo. Dejó caer la mano con una brizna de velocidad incorporada a la propia de gravedad. Golpeó en la cabeza a Charo. Ésta se cayó, hacía atrás; de espaldas, al suelo.
Las llaves quedaron desparramadas alrededor de ella.
- !HIJADEPUTA¡. - Grita Antón golpeándola a puntapiés.
Tuve que salir de la barra y sujetarlo. Intentó volver a darle. Le dije que se fuera a tomar porculo de allí. Que iba a llamar a la policía y que si no la íbamos a tener él y yo. Debido a la borrachera que llevaba, sospechó que tendría todas las de perder y se fue. Debía estar deseándolo y encontró una buena excusa. Charo se levantó y me abrazó.
- Gracias, gracias... - Me dice.
Comenzó a besarme el cuello y a decirme al oído que me fuera con ella a su casa, luego después de cerrar. La aguanté unos minutos largos. Esquivé su ataque de cariño como pude. Cuando hubo pasado un tiempo prudencial le dije:
- !Mira¡. Ya te está yendo a tu casa... o a tomar el fresco, o adónde quieras. Largo de aquí, pero ahora mismo. !Vaya una necesidad que tenía yo de esto¡.

Durante un buen rato, más adelante, pasé algo parecido a lo que llamamos miedo, mientras pensaba en la suerte de improperios que esa mujer, semiecolálica, me había regalado desde la misma puerta, antes de marcharse definitivamente.
Quizá si llego yo a bailar con ella todo hubiera cambiado.
En fin.
XVIII
...Las cinco, A. M. La niebla captaba toda mi atención: "está, ahí afuera... Y llevo alrededor de dos horas sin moverme del jodido taburete... Ufff... Estoy muy borracho. Hay qué ver para creer, lo que hace el whisky, es turbador, enhebrante. Los cubatas me hacen una copiosa compañía y mi interés se amilana. Todo se derrumba, pero tengo que seguir. Y es que de fondo, sólo hay ruidos y más ruidos..., !es la noche¡. Puedo oírla... Afuera la impertinente neblina quiere dictarme; ...¿!qué coño quiere dictarme¡?; ...¿!qué¡..., capullo..., va a dictarme esta esquina de la naturaleza?... !Va¡. Son las cinco y cinco. Amigo, debes cerrar el bar. Debes acostarte. Debes asentir. Debes y bebes. ¿Qué es esto?. !Anda¡, una servilleta con extraños símbolos..., parece mi letra. Bueno no importa, sólo lo voy a leer yo. Después todo seguirá..."
Acabo de cerrar caja. Veo dinero; !guay¡. Cerraré el bar.
Qué sencillo puede resultar todo. Qué maravilla; beber y beber hasta el confín de la marea. Dichoso sueño que no se marcha ni durmiendo.
Ahora me reclino a expensas de los momentos buenos que algunas veces he realizado. Estoy sólo y más que sólo. Me acompaña un enemigo interno que está loco por salir del cautiverio al que lo tengo sentenciado. No importa; todo es fugaz. Veo la neblina. ¿!Qué cojones pasa¡?. El cierre, es ciego. Yo también. El suelo está hecho una pena. Bueno me pondré otro cubatita y !adespués¡ terminaré de condenar la servilleta con algún pensamiento dipsomaniaco...
(.................
Señora,
observadora impasible
de aquello otro.
Señora,
lucidez imposible
para un roto.
Señora
de ti y de vicio
nos inundamos.
Y !señora¡,
con tus auspicios,
cuánto amamos.
Pero...
...!cuánto derroche¡;
!mi señora¡,
la noche.
...................)
"Debo arremeter contra el cierre. Lo hago. Estoy afuera. Allí adonde surgen las historias. Luna llena. Ufff...". Y noto cierta inquietud en mi interior. Es como si una garra me hubiera prendido del centro del pecho y hubiera abierto un boquete en él, hacia el exterior, por donde se escaparía, !no¡, el aire no, son los recuerdos y los buenos momentos, y los dulces comidos durante el trayecto al instituto, cuando el pecho de un adolescente, hermanado con la mente, no dejaba escapar el más mínimo brote de felicidad sin vampirizarla. Pues bien, ya no hay más remedio que evitar el regomello que siento, así que lo aplaco tragando.
Debo andar. Y ahora me encuentro a cincuenta metros del bareto. He conseguido salir. !Hostias; cuánta niebla¡". Me toca ir andando. "Hay que joderse". Aunque el caminar me anima, parece que la ansiedad teme esas cosas. No veo absolutamente nada. Enciendo un truja y me acuerdo de la moto. Está jodida... !AAARRRRGGGGG¡. "Mañana mismo me compro otra", digo después de gritar.
Creo saber dónde estoy; sin seguridad. Huelo a nocturnidad. Ese olor lozano, húmedo, tangible, novedoso, como si fuera la primera vez que lo huelo. Siempre he tenido esa sensación. Me avalan veinticuatro horas por delante. He perdido el respeto al reloj. No sé si es contraproducente. Tampoco recuerdo claramente mi intención hacia el futuro. Y siempre aquel olor fresco y lanzado.
Y The Waterboys en el hueco impertinente entre el hueso y el cerebro.
Quisiera poder ver más allá de unos quince metros. No me deja la niebla. "Dichoso sueño".
Decido encaminarme hacia adelante. Hacia el puente. Él no se moverá. Arriba canta el frío. Debo concentrarme en llegar a mi sitio. Resulta ser un quinto piso, ya no me acordaba. Más frío. Las botas; duras y negras, cómo todo el dios que las hizo; saben más de guaridas que yo. Tengo una brújula muy especial. No funciona bien, pero me fío de ella. Me reclino ante la almohada, o es el regazo de aquella chica que me dijo te quiero cuando la colé en el cine. Bien, ahora lo que necesito es yacer a tope. Hasta que un dios bueno se apiade de mí y me recuerde mis obligaciones diarias..., "mañana será otro día..." ...Ufff...

Debí llegar bastante tocado a la buhardilla. No lo pregunto, lo afirmo. El despertar vino propiciado por unos oportunos rayos del Sol. "!Qué bonito el astro rey haciendo de las suyas¡". Estaba tumbado en el pequeño sofá que presidía la salita. Tenía la ropa puesta y unas marcas, muy pronunciadas, en el centro de la frente. Tuve que haberme quedado frito en una extraña disposición. La marca de los nudillos me hacían las veces de tatuaje. Dos señales rojizas y pronunciadas; azuladas por el borde. El peso de la cabeza me había aplastado la mano. Ésta debió quedárseme dormida bastante rato antes. Gruñí unos bufidos grotescos y cambié de posición. Al retornar la circulación a los dedos, éstos, se enzarzaron en un combate atroz. "!Madre mía¡, qué hormigueo". Me dio tiempo a contemplar los restos de comida que había depositados encima de la mesita de cristal antes de cerrar los ojos nuevamente, y pensar que no tuve que ser muy humano horas antes: un cacho de pan roído que dejaba entrever la untada de foei-gras; o quizá sí que lo fui. Debí untar y roer. !Sí, sí¡; ya me acordaba. El pan parecía un yunque de plateros, o tas. Decidí dormir otro par de horas seguidas. Me deshice de la chupa, para abrigarme con ella. Me tapé el pecho y la cabeza, la mano se me relajó entonces, y pude dormitar otro rato.
Desperté alrededor de las tres de la tarde. "!Qué mal cuerpo tengo¡". Trataba de ordenar las ideas, confusas y pululantes en los entresijos de la mollera, atontada y mareada ésta, señoras y señores, al igual que un pato en una feria de barraca. No recordaba nada de la noche anterior, a partir de cierta hora, cuanto menos nada ordenado y sensato. Los vapores de alcohol que tenía depositados en el estómago no dejaban de atosigarme, todavía, a esas horas. !Cuántos cubatas debí beberme¡. Una botella larga de Cutty Sark y ocho o diez cervezas estaban peleándose con los ácidos gástricos de mi cuerpo. Me vino una arcada voluptuosa. "Bien", debería levantarme de todas formas; así que aprovecharía para echar la papilla, y luego ver que tal reaccionaba mi organismo.
Recordaba ciertos consejos que había escuchado en un programa de divulgación científica en la tele. El presentador dio una admonición, muy específica, para el control de una buena rexaca. Yo de momento, me pondría músiquita tranquila con alguna mezcla de baladas, que siempre le he sentido apego. Una mujer con una cálida voz, Enya, comenzó el repertorio. Los consejos que dio el fulano por la tele venían a decir, poco más o menos, lo siguiente:
El día siguiente de haber ingerido más alcohol de la cuenta el cuerpo no lo ha terminado de asimilar. El proceso hace que aquél ,el cuerpo de cada uno, gaste muchas calorías, llevando la temperatura hacia algún grado por debajo de la media. Aconsejaba echarle líquido caliente al estómago y comer dulces, después, tumbarse para así facilitarle la tarea al organismo. Éste, el organismo de cada quisqui, estaría recuperado en unas cuarentiocho horas al ciento por ciento.
No estaba mal el consejo. Se le olvidó decir que el dolor de cabeza con esos remedios no desaparece, a no ser que tomemos medicamentos y éstos pueden caer fatal al estómago. Además, ese remedio puede valer en ocasiones en las que puedas continuar tumbado unas cuantas horas por delante. Mi caso no era ése en absoluto. Decidí agarrarme a la terapia degenerada, a la par que eficaz. Me lavé la cara. Hice unas gárgaras con un poco de agua. El tufo de mi aliento era el del Alien IX. Me apreté una cerveza fresca, y de no muy altos grados, del tirón. Más tarde, a la ducha y hasta luego amigo Lucas que ya nos veremos.
El remedio es contraproducente para la salud, sin duda, pero es efectivo como la flecha de un apache. La borrachera de la noche anterior aparece muy difuminada, haciéndote olvidar cualquier tipo de malestar físico. Me pareció que, incluso a los cinco minutos de bebérmela, el hambre hizo acto de presencia. Sospeché que aquel científico televisivo sabría de sobra este remedio. Probablemente le habrían prohibido su propagación.
Al ratillo me encontraba en la calle con una muy seria duda acerca de adónde dirigir los pasos para papear. Vi un bar.
Allí encontré a unos pocos conocidos, algunos de ellos, gente de la nocturnidad, también de rexaca. Pensé alternar un rato con ellos hasta la apertura del bareto, a ver si el hambre se decantaba del todo y podría echarme algo para la barriga, aunque fuera frío. Decidí invitar a los muchachos a una ronda, de entrada. Me pareció buen momento para captar clientela.
- !Qué chachi, colega¡.
Me exclama uno que parecía conocerme. Me lanzó la mano. Tenía el pelo a lo cresta y muy pintarrajeado, con algunos de los colorines, creí, que él ignoraba.
- No sé quién eres, pero da lo mismo. - Le contesté extrañado.
- Pero si estuvimos hablando anoche en tu bareto contigo un rato. Es que no veas que marcha llevabas. - Esta vez habló con tono picaresco.
- Ya lo sé, hombre. Es una bromita. je, je, ejem...
Le obsequié con un pequeño puñetazo en el hombro.
La cabeza me daba alguna que otra punzada y ante la invisibilidad de mi memoria, amparado en una breve charla con el camarero sobre tabaco, decidí largarme de allí. "Hasta luego, chavalotes". Pero, en el grupo hablaba en ese momento una muchacha punkarrilla. Me lo pensé unos instantes antes de irme. Ella tendría unos veintipocos años, pizca más o pizca menos. Iba vestida entera de negro. Le colgaban dos mechones rojos por cada lado de la cabellera, negra azabache. Vi la oportunidad de poder hablar con ella, ...y, quizá, en otro momento... Mi interés en la exploración del sexo femenino así me lo indicaba. Quería probar con mujeres de todos los estilos. Mas, todas coinciden en los sentimientos primarios de cara a los tíos; comprensión, ternura e inteligencia son puntos comunes y muy valorables para todas ellas. Hallé la manera de mirarla a los ojos. Me despertó la libido, la chiquita.
- !Oye¡. Quizás todos conozcáis este sitio, pero no obstante os doy una tarjeta del bareto, O.K., ya que me he gastado la viruta en ellas. Os valen para hacer boquillas, también.
- !Dabuti, tronchhh¡. Ya nos pasaremos por allí. - Habló alguien.
- Eso es lo que tenéis que hacer. Si vais a primera hora tendré una atención con vosotros. Luego, ya, no puedo. Está la cosa muy mal.
Ella me miró a los ojos. Creo que notó mi doble intención. Por si acaso, agudicé la mirada hacia ella y me despedí con un gesto de la mano.
Aflojar una tarjeta de publicidad del bar me resultaba ser un gesto extremadamente reconfortante. Al principio de tenerlas en mi poder y coincidiendo con los primeros albores, en cuanto a publicidad se refiere, las entregaba sin discreción alguna. La ubicación del bar no era precisamente la de un lugar de paso. "Hay que empujar a la gente", me auntoconsolaba.
La cerveza emprendió la escalada en dirección a esas posiciones subconscientales que tanto le gustan. Me comenzaba a hacer efecto. Me pareció buena idea frenar tal impulso a base de la fumada de una cañita de hachís. Y caí en la cuenta de que carecía de ella.
"No importa pillaré un talego", le dije a una cabina telefónica.
El antro donde solía ejercer tales menesteres estaba situado en un lugar recóndito, por la zona vieja de la ciudad, un paseo de media hora aproximadamente. Se me ocurrió ir andando. La moto la tenía averiada y coger el coche no me apetecía y, para colmo, parecía complicado aparcar.
"Bueno, haré alguna parada para apretarme una cerveza", dije no sé a qué.
Me bebí cuatro cervezas más. Avisté el bar del camelleo, una tasca de las vetustas, un pequeño antro que vivía a mitad de camino de la pobreza. Lo regía un matrimonio portugués. La clientela en su inmensa mayoría procedía de la emigración; magrebíes, portugueses, y de los recién liberados países excomunistas del Este europeo. Brindaba una exquisita cerveza con un buen pincho de tortilla a todos sus clientes, y como música (que no deja de ser un aperitivo permanente) trataba el tema étnico. Era un lugar "especial", pero para nada peligroso en su interior. De radicar algún peligro, éste, estribaba en la pequeña distancia que lo alejaba de una calle de las principales. Algún yonki -sea de la raza que sea, rápido se agarran a esa patria común que es la "patria del mono" frontera con el "país de la muerte"- pudiera tener la tentación de atacar en algún momento propicio. Difícil tarea para cualquiera, ya que la madera pululaba constantemente por la zona. A mí empezaba todo a parecerme bien. Es más, el bocadillo de tortilla me atraía casi en igual medida que el porrillo que me iba a fumar. Entré y me pedí un tercio de Mahou. Pagué. "El Musta" no se encontraba en ese momento. Después de endiñarle un opíparo trago a mi cerveza me dirigí a la puerta. Con probabilidad "el Musta" estaría en alguna esquina haciendo algún trapicheo, dentro del bar no le permitían ningún movimiento raro, aunque haberlos los había cuando se trataba de cantidades voluminosas. A estos lugares la policía les va dando largas. Sacan su provecho de ellos. Mientras no haya delitos de sangre y no sea muy nocturno, no lo cierran. Todos los habitantes de una ciudad deben tener su refugio. El problema de los emigrantes se soluciona en buena medida, así. Ahí están casi todos ellos localizables, la mayor parte del tiempo.
"Ahí está el moraco", me dije al contemplarlo. Su situación era de una pose disimulada. El cuerpo escanciado y al reposo en una ventanilla de un coche. Él parecía estar fumándose un "yoe". Me acerqué saludándolo con un gesto familiar, y universal, de cabeza.
- !Hola Musta¡. Dame un taleguillo, anda. - Él me conocía de vista.
- !Hola paysa¡. Un talego no. Mil duros tienen que ser, paysa. - Me dice.
- ¿Qué pasa?. -Le dije abriéndome de manos-, que es pa fumarme un porrillo nada más, hombre. Ya sabes que en otras ocasiones te hago un buen pille, pero hoy me sobra casi todo.
- Mil duros, paysa. !Está tó muy mal¡. - Me replica el Musta.
- Qué me dejas el bolsillo pelao. !Anda dale un bocado a la china por mil pesetas, jóder¡.
- Mil duros, paysa. !Está tó muy mal¡.
Él seguía dándole caladas al magnífico porro que prendía de los dedos. Pareció darse cuenta de mis ganas de fumar. Le pegó una calada profunda y echó el humo al cielo como para formar un exquisita nube grisácea. Tuve que decidirme por su versión de los hechos.
- !Dame los mil duros¡. Te vas a hacer de oro, !canalla¡. - Le lanzo la misiva.
- Muy bien, paysa. Muy bien. !Está tó muy mal¡. - Me contesta satisfecho.
Tenía una bolsa repleta de posturas de 15 gramos. Sacó el paquete y eligió una. Me dió la sensación que rebuscaba alguna en especial.
- Paysa. Coge una gorda.
- Muy bueno todas, muy bueno, paysa.
Mientras me contestaba me dio la piedra. La desenvolví para olerla profusamente.
- Paysa. Dame un porro suelto para fumármelo ahora mismo. Así no empiezo esto ahora. ¿Vale?. Tírate el folio una migaja. - Le digo, a sabiendas que esa última frase no la iba a entender.
Me guardé la piedra en el bolsillo de la cazadora. Saqué la cartera donde tenía el billete de cinco mil pesetas requerido por el exigente moro.
- No hay porro. Págame. - Me dice crucificándome la pupila.
Arrugué el billete en mi mano derecha y le ofrecí en sacrificio la izquierda. Ahí debería depositarme el porro de regalo. Pensé que sería buena estrategia para convencerlo en un último impulso comercial.
- !Venga, Musta¡. No seas tacaño. Dame un porrillo suelto para el camino. - Otro día. Hoy no tengo. Venga págame.
Por su expresión deduje que no tenía la menor intención de dármelo. No obstante me quedé paralizado en mi actitud de pedigüeño circunstancial. Le guiñé el ojo, a ver si la complicidad de ese gesto hacía su cometido.
De pronto, las luces chivatas de una lechera de la policía nos sorprendieron. El moro se reincorporó de inmediato. Yo bajé las manos y las introduje en mis bolsillos. El furgón de la madera dio un brusco frenazo delante nuestro. Un oficial salió rápidamente por la puerta del acompañante y se dirigió directo a por mi compañero de aceras. El madero arrastraba cara de preocupación.
- !Vamos Mustafa¡, tira para el coche, pero ahora mismo. - Le chilla.
- Yo no hecho, nás. !Yo no hecho nás¡. - Chilla el moro.
- Tira para el coche, pero ahora mismo. - Le dice el madero de nuevo, esta vez agarrándolo por el brazo y empujándole.
- Vd. identifíquese. - Me dice a mí, girándose hasta mi posición.
Saqué el carnet de identidad y se lo ofrecí.
- Espere aquí. - Me ordenó. Le dio mi carnet a otro compañero que ya estaba situado junto a nosotros.
- ¿Qué hacía aquí?. - Me vuelve a preguntar.
O era tonto o no quería indagar. Estaba claro lo que yo podría hacer ahí.
- Pasaba por aquí y me preguntó la hora ese señor.
- !Vaya, vaya, qué casualidad¡. - Me dice, clavándome la mirada de una forma tal que me dolió la sien.
En ello el madero que conducía el coche le entregó, a través de la ventanilla, mi carnet. Exclamó: "está limpio. Vámonos".
- Venga circule y mucho cuidado con estas situaciones. ¿Estamos?. - Me dijo a la vez que me devolvía la papela.
- De acuerdo. Muchas gracias. - Le contesté. Me sentí un poco pelota.
Se fueron echando chispas del lugar. Pude deducir que al tal Mustafa le iba a caer un interrogatorio. Me dirigí al bar de nuevo, a terminarme mi cerveza y a marcharme inmediatamente. Notaba el tacto del hachís en mi mano izquierda y el tacto del billete en mi mano derecha. Pensé en lo pesado que se me había puesto el camello en este pille.
Y pude pensar que la vida está llena de situaciones repetitivas. Remolino.
Llegaba la hora de abrir el bareto. Decido encaminarme hasta allí. Durante el trayecto me topé con un bar, de esos, de los llamados Museos de tal y cual, donde te sorprenden con muy buenos aperitivos. Me apreté otras dos cervezas acompañadas, esta vez, de un sabroso bocata de jamon. No se me había dado mal la cosa al final. "Qué suerte coleguita", me respiré a mí mismo.
(......................
Ese día me encontré con ese providencial regalo.
Recapacité sobre el sabor agridulce de la vida.
No pensaba volver por aquel lugar nunca más ..."No vaya a ser".
....................)
Las Once de la noche. La fumada de hachís, acompañada por el jugoso paladar de las birras, me llevó a una situación muy particular. Estaba completamente ciego, tenía los ojos como dos farolillos rojos.
En el local no había ambiente. Me puse a grabar una cinta de mezclas. Los momentos de poco movimiento en el bareto hay que aprovecharlos, te dan la oportunidad de tantear mezclas de estilos que de otro modo, en otra situación, no te atreverías. Mezclas de gitaneo, con rock,and,rolls facilón; pachanga de los años sesenta; rumbas de toda la vida. Y si hay muchas ganas de cachondeo se meten hasta sevillanas. Este tipo de composición se agradece en los momentos de celebración especial, cumpleaños de clientes, fiestas de carnaval, etc... Hay que tener un talante especial para grabarlas y un momento clave; unas miras, y un cachondeo interior te ayudan para tan caprichosa labor. Esa noche me pillaba así.
De nuevo la casualidad iba a influir en mi existencia terrenal. En plena grabación festivalera vi entrar a aquella muchacha pelirroja que tanto me hizo vibrar con aquel baile tan sensual. La muchacha de la lambada.
Entró acompañada por otras dos chicas más. El bar estaba vacío. No pareció importarles nada. La música que oyeron de fondo les enriqueció la visita.
- !Hola¡. - Dice ella.
Venía embutida en unas mallas a rayas tipo cebra, un chaleco estrecho de piel clara y una blusa que hacía resaltar sus formidables pechos. No era muy alta. "Una media muy noble", pensé.
- !Hola, qué tal¡, cómo va eso, bailarina. - Le replico. Creo que le encantó que la recordara.
- Nos pones un mini.
- ¿Un coche? ,... queréis. - Le espeto, riéndome.
- Queríamos cerveza, pero bueno si nos lo das... je, je...
Me contestó, también con risillas de por medio.
Me retiré camino del grifo de la cerveza. Vendría bien para el circuito de ésta tirar un mini. No se estaba dando bien la jornada y siempre agradecerá un paso continuado, se moviliza todo y agarra sabor. La escancié con el mejor de los talantes.
- !Oye¡. os tengo que avisar de un detalle, resulta que estaba grabando unas cosas y que voy a terminarlas. Así que no os mosqueéis si oís cambios bruscos por los altavoces. ¿Vale?.
- No pasa nada. Nosotras ahora nos ponemos a hablar de nuestras cosas y no nos enteramos. - Me contesta la niña, con esa dulzura e inocencia que sólo se tiene hasta cierta edad.
Le di las gracias de corazón y continué con la labor, ya tocaba el turno de ir metiendo al Camarón de la Isla en esta experimental y original grabación: "El Soy gitano, por ejemplo".
Tal sensación debió de transmitirse en el ambiente, se observaba al trío de muchachas mover las caderas. Lo hacían tímidamente. La pelirroja no paraba de mirarme. Me acerqué en un descuido, amparado por la duración de una canción, ya que mi interés por saber su nombre avivaba la curiosidad como la de un gato en la puerta de una pajarería. Agarré la bolsa de palomitas, llené un cuenco y así pude tener un motivo más concreto para acercarme hasta su posición. Es el mejor aperitivo que se puede poner en una barra de un bar músical. Es un aperitivo barato, limpio y apetecible a cualquier hora. Lo puse, de nuevo, con el mejor de los talantes.
- !Tomad y comed¡. - Les digo con tono de voz hierático, mientras aparcaba el cuenco al alcance de sus manos.
- !Muchas gracias¡. - Replican las tres a la vez. Un bonito coro.
- Mi menda va a probar unas poquitas, para que veáis que no hay problema con la caducidad y la calidad del producto. ¿!Eh¡?.
- Vale, vale. - Repiten en una amalgámica mezcla de voces femeninas.
Se les dejaba notar que habrían acabado su conversación personal.
Introduje los dedos dentro del colmo de las palomitas y arrebaté un puñado de ellas.
- !Venga todas a la vez¡. Sin problemas. - Exclamo.
- !Oye¡, mola que te cagas esa música para pachanguear. Sólo le falta la Lambada. ¿Verdad?. -Dijo la pelirroja. Lanzó una cómplice ojeada a sus dos amigas-. ¿Por qué no nos la pones? como el otro día.
Llevaba razón la chica, la Lambada quedaría formidable. En el preciso momento que le iba a contestar, noté en todo el ámbito de mi boca una informal masa apelotonada. Las palomitas se habían revelado contra su destino. Eligieron el peor momento para ello, justo cuando con toda probabilidad iba a tener una picarona charla con mis guapas acompañantes. La sequedad de boca extrema a la que me había visto abocado con tal gesto contribuyó más aún, si cabía. En el paladar se me apegó una plasta, con sabor a plástico, que parecía habérseme agarrado con pegamento superglú. Les hice a las chicas un gesto afirmativo con la cabeza, pero sin abrir la boca. Sólo pude emitir un gemido ronroneoso.
- Mis amigas quieren aprender a bailar la lambada. Les he dicho que tú la bailas bien. - Me dice la pelirroja.
Entretanto ella hablaba, yo no paraba en mis intentos de quitarme esa pelota dura que tenía pegada. Lo hacía con tanto empeño que incluso no le presté demasiada atención a lo que oía. Movía las mandíbulas endiabladamente. Creo que llegué a pensar que se me quedarían pegados los labios. Noté como me miraban extrañadas. Comenzaron a sonreir. Volví a hacer un gesto afirmativo y otro con la mano en señal de que me esperaran. Me dirigí hacia el equipo de música; "la madre que parió a las palomitas". Con la punta de la lengua traté de desprenderme de aquello tan molesto, que ahora empezaba a formar parte hasta de mi dentadura. Fui recto al grifo de la cerveza, me había ganado un inconmensurable trago. También capté el rico momento que era para invitarlas a un mini, a ellas, a ver que iba a pasar con esa conversación sobre la Lambada. Se lo puse y continué con la grabación. Pretendía añadir esa dicharachera canción, a la que tenía en el olvido. Por fortuna, en aquella sesión de baile que me di con la pelirroja, hube realizado una copia de ella. Es la virtud de grabar cintas en un pub que te hace estar al loro de cualquier oportunidad.
Seguía sin entrar nadie. Podría aprovechar para divertirme bailando. Las muchachas parecían desearlo y yo por mi parte tenía ganas de cachondeillo, de sobra. Además, la grabación estaba concluida.
Bebimos y bailamos durante un par de horas. Ellas bailaban una con otra y con la tercera restante, o sobrante no lo tenía claro, lo hacía yo. Los restregones que me daban comenzaron a hacer su efecto, de dos maneras: una despertándome la apetencia sexual y otra segunda, de gran importancia, que fue un dolor sensiblero en las piernas. El día había sido muy ajetreado para mí. Se acercó el final de la noche. Ellas se fueron, no sin antes agarrarnos la pelirroja y mi ente en un último pase de baile en el que mezclamos nuestros olores corporales a tope. Iba a ser la segunda vez que esta chica me dejaría encachondado. En esta oportunidad se lo quise hacer notar en la puerta del bareto, adonde salí a despedirme. Allí nos besuqueamos todos y quedamos en vernos para una próxima ocasión. Justo cuando se iban alejando llamé a la pelirroja. Se dio media vuelta y se acercó.
- !Todavía no me has dicho tu nombre, preciosa¡.
- Me llamo Fany.
- Muy bien Fany. El próximo día vamos a tener que bailar la Lambada los dos solos. Es que delante de la gente no termino de pillarle el truco. Me da un poco de corte ¿Vale, capricho?.
Y le guiño el ojo, pero que muy, cariñosamente.
- Pero si ya la bailas bien. - Me contesta sonriendo.
Y se despidió con un gesto de la mano, y se alejó medio corriendo.
Tomé una buena decisión en ese preciso instante. "Cierro ahora mismo y me voy a sobar, aunque sea solo".
Caí rendido en la cama. No tuve tiempo ni de ponerme música de fondo.
"Jóder, tampoco he podido barrer hoy"; recordé, justo antes de adentrarme en el país de los sueños.
Fany, Fany.
XIX
Los días de diario los baretos no suelen agarrar demasiado ambiente. Un pequeño goteo de clientes y amigos que fichen religiosamente. Un chorreo misceláneo de personas, más o menos, allegadas al tema que se trate de imperar. Un par de camareros algo cercanos al entorno. Y poco más.
Son los días que se pueden disfrutar de conversaciones dicharacheras, distendidas, anecdóticas. Los fines de semana la cosa acostumbra a cambiar de pleno. "Y que no pare". Fue el momento en el que se me forjó la idea de contratar a una muchacha que me apoyara en tan trabajosa labor. Idea que abandonaba mi interés cuando el sábado por la noche había llegado a su fin, hasta el próximo viernes por la noche que volvería a acordarme de ella.
Hoy era un miércoles cualquiera (el peor día de toda la semana) y yo me encontraba en ese revoltoso pensamiento. No había nadie al que atender, excepto a mí mé, y me jugaba una partida de billar americano yo solo; así no perdería. Aunque esto último no lo tenía claro del todo. Entonces, apareció una clientavecina de los alrededores. Ella casi siempre aparecía sola.
- !Hola, chaval¡. - Me dice.
De nombre Fernandina. Una chica de unos veinticinco años, de cara arrechonchada y aspecto noblote. Aprendí desde pequeño que el aspecto no define una personalidad, pero ayuda a encuadrarla. Ya sé, colega, ya sé, que hay maestros, y maestras, del disfraz que nos la pueden pegar como el peluquín del Dioni, pero la gente va por lo claro, de normal. La melena le llegaba por debajo de los hombros, lisa y castaño claro de cariz delicado. Pero lo que más destacaba de ella eran sus ojos como dos platos brillantes, grandes y alargados y azules.
Se me alegró el espíritu considerablemente al verla. Parecía mosqueada. Era de esas personas que se ponen guapísimas de cara cuando lo hacen.
- !Hola, guapa¡. Coge un taco que llegas a tiempo para echar una partida.
- ...!Sí¡. No sé jugar muy bien. Pero bueno... por probar.
Ella agarró el taco con una extrema ternura. "Qué delicada... si es así para todo", se me cruzó por la cabeza en un descuido de las neuronas rebeldes.
- Tú tiras con la que tiene el puntito. ¿Vale?.
- ¿Y qué tengo que hacer?.
- Colarlas por el agujero. Eso siempre es muy importante. - Le digo, haciendo un gesto indicativo de señal con el dedo índice, precisamente.
- Ya..., ya te veo mateo... - Me replica la picarona.
Le expliqué las reglas del juego muy por encima, lo justo para que no se despistara metiendo las bolas inadecuadas. El billar es un estupendo juego de alterne. Jugando surgen muchísimas conversaciones. También se desarrollan a lo largo de la partida una ingente cantidad de posturas sensuales, donde toda insinuación vale. En el fondo eso es lo que se pretende. Para echar partidas profesionales no era esa mesa de billar, desde luego.
- Te hacía en el concierto de los PicosPardos, Fernandina.
- ¿Quiénes son esos..., tronko?.
- Los que venían a tocar hoy al Calderón, ¿!no¡?...
- !Jóder, tío¡. Querrás decir Los Pretenders.
- Sí bueno, ésos mismos. Los van a radiar en directo por la cadena nacional. ¿Lo sabias?.
- No me lo recuerdes, que he tenido un rollo con la entrada que no veas. ¿Esta bola la puedo meter ahí, en ese agujero?, ...es que, ...no me acuerdo.
- !No¡, la bola negra no se puede colar. Esa es para la última. - Le recuerdo.
- !Ah, bueno¡. Ésto me parece a mí que se complica un poco la vida. El otro billar es más sencillo que éste.
- Sí, en cuanto a reglas, sí. Pero es más complicado de ejecutarlo bien del todo. Este mola más, para pasar el rato. Bueno, ¿y qué te ha pasado?.
- Pues nada, chaval. Sólo pudimos conseguir unas pocas entradas. No había para todos los del curro y al final me he quedado yo sin una.
- ¿Y eso?.
- Chocolate hueso, je, je, je.
- Bueno..., tu verás si quieres contarlo o no. Es por hablar de algo, o si no, no hablamos... a ver si me entiendes...
- Es que me lo tengo que tomar a vacile, porque si no lo llevo claro.
- Eso está muy bien, pero que muy bien, campeona. - Le digo alegremente.
- Las entradas no cuadraban. Faltaban entradas para las novias y novios de cada uno. Yo que sé..., un rollo.
Fernandina parecía consternada. Por el brillo de sus ojos me dije que habría estado fumando hachís durante buena parte del día. Y éste tiene una virtud tierna única que te eleva la sensibilidad y la libido sobremanera en aquellos susodichos momentos. En efecto, estas cosas se saben por experiencia.
- ¿!Y qué¡?, quieres acabar de una vez, muchacha.
- Que no quería ir de alumbravelas y encima fastidiar alguna pareja... !Joder, cómo tengo la boca de seca¡.
- Detalle que te ennoblece y te honra. -Le contesto para animarla-. Te voy a invitar a una cerveza espectacular. La voy a tirar de lujo. ¿Ya verás?. ¿Sabes?, que sonreír es la mejor manera de enseñar los dientes al destino.
- ¿!Síiii¡?.
- Te lo juro -le salpiqué- por el sobaco de un mono.
- Vale -dice-, pues entonces ya está todo dicho. ¿Esa frase es tuya?.
- !NOooo¡..., es un anónimo. No creo que al autor le importe que le copie. Incluso puede llegar a agradarle si supiera que te la he dicho a ti...
- Gracias...
Ella se quedó mirándome durante un segundo largo a los ojos, después continuó con el juego. Nada más ejecutar su taco volvió a mirarme. Parecía haber tenido una idea.
- !Oye Tato¡. ¿Me dejas que tire yo las cervezas?, por favor.
- ¿Sabes hacerlo?.
- !Sí¡. -Dice ella, entusiasmada.
- Bueno, pues no te dejo de todas formas, -ella puso cara de trsteza- ...es broma. Claro que sí, mujer. ¿Dónde aprendiste?.
Fernandina se dirigió directamente al grifo de la cerveza.
- Tira dos jarras de las gordas. - Le chillé a media voz.
- Vale, estuve currando de camarera una temporada en el pueblo.
- Pero de camarera de Pub, ¿o de qué?.
- De todo. Era una mezcla. Por las tardes se tiraban muchos vinos y raciones. Luego por la noche ya sólo era de cubatas, y muchos minis de cerveza y calimocho. El bar es de unos primos míos. !Bueno, a ver qué tal lo hago¡.
- !Venga¡, sin miedo. Déjalas reposar diez segundos; o nueve, si acaso.
En ese momento se me debió iluminar la cabeza, como en esos dibujos animados tan gráficos que el personaje luce una bombillita por encima de su cabeza cuando le ha surgido una idea. Así me sentí. Así Fernandina me comenta:
- ¿No necesitaras una camarera, verdad?.
- ¿Eres adivina o qué?.
- Es que te has quedado mirando como pensativo y he pensado: a lo mejor este chico necesita...
- Desde luego a la barra le podría venir muy bien una intuición femenina como la tuya.
¿Existirá ese tan famoso instinto femenino del que tanta gala se hace?. Al parecer las mujeres lo desarrollan para equilibrar su desventaja física con los varones. Ojo, digo, más débiles físicamente en cuanto a fuerza bruta, pues comprobado está que internamente, en cuanto al funcionamiento del organismo interior, suelen estar mejor preparadas de largo. "Hombres y mujeres; condenados a entendernos; destinados a querernos". Esta idea formó parte de todo el ámbito de mi cerebro durante largos segundos. Pudiera estar bien el bareto con la mano de una mujer en algunos momentos claves.
- El caso es que sí que lo pienso últimamente, de vez en cuando, para los viernes y sábados, por la noche, sobre todo. - Le aclaro.
Continuamos con la partida de billar ahora bastante mejor acompañados por las exquisitas jarras de cerveza.
- ¿!Qué¡?. ¿Lo he hecho bien?.
- No ha estado mal. No es que tenga mucho misterio esto, tampoco. Lo principal de la barra es transmitir buen rollo. Algo agradable. No sé si me entiendes Mariprendes...
- Yo creo que sí, Joseluis...
- Hay que entender un poco de la música. !Vamos¡, saber en cada momento qué estilo poner. Aunque es siempre el mismo hay matices. La barra debe estar muy limpia todo el rato. Las cuentas muy bien definidas. Las conversaciones hasta el punto adecuado, sin pasarse, que no revelen demasiadas cosas las gentes; cotilleos generales y vaciles, todo eso... Nada de morrearte con tu novio en la esquina de la barra. No fumar de cara al público...
- Yo no tengo novio. Y si lo tuviera no vendría por aquí, nada más que a última hora.
- Eres muy lista, eso está muy bien, Fernandina. Y en cuanto a las labores a desarrollar son muy concretas y muy limpias. Quizás sufra un poco el calzado. Pero el resto del conjunto no sufre, apenas nada. Igual que si se estuviera tomándola por ahí con los amigos. La misma ropa que para eso, ¿comprendes?...
- Que hay que venir arreglada, vamos. - Replica ella, interrumpiéndome.
- Es que es día de fiesta, ¿entiendes?. Que no se viene aquí a recoger aceitunas. Esta copla la he aprendido muy bien por los alrededores, charlando...
- ¿Si quieres que probemos?. Te prometo que en chandall no voy a venir.
- Si hay que venir un día de cualquier manera, tampoco creo que pase nada. - Le digo para quitarle importancia al tema.
- Y de barrer y fregar y todo eso, ¿cómo has pensado que iría el tema?.
- De eso casi nada. Para facilitar la labor y que además se pueda venir bastante arreglada, eso lo he pensado hacer yo, u otra persona. Pero no quien estuviera toda la noche sirviendo copas. Bueno, quizás a última hora haya que cargar las cámaras frigoríficas para el día siguiente. Pero se hace con la gorra, de un niño pequeño.
- ¿Y la jornada?. - Inquiere ella, muy emocionada.
- Desde que se empieza hasta que se acaba. - Le espeto yo, sonriendo.
- ¿Y cuándo se empieza y cuándo se acaba?.
- Desde las nueve de la noche, aproximadamente, hasta las cinco de la mañana. En mitad de la jornada te escaparías un ratillo para ir a los servicios y estarte por fuera de la barra descansando. A fumarte unos cigarros o comerte un sandwich, etc... En algún momento de relax, que siempre los hay, y si no lo hay nos lo inventamos rápidamente.
- ¿Es que en la barra no se puede fumar?.
- Por supuesto que sí, mientras no le eches la ceniza a las consumiciones.
Guardamos silencio unos segundos. Tiempo que ambos estábamos empleando para pulir el futuro trato. Me gustó el interés que tuvo desde el principio. Creo que me arriesgaría. Aparte que la experiencia pudiera resultarme sabrosa para una próxima ocasión. De golpe, me acordé de un consejo que me dijo mi amigo Juan, de cuando el era propietario de algún que otro bar.
- Aquí hay que invitar a algunas personas de vez en cuando. Por unos motivos o por otros, hay que hacerlo. Cuando lo creas oportuno. Ese criterio te lo voy a dejar a ti, que para eso eres mayorcita, pero debes consultármelo. Aunque sepas que voy a decir que sí, tú me lo consultas. Así tus amistades. o conocidos, no te pondrán en ningún compromiso personal a menudo. Como en todo, también se admitirá algún que otro error, al menos los primeros días.
- Todo eso es lo que siempre se suele hacer. ¿No?.
- No lo sé, cada bar es diferente. Y los reducidos de espacio, donde se acaba hablando, con el tiempo, con casi todo el mundo, más todavía.
- Pues a mí me vendría bien un dinero extra. ¿Por cierto cuánto has pensado?. Fernandina.
- Ese es un tema que no termino de decidir. Tendré que preguntar por ahí.
- Bueno yo creo que eso lo podemos dejar sin problemas hasta el último momento. Confío en ti, Tato.
- Está bien. Siendo así podemos probar si lo deseas. Ya te lo diré el sábado a última hora. Pero cuenta con lo que gana una persona en otro trabajo, más o menos. Luego ya ajustaríamos todo sobre la marcha. Hay multitud de ocasiones en que la improvisación sale fenomenal.
- !Muy bien¡. - Exclamó Fernandina.
- De acuerdo. Este sábado empiezas, entonces. A las ocho vienes para explicarte algunos detalles.
- ¿Por qué no me los explicas ahora?.
- Te lo pensaba proponer, pero te me has adelantado. Está muy bien. Igual hasta sale bien la cosa.
- !Ojalá¡. Encima me puedo ir andando a casa a última hora. Vivo a cinco minutos de aquí.
- Me alegro, entonces. Aunque para acercarte igual lo puedo hacer hasta yo mismo. Pero claro a las cinco en punto, no. Ten eso en cuenta.
- Es igual, como no tengo que madrugar al día siguiente, me puedo esperar si acaso me da miedo irme sola. Sí que algún día me he llevado algún susto al volver a casa muy tarde.
- Los fines de semana hay mucho movimiento de personas por aquí. No tiene mucho problema la cosa. - Culminé nuestra especial cháchara.
Durante los dos próximas horas nos dedicamos a repasar todo el tinglado; las cintas de música que debería poner mientras yo no pinchara discos, la lista de precios, la localización de las distintas bebidas, el manejo de la caja registradora; algún vacile insertado en la conversación sobre intimidades de barra, de cómo ofrecer tabaco a tiempo, y el empleo de los frutos secos como aperitivo. Ella era bastante receptiva a este tipo de cachondeos. Podría estar bien.
Llegó la hora de despedirse.
- Tato. Ya me voy. Mañana vengo otro rato y ya me quedo con todo el rollo. ¿Vale?. Sobre todo con las cintas de música. ¿Qué te debo de las cervezas?.
- Ya te las descontaré del sueldo, ...anda.
- Gracias. Hasta mañana.
Se despidió de mi propinándome dos besos. Uno en cada mejilla. Muy cordial, la chica.
- Hasta mañana, Fernendina. Todavía llegas a tiempo de oír por la radio algo del concierto de los Pretenders.
- De los PicosPardos, ¿dices?. Ahora ya me alegro de no haber podido ir. Esto me ha molado más que cualquier concierto del mundo.
Salió por la puerta haciendo un gesto, con la mano, de despedida.
Vi alejarse a Fernandina con la ilusión álgida. La mía no se situó por esos derroteros.
La duda de estar dando un palo de ciego me atosigaba. Ese pequeño manojo de nervios agarrado a la boca del estómago me indicaba que la intuición masculina también existe. "¿Qué me estará indicando?", pensaba. Deseaba con todo mi ser que no fuera nada malo.
¿Qué puede haber de malo en constituir una sociedad, sea de la índole que sea?. Toda la sociedad se mueve por sociedades. Creo que la frase lo deja en extremo claro. Un tema importantísimo, para mí, en ellas (las sociedades) es la lealtad. "Ser leal es la mayor valentía", decía nuestro Juan Zorrilla. Lo que yo capto más concupiscio en ella es en lo exclusivo que tiene a la hora de la traición. Incompatibles las dos (traición y lealtad) como el día y la noche.
Claro que disfraces para la traición pueden ser las lealtades. Pero si la lealtad es auténtica entonces le puedes dar la espalda a la traición porque, simplemente, ésta no existirá. Estan enclavadas metafísicamente.
Formar una sociedad con una persona que está con la mira puesta en la misma meta que tú no representa ningún problema. Es como lanzar una cuerda sobre un acantilado. Tú la lanzas y el otro la recoge, o viceversa. Es decir, necesarios los dos. El problema es, si cabe, quién cruza primero. Vuelta a la lealtad. Si aquella es verdadera dará lo mismo. La meta es la cuerda, bien estirada y tensa, fija y duradera, para que cualquiera de los dos implicados pueda utilizarla a su antojo. Pero si no hay lealtad, en toda la extensión de la palabra, poco tardaremos en romper un extremo... entonces, hasta luego al trato. Si alguien te lanza un cabo es que te necesita. Buena base para que eso perdure, la necesidad mutua, material o elevado, da lo mismo.
En el amor, interpretado como un negocio sublime, también es protagonista la necesidad. Por no hablar de la lealtad que él conlleva. Aunque bien interpretado, si el amor está en plena cúspide ésta existirá. Si el amor se trastoca en otros sentimientos menos pasionales el peligro de traición volverá a colgar sobre nosotros, cuán espada de Damocles.
El problema surge cuando todo esto se falsea y se actúa con la moral baja, y eso es una facultad muy humana, de la que ninguno estamos completamente seguros de escapar. Y ésta es mi molesta opinión, la cual se puede discutir. Claro.

Bueno. Llegó la hora de cerrar y los nervios se me aflojaron.
Creo que la meditación me hizo mucho bien.
Me largué a consultarlo todo con las palomas.
XX
Miré la ventana, luego miré la hora, luego miré en dirección al cuarto de baño, luego miré mi pecho. Opté por volver a mirar hacia la ventana. Puse título a lo que vi: "Una postal para los viejos tejados del viejo barrio de una gran ciudad europea", podría hasta ser el título de una película del neorrealismo italiano. O, mucho más acertado, podría ser la viva estampa de un cuadro de Antonio López. Y, para colmo, un gato quieto, y aposentado en una vieja chimenea de un tejado cercano, parecía ser el inquilino cacique de tan magnífico panorama. El gato y yo nos miramos. Fue el gesto depredador para salvaguardar un territorio.
El amanecer habría concluido del todo al menos en una hora larga. La diadema luminosa que desprendía el alféizar de la ventana así me lo indicó.
Las pestañas de los ojos me formaron unas traviesas rendijas, acolchadas y llenas de legañas, que salpicaban los brillantes parpadeos del día. La ventana debió mantenerse abierta durante toda la noche.
Toda la buhardilla debía estar consternada, resfriada, taciturna; quizá. El remedio estaba entrando a borbotones por ese artístico tragaluz.
La mirada, aún soñolienta y atraida por semejante espectáculo, mandaba ordenes concretas al cerebro; sí, al mío, hombre. Aquél estaba dominado todavía por el subconsciente aletargado: "acércame, acércame", reclamaba imperiosamente. En pocos segundos la orden estímulo los músculos motores de las piernas y allí estaba yo formando parte íntegra de la postal.
El sinuoso paisaje; catarata de tejas, respiraba. Las rojas tejas lloraban. Temerían el abandono de la noche o despedirían el rocío de la madrugada, que más da. No importaba, las hacía más brillantes y hermosas. El día; guerrero incansable, dictaminaba con poderío la nueva ley: diafanidad.
Los pelillos de mi pecho, importunados de golpe, comenzaron a echar de menos el fragor de las sábanas. Se rizaron y unieron en una muy noble hermandad. Me encontraba completamente desnudo.
El gato se acercó hasta la ventana. Debió darse cuenta de su protagonismo... "Ya sé, agua, quiere agua"... Le acerqué la botella con la que se suele uno humedecer la boca a lo largo de la sobada. La tiró el muy jodido. Pero acabó por beberse el charquito con ansia. No debía estar acostumbrado a ese sabor; o mejor, estaría más que hecho a beberla con mil sabores. No pude evitar dedicarle un pensamiento: "otro animal nocturno". El gato se largó, de una vez.
Una estatua, de piedra grisácea, dominaba una amplia terraza en el edificio exterior de la derecha a una distancia de cuarenta metros. Un guerrero nórdico ataviado con una larga espada y casco vikingo, y en la punta de su espada una tensa cuerda amarrada rompiendo la monotonía de la figura, sostiene colgada ropa femenina muy sensual, bragas y sostenes. Mi alma pareció dar un respingo, ahora, reconocí que la realidad del día comenzaba a penetrar en mi vida.
Y de súbito lo recordé todo. Giré la cabeza para confirmar algo que ya sabía... Ella estaba allí... Mi cama, sin cabecera y recogiendo los tonos azulados que le proporcionaban las arrugas de las sábanas, la acogía como si de una criatura suya se tratase. Una mujer había pasado la noche, el final, conmigo.
Ella dormitaba, al son de un leve ronroneo, de medio lado. Su melena, enmarañada, fustigada, le tapaba media cara, para caer sobre sus pechos, redondos y puntiagudos. Las sábanas, como entrenadas para tal menester, le tapaban su más delicada parte, dejando entrever la curvatura de sus dos glúteos; blancos, ...blanquísimos, con la marca de las bragas delimitando el camino de lo prohibido. Bragas que llevaba mal colocadas. Y su olor, a sexo mojado, a sudor enfriado, me envolvió. Y el recuerdo de sus sabores en mis labios me avispó.
"!Su nombre, ...¿cuál es su nombre?¡". Susurré asustado.
Ella giró 180 grados y dejó de ronronear.
Una erección inmediata me recordó la necesidad de mear. Dirigí mis pasos al lugar. Como siempre el primer chorro sería al estilo fuente. No podría ser de otra manera con el miembro pasando armas. El tino tomaría la importancia que se merece, un leve apretón con el abdomen iba a facilitar tan delicada labor, otro empujoncito..., y directa el mar mi agüita amarilla. La crecida que el miembro me había experimentado tuvo el carácter retroactivo como muy bien se sabe. Miré la hora, era un inmejorable momento para seguir cobijado en ese pequeño pedazo de cielo que, se me antojaba, estaba en aquél rincón donde la cama era la dueña y donde el destino había puesto una musa en mi sueño.
Esperaba poder acordarme del nombre de la bella muchacha. Entre los próximos dormiteos trataría de salpicar los recuerdos de la noche anterior que, poquito a poco, florecían en mis pensamientos. Ella, con seguridad, recordaría el mío. Eso le debiera resultar más fácil, ya que a lo largo de la velada habría tenido oportunidad de escucharlo bastantes veces. Siempre amparada por el eco de las consumiciones que les serví a ella y a sus amigos y acompañantes.
Se dejaron, por la noche, un muy grato dinerillo entre todos ellos.
Me refugié en la cama al amparo de las sábanas, rosas y azules. Lo hice de espaldas a ella. No tenía el menor problema en ir recordando todo el proceso por el que habíamos entablado relación esa guapa morenita y mi propia persona; de todo, menos de su nombre. No era cuestión de no recordarlo. Me estaba fastidiando de veras. "Diantre".
Le di la espalda en un intento precario de salvaguardar las dos intimidades, desconocidas éstas entre sí, pero hermanadas en el colchón de la vida. ¿Qué?, si no. La solución pasaba por ser el interés que tuviera ella en que yo la llamara por su nombre, o no.
Lo mejor sería endulzarme con otro sueñecito mediomañanero, el mejor de todos los que se puedan realizar. Dormir hasta el mediodía, justo hasta la hora de comer, es un placer reservado para unos pocos. Los que nos van a vivir más años, !fijo¡. Hay algunos cuantos ruidos de más que por la noche pero si se sincroniza el ciclo con el que te llegan a los tímpanos te ayudan a conciliar el sueño de una forma muy profunda. Más, incluso, que durante la jornada nocturna. También, es el horario de muchos escritores y de casi todas las putas, que pueden ser hasta del mismo gremio. Haciendo la reflexión adecuada.
Quedamos ubicados los dos culo contra culo. El suyo emanaba un frescor exquisito. Ahora recordaba con exactitud su dulzura a la hora de hacer el amor. Ahora bien, su nombre no lo recordaba ni aunque me ahorcaran por insurrecto. "Bien, tampoco me voy a comer la cabeza toda la vida, ya me acordaré", me dije mientras intentaba acoplar el cuerpo para dormir.
No había dormido demasiado. Desde el último polvo habrían pasado muy pocas horas, dos más o menos. Meacaricié un poco en la caída de los huevos. Unos rebeldes pelos se me debían haber enzarzado en una peculiar lucha. Y pienso que alguno no debería ser mío. De la cama surgían olores, incontenibles, a humanidad, a sexo, y a pasión nocturna. Ella se giró de nuevo.
Noté su cuerpo pegado al mío. Sus tetas cubrieron gran parte de mi espalda. !Oh, hermosura¡. "Princesa, se llama princesa". Después hizo un ademán felino y se acurrucó en mí, besando la misma postura fetal con que yo reposaba.
Subieron varios grados la temperatura de mis órganos. En especial el de uno, el díscolo de siempre, que lo hizo en otro tipo de medida métrica más en acorde con sus características. La muchacha transmitía sensualidad por todos los poros de su piel. Su aliento me comenzó a empapar el cogote, pero no eran virus lo que recibía, sí, una amalgama de rayos magnéticos invisibles que me iban atrayendo sin remedio. "Capricho, se llama capricho".
Su brazo arremetió contra mi dorsal izquierdo y su mano lo hizo contra mi muslo. Asentí un sabroso escalofrío por todo el músculo que me llevó a enfetarme aún más. Los golpecitos que noté a modo de calmante en el inicio de la rodilla me sobresaltaron. Ella estaba despierta. Se enfetó a mi lado sin apenas dejar hueco entre mi espalda y todo su frontal. Creí notar hasta el ombligo de tan magnífica hembra. Ella volvió a ronronear. Me tenía acongojado la situación.
La noche anterior fue de lo más amena. Hubo bailes, risas, fumetitas, cockteles y un sin fin de insinuaciones entre ella y yo. La última de éstas que predominaba en mi memoria era la de la soledad. Tuvimos ese punto en común. La sufrida soledad que nos llevó a darle un desprecio mutuo y encaminarnos a la cama juntos. Fue una perfecta excusa para poder follar con una persona que me había gustado cantidad. Ella debió pensar lo mismo y se quedó a última hora con la excusa de ayudarme a recoger, después vino un último baile lento en el bareto, muy pegaditos los dos. Nos estuvimos morreando durante un buen rato. Allí estuvimos a punto de hacer el amor de pie, apoyados en el billar. Fue entonces cuando me dijo que no lo haría allí. "Acompáñame a mi casa", le propuse y aceptó. Fue todo muy rápido, como casi siempre. Cuántas tonterías tuve que decirle anoche. En fin, luego lo iremos viendo; pensé, un tanto desolado.
Volvió a ronronear. Yo ya no pensaba darle más vueltas, estaba excitado y ella en esos momentos era mi compañera, sin más. Lancé mi brazo izquierdo hacia atrás buscando consuelo, el único que podía en ese lance. El otro comenzaba a experimentar un cosquilleo curioso. Le palpé el culo. "Jamona, se llama jamona". La postura no me permitía grandes logros. Tuve que ir maquinándome el brazo, moviéndolo como el de un pulpo nervioso. Le toqué sus pezones. Ella se apegó un poco más a mí. Hizo un gesto insinuante con dos dedos de la mano a modo de cabalgata y llegó hasta mi pene y lo agarró y lo apretó con suavidad. Éste adució a sus encantos. Le palpé un hombro con pasión. "!Ay¡", oí.
- Perdóname...corazón. Soy muy impulsivo. - Le digo.
- Ya lo sé. -Contesta con el tono de voz meloso-. Date la vuelta por favor.
Bien. llegó el momento de la verdad. ¿!Quién dijo miedo¡?".
Yo, yo dije miedo.
Me giré 90 grados para optar a la postura del muerto. El brazo izquierdo se me quedó vacilante entre su cuerpo y el mío. Ella ronroneó de nuevo. Alargué el brazo y le rodeé el cuello con él. Noté un besito cariñoso en mi hombro, el sitio de ubicación de un tatuaje artístico que me hizo el lobo en el chiringuito de Mao en un momento de euforia: un dibujo de uno de los primos de Pegaso que reta con valentía al viento mediante su revoltosa melena encrespada.
- Es muy bonito. - Me piropea.
- Muchas gracias. Tú también - Respondo.
Tampoco pude recordar su nombre. "Hay que joderse", pensé.
- ¿Qué has dicho?. - Dice ella. O sea que lo anterior no lo pensé.
Giré otros 90 grados y me encontré con su rostro pegando al mío y su mirada basculando contra la mía. Dos seres unidos por lazos especiales al que sólo accedemos los humanos: la consciencia de estar vivos y el deseo constante.
Su cara era aniñada y nerviosa como el retrato de una damisela ubicado en la cabecera de la cama de un soltero. Sus ojos, lánguidos, soñolientos, diriase asustados y con un tinte esperanzador. También estaba algo acobardada.
- ¿Te importaría darme un beso?. - Me dice con voz temblorosa.
- Creo que no, ¿de qué duración?. - Contesto con un nerviosismo latente.
- Según te dicte el motivo por el que me lo des.
Me acerqué raudo, como una abeja al panal de miel.
Nuestros labios formaron uno, y hasta el aliento, indeseable en otro momento, me supo a gloria. Agité mi lengua en busca de la suya. La encontré. La hallé, esperándome como buena anfitriona. !Oh, hermosura¡. Me retiré y la disparé a la búsqueda de su oreja. Metí la punta de mi lengua en ese pequeño agujero cavernoso de entrada. Ella se estremeció y se apegó a mí rodeándome con sus dos brazos, allí, donde estos abarcaban la mayor parte de mi cuerpo.
No sé cuantos segundos transcurrieron en esa pose. Le empujaba con mi cadera buscando el refugio que me permitiera tumbarme debajo de ella. Pareció comprenderlo y se dejó hacer. "!Qué gloria¡". Acabamos unidos a tope. Ella descansaba todo su cuerpo sobre el mío y éste hacía las veces de colchón amoroso, de manto carnal. Y ella era la dueña, si es que lo deseaba. Se movía encima mío como buscando un acomodo o en busca de un contacto arrebatador. Lo estaba consiguiendo. Mi pene creció hasta el límite, aunque esto nunca está claro del todo. Ella lo notó y yo no se lo impedí. El olor a sexo creció en torno a nuestros cuerpos. Yo deseaba hablarle, contarle, decirle... Por fin, me animé.
- ¿Quiéres que te haga el amor?. - Se le digo con tono entrecortado.
- Sí....sí...por favor. !Házmelo¡. Hazme el amor... Fóllame... por favor...
!Ohhh¡... Sus palabras fueron un elíxir para mi existencia.
No había oído algo tan bonito en mucho tiempo.
Deseé complacerla en ese momento y en todos, toda la vida.
La penetré sin ayuda de las manos. Gimió. Curvó su cuerpo. Noté sus pezones en las catacumbas, de pelos llenas, de mi pecho. Sus manos encontraron el camino de mi espalda. Se agarró fortísimo a ella. No me importó en absoluto y no podría hacerme daño aunque lo intentara. No lo intentó, simplemente comenzaba a sentirse mareada y se agarraba a todo aquello que podía asir.
- Sigue, ...sigue, ...no paressssffff. - Decía entre gemidos de placer.
- Tú tampoco pares. Es más acelera si quieres. - Le respondo.
A mis oídos comenzaron a llegar frases tiernas, amparadoras, enriquecedoras. "Cariño, mi amo, cariño", escuchaba... !Ohhh¡.
Ella se agarrotó en ese momento y quedó inmóvil unos segundos. Capté a qué sería debido. Curvé mi cuerpo hacía arriba, ¿!dónde si no¡?, al cielo. Ella se abrió, aún, más de piernas. Creí colarme dentro de ella y me quedé inmóvil. Un grito ahogado, constante y pronunciado, por parte de ella, me dijo que le venía un orgasmo. Me alegré mucho, tanto como un aprobado alto en Historia.
Cayó rendida encima mío. Y entonces, el orgasmo, lo tuve yo.
Mantuvimos esa posición durante cinco minutos, o seis, quizá. Me quedé dormido enseguida. Creo que ella también experimentó el placer del sueño. Al rato despertamos.
- ¿Qué son esos ruidos?. - Me dice.
- Nada, no hay que preocuparse, son palomas que viven en el techo.
Volvimos a la postura fetal. Ahora ella se situó delante de mi y yo la abarqué con mis dos brazos, y algo más.
- ¿Nos lo pasamos bien anoche, verdad?... reina. - Digo a su oído, con calma.
- Ahora tampoco ha estado mal. - Contesta más segura que yo.
- Por supuesto, por supuesto. Quería decir que estuvo bien anoche,... o, ...vamos que....anoche....esto.....
- Relájate, Tato, cariño, Te entiendo.
Me gustó que me entendiera. Quería lanzar un cable a la comunicación.
Lo de cariño ya me sonó más profundo. No me lo esperaba en estas condiciones. No es igual que en la fogosidad del acto, como dijo aquel pensador, Shakespeare creo, "las promesas y los decires más fuertes se consumen en el fuego de la pasión como una simple paja". A ella pareció no importarle esto. Claro que a lo último del momento a mí me gustó.
- Te das cuenta, !hummm¡... muchacha, lo que son las casualidades en la vida. Hace apenas unas pocas horas no nos conocíamos de nada. Y ahora, fíjate, aquí los dos tan guay.
- No hay por qué asustarse de eso. ¿Me parece a mi?.
- No estoy asustado. Es que soy una persona muy reflexiva.
- !Ya¡. Ya te vi anoche, sobre todo con los chupitos de whisky. - Dice ella, soltando esa brizna avezada que toda mujer desnuda suele guardar.
- En aquellos momentos y a esas horas no vamos a divulgar teorías filosóficas, me parece a mi. No lo requiere el ambiente. Ahí, hay que estar a romper la paja, ...criatura... del bosque.
- Eso de criatura es bueno, o es malo. - Inquirió.
- Bueno, bueno, buenísimo. !No dudes de mi palabra nunca en la vida¡.
Comenté con el índice derecho en dirección al techo. Y soltamos unas risillas ambos. Nos acurrucamos y retozamos unos segundos. Le comí la oreja otro poquito. En esos momentos miré para la ventana, siempre me inspiraba algo. Vi plantado en pose felina, de acecho, al gato de antes. "Misu, largo que ahora no hay nada aquí para ti", le dije. Se fue. Me dio la impresión de que nos había visto en pleno acto sexual, el muy jodido. Pasaron unos largos minutos en los que habló el silencio. De pronto ella lo hizo.
- !Tato¡..., tengo que irme, ya se me está haciendo tarde. Trabajo precisamente en ese turno, justo después de comer.
Y yo sin acordarme de su nombre, pobre tonto. Ella sí lo tenía claro. Poco tardé en comprender que, eso, es lo más normal del mundo. El menda transmitía una inseguridad enorme. Algo que una mujer discreta, y adulta, suele temer.
- !Jóder chaval¡, !cómo pasa el tiempo¡. - Le replico buscando la cordialidad.
- ¿Puedo asearme?. - Dice ella.
- !Claro¡. ¿Necesitas algo?. Una toalla, ropa limpia, tabaco, chicles, caramelos, pipas...
- Con una toalla y jabón me vale, de lo demás llevo en el bolso. Gracias.
Me contestó mientras se reincorporaba.
Se encaminó a la ducha, era recogida, pero para un aseo circunstancial, que en mi caso lo era siempre, bien que le serviría. Se comenzó a oír el chasquido del agua contra el suelo y el mullido del goteo acuoso contra su cuerpo. Puse música. La radio me iría bien. Una incómodo sensación interna me dominó: "metedura de pata". El día había llegado a su cenit y físicamente me encontraba derrotado. "Bueno, ahora cuando se vaya me echaré otro rato". Empezaba a repasar la historia, la muchacha era un ser excepcional, una mujercita serena. Deseaba que no estuviera arrepentida de lo sucedido. En otras ocasiones me importaba un bledo, ahora me sucedía lo contrario. Sabía por experiencia y por oídas que cierta bonanza etílica nos conduce a todos a impulsos sexuales incontrolables y sobre todo con la nocturnidad se agrava todo el asunto. Digo todos, pero al poner más atención en la conducta de la mujer, ahí es donde puedo afirmar que a la inmensa mayoría de ellas les sucede. Al hombre también de seguro, pero eso que se lo opinen ellos, porque yo opino que todos vamos salidos hasta con agua. Si esta preciosa mujer, que me había dado un rastrojo de cariño y compañía, le había sucedido por los efectos de las copas de la noche anterior me llevaría un desengaño. Si se hubiera quedado no me hubiera importado en absoluto. Pero cómo conseguir algo para lo que uno está desdichado. Ante la duda lo dejaría precisamente ahí, en duda. Ella salió del cuarto de baño completamente arreglada.
- !Me voy ya¡. No me gustan las despedidas, así que hasta luego. Por cierto, ¿cómo te gustaría que me llamara?... Tato. - Me espeta tan magnífica hembra.
- !Gloria¡..., !Esperanza¡... !Cupida¡... !Capricho¡...
Dije en voz alta, a la par que ella se dirigía a la puerta de salida, y, antes de quedarme dormido de nuevo, comprendí que la soledad también está sola.
XX1
Ese día había quedado en el bar de José. Iba a ser a la hora del aperitivo; la del vermut, esa hora en la que el tapeo siempre va a primar, unas cervezas acompañadas por un exquisito pincho, casi seguro que de tortilla o choricitos fritos de esos chinorris. Quizás, boquerones en vinagre; quizás, alguna sabrosa torera. O algún otro tipo de engañifa con el que acompañar los arrebatadores tragos que pensaba propinar a la cerveza. Tampoco había desayunado ese día.
José siempre buscaba la compañía núbil. Y ella le reclamaba a su vez. Un bello acuerdo personal en el que un alma decide servir a su causa democrática de alterne con gente de su estilo (de su rollo, también podría decirse).
La cita no era ni mucho menos obligada. Era una cita de ésas de barra nocturna, pero sí que me apetecía charlar un rato con José y otros conocidos más recientes. Todos ellos relacionados con la hostelería. En muy variada forma, desde luego. El punto en común de todos nosotros no era otro que el interés por abastecer de bebidas a los deseados clientes, ámbito de camareros y dueños de bares, la mayoría nocturnos. Alguien se personaría, al menos yo.
Es un ramo amplio el de la hostelería. En particular no me consideraba en esa linea; más bien, me inclinaba por la faceta del alterne, la cual iba muy fuertemente ligada a la otra. En la hostelería, propiamente dicho, se suele dar de beber y comer. Yo sólo lo hacía en aquello primero. El alimento que más primaba no era otro que la música a buen nivel (valga la presunción).
El bar de José era totalmente diurno. Un buen madrugón, a diario, le tocaba al hombre por obligada norma. Quizá le subyugara mocedad, qué sabe nadie, aunque él les rescataba unos duros a los currantes mediante el café mañanero. La barra, las estanterías y el sotabanco para el cristal, todo ello era de aluminio pulido. Algún que otro adorno místico y un par de cuadros insulsos colgaban de las paredes grises, entre las tonalidades de la pintura y las otras mugrientas de los humos del tabaco y grasillas de la plancha. Lugar pequeño, recogido, pero diáfano y con mucha luz, tanta que no desentonaba llevar en ocasiones las gafas de sol puestas. Y si desentonaba, huelga, había que disimular las ojeras de los trajines de la antecedente noche. Pegas del alterne.
José se encontraba casi solo en su bar; a excepción de una pareja de viejos que ocupaban una esquina de la barra, recta ésta de pared a pared frente a una amplia vidriera transparente.
José, pequeñito y con un lustroso bigote, iba paseando su madura edad, de lado a lado. Parecía estar preparando las bandejas de los pinchos. Nos guiñamos el ojo al momento en cuanto nos tuvimos a tiro.
- Sí hombre, aquellos eran otros tiempos. Eso era divertirse. No como lo que hacen ahora los jóvenes estos...
Musitaba uno de los viejos. Tenía la cara rechoncha y apretada, con unos puntillos blancos y negros, salpicados, que le daban una apariencia de harto arcaico parecido a una monia.
- ...menudos tiempos... no disfruté yo nada en Alemania, ni ná. Menudas juergas nos pasábamos allí por las noches...
El ser que lo acompañaba no decía nada. Estaba muy concentrado comiéndose unas aceitunas aliñadas con gran interés.
- ...y gastando el dinero, !eh¡. Que hay que saber ganarlo y gastarlo. No como ahora que se lo pasan todo por los cojones. Hay que contribuir a la sociedad y pagar los impuestos.
- ¿Pero cuándo te lo gastabas hombre?. Si estabas currando todo el día. Fue la voz de José que recorrió la barra bordeando su nuca.
- !Bueno¡, en lo que me daba la gana. Donde quería. Por ahí por los bares y los restaurantes... y con las mujeres.
- Venga hombre. Si allí teníais lo justo para la fonda y para mandar a casa algo. - Vuelve a replicarle José, mediante una sobriedad mundóloga.
- !Tú¡, tú me vas a decir a mí lo que yo hacía allí.
- Lo que hay que contar... son las cosas. Os tirais toda la vida criticando, jóder, y no aportáis ninguna solución nunca.
- Oye, pon más aceitunas que se han acabado. - Dice el acompañante.
- Claro, las aceitunas se han acabado, pero el vinito de diez duros sí que lo tienes entero, jodío.
- Venga hombre, encima que estamos aquí. Pon una asadura de ésas...
- No, ..si voy a tener que tener una carta de aperitivos, !no te jode¡. El que no tiene colesterol tiene la dentadura postiza, y si no sois escrupulosos.
- Lo que yo te decía antes, los bares no son lo mismo que antes. Ahora no quieren nada más que ganar dinero. Y encima la mayoría del vino está agüao...
- !Será posible¡. - Escupió José.
Deberían llevar así todo el tiempo, e imaginé que se estarían divirtiendo.
- ¿Qué te pongo a ti?. - Me inquiere a mí el camarero.
- Una jarra de esas de las gordas. -Le contesto-. Como si pesara cientoveinte kilos.
- Ahí está, con alegría. Cómo tiene que ser. - Replica José.
Tiró la cerveza del grifo con delicadeza. La dejó reposar y le dio un golpecito. Me la sirvió junto a un platito de carne en salsa, para chuparse los dedos. Con qué poca cosa nos podemos llegar a conformar las personas en ocasiones, por mi parte hubiera definido la felicidad con este último gesto.
Levanté la jarra con esmero, realizando el ritual como debe ser. El primer trago mañanero es especial si además el día anterior ha habido mano larga con el whishy. Yo la había tenido. Me apreté la mitad de la jarra de un trago. Después me fabriqué un montado de carne, el cual ingerí de un bocado. Los dos viejos me miraron con insistencia.
- !Ya ves¡, ahora la juventud no tiene miras ninguna. Nada más que hay colgaos y drogaos...
- Y venga meter follón por las noches, con los bares ésos. ¿Cómo los llaman?, sí..., los Pumbff.
- No dejan dormir a nadie. Es que ojo con el follón que meten.
- Y las voces que dan a las cuatro de la mañana. Ahí, en mitad de la calle.
De verdad, los dos, desarrollaban una diatriba dialéctica muy picarona.
José se alejó hasta el otro extremo de la barra. Le propiné otro trago a la jarra de cerveza. Observé a los dos viejos con el rabillo del ojo. Ellos me miraban.
- No sé cómo no se vuelven locos ahí adentro con la música esa. - Dice uno.
- Así les pasa luego que salen atontados de allí. En nuestros tiempos nos divertíamos y ligábamos más. -Dice el otro-. Tenían que cerrar la mayoría de estos sitios. No sirven nada más que para no dejar dormir a los vecinos.
- !Y cómo huele¡, cuando pasas por la puerta. ¿Qué harán ahí adentro?. Claro, que yo sé lo que hacen muy bien. Pero qué muy bien. No hay nada más que mirarle a los ojos a algunos. Es que parecen sapos. - Espeta el más picante.
Llevaban bastante rato con el vino vacío. Creo que la situación requería tomar una determinación y, de momento, llamé a José.
- !José¡. Ponme otra jarra -digo-. Y a los señores también les pones algo. Lo que quieran. Entre vecinos hay que tratarse bien.
- !Hombre¡, !qué detalle¡, se agradece. José, ponnos del vino ese de reserva que tienes. Y carnecilla de ésa también, si tienes.
- !Venga¡, y además voy a poneros una musiquita agradable ...!qué hay que espabilarse¡. - Contesta el aludido.
Cuando comenzó a sonar la música, unas sevillanas muy al punto -excepcional música para el aperitivo-, noté un gran alivio.
"A ver si me dejan en paz", pensé. Y los dos viejos siguieron a su aire en la esquina que ocupaban. Cogí el periódico.

Al rato. Entraron dos conocidos del barrio. Traían pinta de trasnochados. Debían llegar, de dar vueltas, y de fiesta muchas horas. De rule. Venían bien vestidos, aunque bastante desaliñados. Se llamaban Rober y Luisi, de unos treinta años, y los había visto por el bareto en alguna ocasión. Eran devotos de los discobares de bakalao.
- Danos dos botijos.
Dijeron en voz alta. En sus caras se dejaba entrever una risa constante.
Parecía que la risa la tuvieran tallada, encajada. Eso suele suceder con normalidad, las faces toman una postura estática después de muchas horas de alterne. Si encima te condimentas el cerebro con toda clase de estímulos, los músculos toman cariz anarquista y hacen lo que les viene en gana. Éste era el caso de éstos dos. José también los debía conocer de otras veces.
Me saludaron afables.
- !Hombre chavalote¡, ¿cómo va la cosa?. - Me dice el tal Rober.
- !Pues mira¡, pizpiretos, desayunando un poco.
- Es buena hora. -Dice Luisi (eran las dos de la tarde)-. Nosotros ya no sabemos si desayunar, comer, o esperarnos a la cena. Tengo el estómago que parece de otro.
- Sí, !pues venga¡. Apretaros este platito que se come solo...
Les explica José, soltando el plato en la barra con aires circenses.
- Yo no sé si voy a poderff commmérmelooo. - Exclama Rober.
El tal Rober enseñaba un movimiento de boca muy peculiar. No paraba de ejercercitarle la mandíbula inferior un inacabable baile, de izquierda a derecha y de una forma insistente.
- !Anda que si tuvieras que decir las noticias de la tele ahora, colega¡. Nos íbamos a enterar de algo por los cojones, ¿!eh¡?. - Le digo.
No me contestó. Se había metido en la boca una tajada de carne. Ya serían dos, contando con la tajada que él llevaba en todo el cuerpo.
- !José¡. Ponle una cerveza aquí.
Dice Luisi, de súbito, señalando el sitio donde había ubicado yo la mía.
Luisi también demostraba síntomas de mandíbula batiente. "!Mamones¡".
De nuevo se oía, de refilón, la charla que mantenían los dos viejos en la esquina de la barra. Le hablaban a José en un maremagnum gramático que podría despistar a un catedrático de la Complutense.
- En tiempos de Franco se vivía mucho mejor. Yo por lo menos.
Decía el de la barba con pintas.
- Estoy más que harto de escuchar esa puta frase. - Replicaba José.
- Sí..., pues que es verdad. - Insistía el viejo.
- ¿Cómo se iba a vivir mejor en la dictadura que en la democracia?, !hombre¡. Si no había más que miseria por todos lados. Si nada más que pasabais hambre y más después de la guerra.
- !Y qué¡, tú me dirás si yo vivía mejor o peor con treinta años menos. -Sonrió- ¿Vivía o no vivía mejor?, coño que no te enteras.
Su compañero le siguió a modo de eco, con otra risa.
Luisi y Rober mostraban un nerviosismo prudente. El cansancio físico les debería de estar haciendo mella. Y pronto les llegaría esa bajada traicionera, declive que experimenta el cuerpo humano cuando ha acumulado una ingente cantidad de horas sin descansar. Síntomas normales en los últimos coletazos de una buena marcha.
- !Tronko¡. Estoy cansado. Como no me meta otro tiro me voy a echar a dormir aquí mismo. - Dice Luisi a su colega de juerga.
- Tranquilo que ahora mismo nos lo hacemos.
Se dieron cuenta que me había enterado de la conversación. No procuraron ocultarse demasiado ellos, de todos modos.
- Le ponemos una aquí al socio, ¿no?.
Inquirió Rober. Levantó las dos cejas a la vez que me miraba.
- Dúplex, llevas dúplex. - Le digo, en clara afirmación a lo que me propone.
Los viejos seguían platicando.
- Ponte otro platico de esos de boquerones, José, que no tienes ningún detalle con nadie.
- A comer a casa, !no te jode¡. - Dice José.
- Danos otra ronda José, por aquí por este lado. !Anda¡. - Le digo yo.
- ¿!Cómo¡?, pero que ahora mismo. Aquí estamos para servir, como tiene que ser en la barra de un bar.
Me contesta José mirando de reojo a los inquilinos de la esquina.
- Mientras la pone, iros para el coche tú y él. Y os dais un toquecito.
Le dice Luisi a Rober, mirándome a mí.
- !Venga, guay¡. - Contesta el tal Rober.
Y éste me hace una señal en el hombro para avisarme de que saliera con él.

El coche lo habían aparcado en la esquina de la calle más cercana. Rober y yo nos fuimos directos hacia el automóvil, andando por mitad de la calzada, que era uno de esos turismos semideportivos GSI que tantos se vendieron en cuestión de meses. Uno de esos motores bravidos.
- No está mal el buga, colega. - Le digo, para entablar una efímera conversación.
- Sí, sí, no está mal. Tira bien. Hay que tener mucho cuidado con el acelerador, se te envala echando hostias a las primeras de cambio.
Abrió las puertas con el mando a distancia. Entramos. Dentro olía a tigre, con un olor especial a plástico nuevo, porros y pies. Se podría cortar con un tenedor poco afilado.
- No le vendría mal un ambientador.
- !Bah¡. -Contesta.- Mira que musiquilla más fuerte, tronko. A lo mejor a ti no te hace, pero tiene marcha guapa.
Rober había encendido la radio del coche. Empezó a sonar una mezcla de canciones bakalaeras, pero versionando temas clásicos rockeros y funkys de toda la vida. Era muy original. En especial, me chocó una de Bruce Springsteen/Patti Smith, muy machacada, Because in the night. Ya se sabe a cuál me refiero.
- No está mal. Es original la cosa. - Le animo, al chaval.
- Me la ha regalado un colega que pincha en un discobar. Se ha tirado el folio, ...¿!no?¡. - Casi se moja la oreja al hablar, el tal Rober.
Parecía no tener preocupación por el trasiego de gente que pasaba por el frontal de su coche, el morro estaba lindando con un paso de cebra. La gente tampoco demostraba un interés inusitado por nuestra presencia. "Cojonudo".
La cerveza me calentó el paladar y con ello a su pariente el subconsciente. Un tiro de cocaína empezaba a serme apetecible. Era muy buena hora. Sólo un peligro, si cabía, que pudiera desaparecer el hambre por completo. "Mejor, así adelgazo", me dije en una tonta autoexcusa para esquivar el vicio.
Rober dispuso lo necesario para el minievento. Sacó de su cartera de cuero negro un billete de los medianos y una tarjeta de publicidad, de plástico transparente, de una discoteca de moda, con la que machacaría la nieve.
- Es ala de mosca, coooleghhaggg. Calidad superior - Me dice.
- Ya me lo imagino.
Siempre se dice lo mismo. Todo el que pilla coca aumenta su calidad automáticamente. El sacó un sobrecito blanco donde residía la coca, una carta apropiada para el tamaño de un pitufo. Con la punta de la tarjeta vertió en la cartera varios golpecitos del polvo blanco. Lo aplastó con una de las caras de la misma tarjeta y, sin soltarla, engendró dos lineas; largas, de unos cinco centímetros y rechonchas por el centro, como la caída de un helado de nata.
- Jóder chaval. - Le digo.
- Es que si no, no me hace ya nada, tronko. ¿Quieres menos?.
- !No¡. Ya me hago con el tema. - Lo calmo, al muchacho.
Me sacudí un poco de polvo que me vi sobre el pantalón vaquero negro. Rober seguía el ritmo de la música bakalaera. No sé cómo la aguantaba a ese volumen. Conforme acabó de hacer el rulo con el billete para la esnifada volvió a subir el nivel de ella, el tipo.... ZUUMMBA, TACKA, ZUUMMBA...... TACKA, ZUUMMBA, TACKA....... "Puuuffffffffffffffl", pensé en la falta de cariño general.
Rober seguía el frenético ritmo como un poseso. Agarró el tubo de papel y se lo acopló a su puntiaguda nariz. Los ojos le crecieron unos milímetros dentro de sus órbitas. La raya bien se lo merecía, digo la raya, las dos, paralelas y hermanadas conjurándose para satisfacer... nunca lo tengo claro, qué es verdaderamente lo qué satisfacen..., pero una cosa está clara, ese atontamiento que te entra acompañado de ese otro superalterego que te infla el espíritu hasta el confín de querer escalar una nube si hiciera falta, digo, todo ello te llega a enganchar en algunas concretas ocasiones.
Y hay a quien la ocasión se le vuelve vida entera. El tal Rober me mostró claros síntomas de esto último. "Allá cada uno", pensé tranquilo.
Él terminó de esnifarse su raya y me pasó el rolado billete. Me lo metí en el agujero derecho de la nariz y esnifé. El polvo debió golpear alguna parte sensible y se me saltó una lágrima. Tuve que limpiarme el ojo. Continué con la idea de esnifármela entera y lo hice de un tirón. La coca penetró por la fosa nasal directa a las paredes de mucosidad. Una vez allí, tomaría el camino más rápido hacia el sistema nervioso, al estómago y por la sangre.
Me dio una pequeña arcada. Sí que era buena, sí.
Rober seguía con su particular vaivén de cabeza. Estábamos dando, ya, un cante un poco exagerado. Me dirigí a Rober con la doble intención de irnos y de que quitara la puta música de bakalao que me estaba volviendo loco.
- Coleguita. Vámonos que se calienta la cerveza.
Con la palabra cerveza se me quedó enganchada la mandíbula. Me hizo un familiar quiebro. Un quiebro especialmente antiroñoso, no como un político.
Rober me miró y pareció reaccionar. Apagó la música y bajó el cristal de la ventanilla. Me extrañó. La pretensión era la de volver al bar. "Éste es capaz de dejar la ventana abierta", pensé. Entonces Rober actuó:
- AAGGGGJJJJJJUUUUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuu.....
Gritó despavorido, con su cabeza asomando directa al cielo.
Me quedé mirándolo, alienado por completo. Tardé pocos segundos en recuperarme, no obstante, como a la llegada de un cheque por sorpresa.
- Mola que te cagas hacer el lobo después de darse un disparo gordo. !Tronko¡. Eso no lo sabe la gente.
- !No¡, desde luego.
Rober subió el cristal, sacó tabaco y me ofreció un Winston americano de calidad. Lo encendí y le propiné una soberbia calada y ya tenía la garganta un tanto ensangrentada. La cocaína estaría pasándome por ella y el tabaco me calmaría. Noté la ansiedad que me acuciaba de golpe por echar un buen trago. El alcohol y la coca son unos formidables amigos. Salimos rápidamente de nuevo en dirección al bar de José. Un sudor frío me atosigaba la frente, como si debiera cuatro o cinco letras ya cumplidas.
El día presentaba algunos tintes oscuros algo grisáceos pero en lineas generales podría considerarlo espléndido. La boca del estómago me dio un latigazo, se me habrían excitado los músculos. Entramos al bar. Los dos viejos seguían con su perorata en voz alta, como tenían por norma
- !Pues sí, hombre¡, lo que yo te diga. Así no vamos a ninguna parte.
- Yo, desde luego a mi hija no la dejo entrar ahí.
- !José¡, ponnos una ronda a todos, !anda¡. Como en el viejo Oeste, a toda la barra. TCHKKTT. - Chillé.
Los dos viejos siguieron a su marcha en la esquina, aperitivando. Detrás de ellos y a través de la cristalera -pintada ésta con algunas frases blancas de ofertas de barra- se veía pasar gente. Me fijé en ella.
"...!Anda¡, ahora pasa una señora con un perro grande, alguna mezcla de razas esos pastores centroeuropeos, en cuya cabeza hay sujeto un gorro de paja. Estamos locos, digo. El pobre perro fiel con su dueña, transporta su charro adorno con una muy canina dignidad...
"...!Anda¡, ahora veo pasar un cura con gafas de sol Rayban negras de motorista y auriculares de algún walkman que llevarñá camuflado debajo de la sotana. Y menudo bigote tricolor lleva el tío...
..."!Anda¡", si está ahí el perro mirándome. También llevaba las gafas de sol negras...
"..."Coño¡, me parece ver a los dos viejos momificados y quietos; de madera añeja, con sus vasitos de vino pegados a los labios...
"...El cura se lleva al perro...
"...La señora borra las frases del cristal. Parece que lo limpiara......
"...José levanta el brazo buscándome. Me habla a cámara lenta. ¿Por qué lo hará?...
"..."Tengo la dentadura completamente pegada. Parece que se me han unido los dientes de arriba con los de abajo..."
Escuché entonces la voz de José a velocidad normal:
- !CHAVAL¡. Toma joder, estás en las nubes. Toma tus vueltas.
Alargué la mano e intenté contestarle. No pude despegar las mandíbulas. Asentí y me encendí otro cigarrillo.
Luisi se dirigió a la calle, presumiblemente directo al coche, a darse otro tiro. Rober y José entablaron una charla.
- ¿Que dónde hemos estado, colega? - Le decía Rober.
- Sí. ¿Por dónde os movéis, ahora?. - Le inquiría José.
- Hemos estado ahí en Alcorcón, la zona nueva esa, La Costa Polvoranca, en un polígono de las afueras.
- Han liado una gorda ahí, ¿no?.
- !Y tan gorda¡. Hay mogollón de garitos. Diskos. De todo. Y para papear.
- Eso está muy bien, para que no se quejen los vecinos. Como estos dos pesados que están todo el día igual. ¿!No¡? - Replica José y me mira.
- Es chachi, lo que yo creo que eso es para los fines de semana. A diario no funcionan esas historietas. - Ahora hablo yo, ya bastante recuperado del subidón.
Me dio un pequeño tembleque la mandíbula y debía tener las pupilas como dos platos de sopa negros con un culillo de caldo.
- Claro, claro. -Contesta Rober- Me parece que los días de diario está chapao todo aquello.
- Y de viruta qué tal anda aquello. ¿Es caro?. - Pregunto.
- No te lo puedo decir muy bien. Hemos ido pagando al tuntún. Pero creo que no. No es muy caro. Además están empezando y había muchas ofertas de priva.
- Y de ambiente, ¿qué?.- Pregunta el camareo.
- De putamadre. Mucha gente. Mucho piveo por allí... también ha habido una curra entre dos pandillas.
- Bueno. En las concentraciones populares y con las borracheras eso es normal. Siempre hay percances. - Me las doy yo de erudito en el tema.
- No sé. No sé. Eran los cabezas rapadas esos. Los Skines y algún grupillo con pintas de Punkis. Se engancharon en mitad de la calle. Uno de los punkis acabó bastante jodido. Se lo llevaron para el hospital.
- ¿Y los skines? - Pregunto.
- No sé. Pero se han liado ocho o nueve contra dos punkis. En un plisplas los han puesto que te cagas. No creo que a ellos les haya sucedido nada. Luego desaparecieron del lugar. Eran casi todos jovencitos.
- Normal. Cinco contra uno, ni superman. -Musita José-. Se está poniendo la cosa jodida por ahí..., por esos sitios, complicada.
- Si te pilla un marrón de esos, te joden bien. Pero yo creo que estando un poco atento no tiene porqué pasar nada. -Les digo-. También, en cualquier momento, te pilla un coche o te cae una maceta. No vamos a pensar en eso.
- Estaría bueno que salgas a divertirte y te juegues la vida. -Dice José-. Yo me quedo más agusto y tranquilo por el barrio. El día que salgo, claro, porque acabo cansado del bar y me voy derecho a casita.
- Pero es que en el barrio no te comes nada. Se conoce todo el mundo y no hay manera de ligarse a una tía. - Dice Rober.
- Eso es muy relativo. Si ellas quieren, se lo montan. - Digo yo.
- Ahí, ahí voy tronko. Que cuando salen del barrio, quieren más que cuando se quedan en él.
Asentí con la cabeza y haciendo un gesto dubitativo.
José pareció acabar su pensamiento y nos habló.
- Eso de los Skines es una moda. Yo creo que cuando les sale un curro y una novia que los quiera, nueve y medio de cada diez, se retiran de esos rollos. Sobre todo como tengan que pagar el piso y tal... Y la mayoría de los que forman pandillas callejeras también. Sólo los que siguen un movimiento musical fuerte, como es el Rock, siguen con su estilo de vida sea en la condición que sea. Lo sé porque tengo un vecino rockero que es la hostia el tío y me lo ha comentado.
- Sí, que puede ser, sí. - Le contesté.
Vino Luisi en ese momento. Traía las pupilas completamente dilatadas.

En la tele, en el telenoticias, parlamentaban sobre la EXPO'92 de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, y el Madrid Cultural. Y eso. Publicidad socialista.
- Jóder chaval. Menudo dineral le va a costar al país para que estos hijoputas se hinchen. - Exclamo al conversatorio. Ya se cansaba uno también de tanto montaje propagandístico por parte del gobierno de la nación.
- !Mola¡. Así nos conocen por ahí por todo el mundo. - Salta Rober.
Luisi le pegó un trago al botellín, que se lo bebió entero. Pidió otra ronda. José la sirvió y se enganchó de nuevo a la conversación.
- Sí, si eso está guay. Lo peor va a ser la cantidad de dinero que se van a llevar los intermediarios. Que es lo que les gusta a rodos los tipos estos. Con lo mangantes que se están volviendo. - Digo.
- !Di que sí, colega¡. Había que matarlos. - Clama Luisi.
Parecía tener ganas de hablar. Aunque fuera de cualquier cosa. Otro claro y fuerte síntoma de la droga más propagada de finales de siglo XX.
- Al tiempo, que él decide. - Contesto.
- Pues a mí lo de las Olimpiadas me hace. Es un puntito gordo para que los jóvenes hagan deporte. Mientras hacen eso no hacen otra cosa.
José tenía dos hijos adolescentes.
- !Hombre¡. Eso está muy claro. Lo que yo digo es que la tan machacada riqueza que iban a crear para luego repartirla... que no se la queden. Que eso es lo que han pretendido desde el primer momento los "sociolistos". - Le digo.
- Mira Tato. todos los políticos van a robar o a situarse ellos y los suyos. A adquirir prestigio y poder.
- !Ya lo sé¡. Pero éstos me joden que se cataloguen como izquierdistas sin serlo..., sin serlo la mayor parte de ellos. Ha sido la manera de hacerse con el país. Me parece un acto muy grande de hipocresía.
- !Y qué¡. Si todos van a hacer lo mismo. Que más dá. -Dice José-. Venga tomaros esta ronda que os voy a invitar yo.
José nos sirvió unas cervezas muy al tiempo. Puso de aperitivo unas patatas bravas con salsa muy picante.
El viejo de las pintas de barbita volvió a hablar, en voz alta y mirándome.
- Pero..., cerrarlos del todo. A las afueras. Allí, a meter el follón, allí. - Y lo dijo medio gangueando.
- !Claro que sí¡. Estamos hartos de aguantar. - Le secundó su compañero.
- Eso se soluciona muy fácil... - Repite el viejo de las pintitas negras en la cara, de nuevo.
- Pues, yo no pago ni una ronda más, así que..., acigüatando que es gerundio. - Eso que dije iba dirigido directamente a ellos.
Se hicieron los locos los dos, que les costó poco. Y yo sigo hablando:
- Si para solucionar las cosas de manera drástica yo también sé hacerlo. A todos los jubilados se les corta el cuello, y a los pocos que queden que vivan bien. Bueno, y ni eso..., a alta mar en cuatro barcazos, un buen petardazo y a hacerle compañía a los moluscos.
Se callaron los dos viejos refunfuñones y siguieron a su aire, en la esquina. La brusquedad, y macarrada, con la que traté el tema dejó el asunto zanjado. Se acostumbra la gente a unos comentarios y cada vez van a más y más y acaban por joderte del todo. En este país refranero hay uno que dice: "cuándo el río suena, agua lleva", es decir, cuando la gente habla es que tiene motivos. !Vamos¡, que te levantan un falso testimonio, si a alguno le sale de los huevos, y acarreas con él para toda la vida. Que me dejaran en paz y cada cual a lo suyo. José dijo:
- No hay que mosquearse, hombre. Están un poco colocadillos. Se han bebido muchos vinos y ello les conduce a las habladurías.
- !Ya¡, si lo comprendo de sobra, pero a veces hay que cortar por lo sano. Si yo me paso que hagan lo mismo. Mañana si los veo los invito a otras dos o tres rondas si se tercia. - Le contesto y sigo:
- Se empeñan en cerrar el bar y lo consiguen.
- A mí me dicen lo mismo, pero hay que tragar. - Culmina José.
Mi tono elevado de voz acarreó que se me despegara una bolita de coca de la garganta. Otra vez las ganas de fumar inundaron todo mi ser.
Y pedí una ronda, esta vez sólo para nosotros.
- José. Ponte tú también. Digo, vamos, que te pongas de beber, sólo...
Echamos un par de cigarrillos seguidos. Salpicábamos la conversación con alguna que otra gracia superficial. José quitó la tele y volvió a poner musiquilla. Una mezcla de flamenqueo hondo, también muy buena para el aperitivo, aunque el buen flamenco puede tener cabida en cualquier reunión de cualquier momento. Luisi propuso el tomarnos unos chupitos de Jack Daniel's. Todos aceptamos. Y volvimos a echar humo por la boca.
Rober tuvo un tirón cerebral. Una idea luminosa.
- !José¡. Toma pon esta cinta de música, que flipa. - Le dice.
El muy mariconazo la había cogido del loro de su coche un rato antes. "Jóder", pensé. José tratando de ser cordial no tuvo más remedio que aceptar la sorpresiva proposición y la puso. ......ZUUMMBA, TACKA, ZUUMMBA......TACKA, ZUUMMBA, TACKA...... Comenzó a oírse por los altavoces. Éstos eran de baja potencia. "Menos mal". Ahora hablaríamos poco. Tampoco importaba demasiado, para lo qué se dice en la mayoría de las ocasiones, no íbamos a perder nada fundamental.
Rober pidió otra ronda, en probable agradecimiento a la buena intención de José. Y todos aceptamos. A ver.
Al amparo de esa inquietante música el aperitivo se tornó en alterne, directamente. Así debió notarlo Luisi. Decidió que nos metiéramos otra raya de cocaína. Lo propuso con mucho disimulo. Todos aceptamos. Rober le dio las llaves. En esta ocasión nos dirigiríamos al coche él y yo en primer lugar. Repetimos casi en su totalidad toda la operación anterior. Y nos acoplamos en el coche GSI. Acabamos enseguida. Las prisas le entraron a Luisi y me pareció perfecto.
Salimos del coche y lo vimos, era un personaje estrafalario que nos miraba de frente y tenía la mano extendida. Era pelicorto, rizado y moreno, su tez algo morena delataba su procedencia caribeña. Nos impedía el paso hacia el camino del bar. Los dos lo miramos con agudeza. Tendría algo más de cuarenta años y una altura considerable. Su mano izquierda, extendida, pretendía que le echáramos alguna limosna. Lanzaba unos balbuceos vocales ininteligibles:
- ARRRFFFGGGG, ...aaaRRRfffFFFgggGGGgggg, ...porfff fffagvvvorrrrr...
- ¿Tú sabes idiomas, colega?. - Le digo al tal Luisi.
- !Yo no¡. Tú -le espeta al recién llegado-, sácate el chicle de la boca que no se te entiende nada. Y el hombre pareció callarse al instante.
El individuo llevaba puesto unos harapos para protegerse de las inclemencias del tiempo y una zapatilla de cada clase. Era lo único que se le veía que no estuviera roto. Una chaqueta de tela verde algodonosa, con los bolsillos rotos y un vaquero, que le estaba muy ancho, se lo sujetaba con un cordón blanco. "Vaya prenda", pensé. Volvió a hablar..., por decir algo:
- Guuuna limosna, ...porfff fffagvvvorrrr...
Un moco le colgaba de la nariz que le entraba y salía según respiraba. Su mirada era abstraída e híbrida. La mezcla entre lo que veía y lo que pretendía ver no era la misma. Se decantaba el asunto. El alcohol le había convertido los ojos en vidriosos. Serían la bebida y los inconvenientes de dormir a la intemperie.
- Parece que está jodido el tío. - Me dice Luisi.
- Está medio asfixiado. !Qué asco, mira que moco le cuelga¡.
- !Quita de enmedio¡. Capullo. - Le grita Luisi.
- Éste la palma aquí mismo. Creo que está en las últimas. - Replico yo.
- Guuuna llimosna, ...porfff fffagvvvorrrr.... ...pá.... comerrrrrfffffff...
- ¿Le compramos un bocata, socio?. - Le pregunto a Luisi.
Éste me hizo un gesto de acatamiento y daleó la cabeza a un lado y al otro.
Se me ocurrió esa idea. Con seguridad lo que más deseaba el individuo era apretarse un tetrabrik de vino.
- !Mira¡, vente para acá que te vas a comer un pincho. Y límpiate el moco, !hostias¡. - Le digo al individuo.
Pareció entendernos. Nos captó la idea. Se apartó de la acera a un lado. Le señalé con el índice derecho que siguiera recto por la acera, y se colocó detrás de nosotros. Oía sus bramidos a un metro de distancia. No lo perdimos de vista. Parecía entender el español. En uno de los giros, y cuando estábamos a punto de llegar, observé como se limpiaba el moco con la manga de la chaqueta.
- !Ahí, ahí, Zombi¡, un poquito de higiene. La madre que te parió.
Soltó una especie de sonrisilla al escucharme.
Luisi fumaba como un desesperado. Me contagió. Saqué el tabaco y encendí uno. El zombi me miró.
- Luego, cuando comas y te recuperes te doy uno. ¿Vale?.
- ....arrrggggfff...vvfffalllleeeee.......
- !Coño si entiende y todo¡. - Exclama Luisi.
- Ahora se aprieta un montado de algo y mira ...una ayuda a los desarraigados, que en definitiva somos casi todos.
- Por mí le pueden dar por culo. - Dice Luisi.
- !Hombre¡, para comer, hay que tener un detalle de vez en cuando. Además lo voy a invitar yo, porque me sale..., del interior del bolsillo...
- Sí, porque lo que es yo paso del tío éste. Jóder cómo huele.
Llegamos al bar de José.
- !Zombi¡. Acóplate allí y no te muevas que vas a comer. - Le dije al vagabundo. Le hice los gestos necesarios para que me entendiera de sobra. Cuando gesticulé la acción de comer le vi un brillo en sus ojos, espectácular, y me alegré.
- ¿!Qué pasa aquí¡?. - Pregunta José.
- !Nada ...hombre¡. Veras como se porta bien y se va rápido a echarse una siesta por ahí.
- ¿Es que vas de samaritano, ahora?. - Me dice José.
- Tú ponle algo de comer blandito y me lo cobras. Es más, a nosotros nos pones otra ronda también. Y dos vinitos a los señores conciudadanos.
Señalé a los viejos, que seguían en la esquina con sus batallitas internas.
Los dos viejos me miraron. Levantamos la mano a la vez en un saludo afable. Estábamos de alterne, qué coño. Allí, como en cualquier parte, debía de predominar la paz.
El recién bautizado zombi se las apañó para conseguir un vaso de vino, uno de esos largos. José le decía:
- !Toma hombre¡, bébete el vinito que si no no te va a entrar el bocadillo.
Aquél lo devoraba ávidamente, y el vaso de vino se lo bebió de un trago.
- ¿Le pongo otro?. - Me pregunta José, refiriéndose al vino.
- !Pónselo¡. Y dale otro montado. No se lo des de queso que se ahoga, je, je.
El zombi se comió el primer montado de dos modiscos. Yo creo que ni siquiera lo masticó. Lo dejamos en la esquina a su aire. El viejo de las pintitas en la barba, estaba contándole un chiste a su compañero:
- ¿Sabes por qué no llueve en Uruguay?...
- !Pues, no¡.
- ...porque arriba tiene el Paraguay...eje,eje,eje... - Y garraspeó.

José había bajado el volumen de la música bakalao. Era de agradecer el detalle. Ese tipo de música solamente me había sentado bien en muy concretas ocasiones y a muy altas horas de la madrugada. En el resto de coyunturas se me hacía horriblemente pesada. Sobre gustos hay mucho que relatar, cada cual con lo suyo. Al tal Rober parecía gustarle. Ejercía sobre su cuerpo una presteza uniforme y constante, de adelante hacia atrás. "Una clase de aerobic, sí que tiene esta musiquilla, sí", le dije a una pila de cajas de cerveza.
- Qué poco faltó anoche para que ligaras, !¿eh?¡. - Le dice Luisi a Rober, apoyándole la mano en su hombro, de repente.
Éste no contestó.
- ..ja, ja, ja, casi se liga un travesti. Iba muy maqueado. Una Drak Queen, de esas., ja, ja, ja.. , la confundió con una piba.
Rober seguía con su especial bamboleo.
- ...la invitamos a una raya en los tigres y le empezó a meter mano cuando se agachó a esnifársela... - Prosiguió Luisi.
- !¿No?¡. No me jodas que fuiste capaz de hacer eso. - Le digo yo.
- !Mira el santo éste¡, cómo que a lo mejor tú no lo has hecho nunca.
- !Hombre¡, en los tigres, con lo mal que huele. - Insisto.
- !Sí¡, como a que esas horas te enteras de algún olor, con la tocha emporrá, no me jodas. - Replica Rober.
- Yo creo que le comió la boca un poquito. - Dice Luisi.
José se percató de la conversación en ese momento y dijo.
- Me han dicho que se lo hacen que no veas. Eso me han dicho.
- !Bah¡. No es para tanto. - Contesta Rober.
- !Se lo hizo, se lo hizo¡. - Exclamamos todos a la vez, para acto seguido reírnos a carcajadas y en tono muy alto.
- Iros (idos debió decir),) a la mierda. - Replica Rober.
Yo sabía de más de un caso de alguien que se había dejado hacer una mamada por un travestí. Con la borrachera y en plena fiesta aquellos están muy avispados y a veces lo consiguen. Rober siguió con su caprichoso bailecito. No parecía preocupado en la más mínimo. Acaeció otra reciente ronda encima de la barra. Las jarras se te metían por los ojos. Ninguno cogíamos aperitivo de los platos y José seguían acumulándolos por donde podía, entre las vidrieras de los cubreplatos; ...por entre las bebidas; ....por encima de alguna jarra...
Hacía rato que había entrado más gente en el bar. Nosotros ni nos percatábamos. Parecía que formáramos parte de la estructura del bar desde su creación. Gestos autómatas impregnaban el paisaje conformado en nuestra posición, codo arriba, codo abajo, cigarro va, cigarro viene, y risas por doquier. Y mucha cerveza, siempre cerveza.
Luisi quería meterse otro tiro. Yo pensaba perdonarlo para un futuro próximo. Se me había estabilizado el sistema nervioso y me sentía bastante satisfecho en mi estado de ánimo. Además, con las cervezas mantendría la marcha que me convenía durante todo el rato que me propusiera. Ellos dos sí que no lo perdonarían.
Estando en esa tesitura comenzamos a captar un olor peculiar; muy peculiar y definido; muy definido. Era un olor intenso a huevo cocido podrido; intenso a tope. Provenía del servicio.
- !Jóder qué peste, colega¡. - Dice Luisi.
- Viene de ahí del tigre. - Afirma el tal Rober.
- !El zombi¡. - Exclamo yo.
En efecto, el zombi estaba cagando.
- !Mecago en la puta¡. Éste maricón no habrá olido una taza desde que se escapó de su país. - Dice José, algo enfadado.
El olor crecía por segundos. Ahora ya no era de huevo podrido. Era todo el banquete de Navidad de Pavarotti.
A nosotros tres nos pillaba de pleno. Nos movimos un par de metros hacia el centro de la barra, con la misma mirada y presteza que uno que hace cola en la taquilla del metro. La gente que entró momentos antes pagó y se fue. Los dos viejos no tardaron en hacer lo mismo. Rober y Luisi aprovecharon el momento para irse al coche a por otro latigazo para la nariz. Yo no quería mirar a José.
- Cóbrate¡. - Le digo, poniéndole un billete grande en la barra.
- No pensarás irte tu también.
- Es que se me hace tarde. Se me ha pasado el tiempo como si nada.
- !Una polla¡. Ya estás sacando al hijoputa ese de ahí antes de irte.
Enseguida me vi dando varios golpes en la puerta. "!TOCK, TOCK, TOCK¡".
- ...fffvvvoooyyyyy.....eesspperrraaaaggg....- Se oía como de ultratumba.
- !Mecago en tus mulas¡. Sal ahora mismo que te meto, Zombi. - Le chillo.
Tuve que taparme la nariz para poder acercarme. Golpeé de nuevo, ahora un poco más fuerte. ...TOCKKKKK... ...TOCKKKKK...
Al fin se abrió la puerta y el zombi salió con los pantalones sujetos por una mano, mientras que con la otra parecía que nos estuviera bendiciendo.
- !Pero cómo eres tan cabronazo, Zombi¡. Estás corrompido.
Del interior del recogido servicio vino una invisible nube de peste que abarcó todo el bar. "!Que bárbaro¡". Se podía mascar. Era un olor en tela de araña. Me explico, el aire podía transitar a su través y la tela no se inmutaba. José estaba descompuesto. El zombi parecía mucho más entero y comenzó a platicar con su espíritu:
- ...EEELLL FIN DEL MUNDO ESTA CERCA. PREPARAROSSSSSOOOOOO... ...PECADOREEEESSSSS..... OS VAIS A CONSUMIR EN LAS LLAMAS DEL INFIERNOOOOOOOO..... PECADOREEEESSSSSS.... eguIIIIDDDDD.... SEGUIIIIIIIIIIDDDDDD .......SEGUIIIIIDDDDDDDD ..........SEGUIIIIIIIDDDDDDDD.... VAIIIIISSSS A SUFRIIRRRRRR........ YA VERREEEIIISSSS.............. PECADORESSSSSSSSS........
- !Mecago en la madre que lo parió¡. -Digo yo-. Si el fin del mundo va a ser como cague este tío otra vez, aquí.
- Va a ser para él. Se lo voy a dar yo como no se vaya de aquí ahora mismo. - Ya has oído al jefe, zombi. - Le digo, señalándole la puerta.
El zombi se fue. No dio ningún problema. Debimos caerle bien, o mal, y nos respetó. Nada más irse le digo a José:
- ...!Bueno¡...ahora sí que me voy, que tengo que hacer alguna cosilla...
- Sí, vete anda. Coge las vueltas del billete buen samaritano. La próxima vez te vas con los Médicos sin Fronteras al Africa. ¿Vale?. Miedo me da entrar al tigre, a ver que ha echado el hijoputa ese. Ha espantado a toda la clientela.
- Pásate luego por el bareto si te apetece que hoy estás invitado.
Le dije a José a modo de despedida.
José no contestó. Yo esperaba poder compensarle por el desaguisado.
Todavía a unos cuantos metros del bar se olía una muy fuerte mezcla a mierda y ambientador. "Hay que joderse", pensé.

Pasé junto al GSI de los dos colegas marchosos. Estaban los dos marcando el ritmo a la par y tenían los cristales de las ventanillas subidos. Eso no impedía la cantidad de sonido por el que estaba rodeado el coche.
Giré mi andadura hacia la derecha, hacia la esquina, y me paré para encenderme un cigarrillo, de esos de pleno pulmón. Entonces me percaté de la presencia del Zombi frente a un escaparate. Le estaba endosando un buen discurso a un cartel publicitario.
Era la cara, a escala normal, de una modelo que anunciaba gafas de sol.
- "...TEE VASSFfff ...Aaa EEEEEENNTERRARRR...". - Le increpaba.
XXII
Enrique hablaba con su mujer. Y el bareto acababa de entablar el inflexible trayecto que le correspondía ante la innegable llegada de una nueva jornada en el humano alterne, ojo. El hombre tenía toda la pinta de haber soltado el currelo en pocos minutos y debió querer beberse unas cervezas antes de subirse a su casa. Ella debió percatarse y bajó enseguida.
- !Vaya¡, qué prontito nos soltamos el pelo, !¿eh?¡.
La mujer era bajita, rechoncheta y con el pelo moreno y grasiento. Muy pintarrajeada toda la cara, de haberlo hecho con enormes prisas.
Sonaba una mezcla de grupos españoles con Radio Futura a la cabeza, El Ultimo de la Fila y alguno más radical, como Extremoduro y Barricada, todo regalo de una amigaclienta.
En ciertos momentos esa música tocaba cielo. Éste era, sin duda, uno de esos. El volumen iba en sintonía con el lugar para no abusar de los decibelios.
- Ponle una cerveza a mi mujer. - Dijo él.
Eran los únicos clientes del bar. La música, al ser de lo más conocida, dejaba los oídos atentos ante alguna parada circunstancial en la charla. "Momentos de tranquilidad y de agradecer", le dije al grifo.
Enrique habló de nuevo.
- !Anda -dice con una sonrisa medio cínica-, que se te escapa un detalle¡. ¿Estabas asomada desde hace una hora, por lo menos, !no¡?.
- Sí hombre. Pendiente de ti ...iba a estar. No tendría otra cosa mejor que hacer yo.
Replica ella con una risilla de lo más parecido a la que te echa tu madre, de niño, dos segundos antes de castigarte por no haberte comido todo el plato.
- Entonces, ¿cómo has bajado?. ¿Una casualidad?.
- Mira. Ves como eres un listo... que tenía que comprar detergente y según bajaba te he visto entrar...
- Vaya, !!JAAAA, JAAAAA¡¡,
- Lo que tenías que haber hecho es subirte a la casa rápido a ver si me hacía falta algo. - Replica ella, repitiendo risotada.
- Pero si salí esta mañana a las seis y media de la mañana y he vuelto ahora que son las ocho de la tarde. ¿Es que quieres que haga milagros?.
- ¿!Y yo qué¡?. Todo el día en casa como una esclava. Atendiéndolo todo. Toda la carga es para mi... !machista¡.
- Sí, sobre todo por la carga de tu madre. - Dice él.
- ¿Qué tienes en contra de mi madre, !eh¡?.
- ...!Yo....nada¡. Pero que te ayuda muchísimo. Te hace toda la comida, la mujer. Y atiende a los críos, que parecen que son más de ella que tuyos.
- Mira el listo. ¿Tendrá que aportar algo?. Para eso vive aquí gratis. Además, ella lo hace voluntaria.
- Vaya, !!JAAAAAAA, JAAAAAAA¡¡.
- Lo que pasa es es que tú quieres que se vaya.
- !Yo no¡. Esos son tus cuñados que no la quieren ver ni en pintura... a mí de da igual... se porta muy bien con los niños. Es muy buena suegra.
- Falso, que eres un falso.
- Déjame tranquilo, que si no te subes para casa, pero ahora mismo. Tómate la cerveza y cállate. ¿No decías que te gustaba la música de aquí?, pues venga a escucharla.
Ella se calló durante unos segundos. Transcurridos unos pocos, dijo, con lágrimas en los ojos.
- Todos los golpes son para mí.
- ¿Eso es lo que te enseña la marujona de tu vecina?. !Lo de los culebrones esos, ...que voy a tirar la tele a tomar por culo¡. ¿Qué te crees, que no sé que los veis juntas por las mañanas?, cada día en casa de una. Y después media hora larga para comentar el capítulaco ese o el que os salga de las narices.
Ella arrancó a llorar de una manera clara y quejosa.
- !Mecago en dios¡, con los lloriqueos. Vaya una costumbre. Yo sí que estoy para llorar que me he descargado hoy dos camiones de cemento. ....!Pon dos cervezas¡, haz el favor hombre.
- Nos tomamos estas y nos subimos para casa. ¿Vale?.
Dice ella, en plan suavón y limpiándose las mejillas.
- !Mira¡. No me gusta tomarme las cervezas con horario. Eso no le gusta a ningún tío. Y a mí menos., ¿ Me has oído bien?. Hoy en la obra no nos ha dado tiempo ni a echarnos unos litrillos. ...así que...
- Así que, !¿qué?¡.
- Que te subas tú y ahora subiré yo cuando acabe.
- Cuando la mesa este puesta. ¿Verdad?.
- Pues claro, así no molesto. Además, ya pongo yo la mesa toda junta a final de mes.
- Pues te subes ahora mismo y seguimos discutiendo ahí arriba, en la intimidad como hacen las personas. - Replica ella.
- Pues, espérame arriba. ¿Ves?, como me tienes que dar la razón. ¿A qué bajas aquí?. A dar la nota que es lo que te gusta a ti. Si me tenía que haber quedado por ahí, con los compañeros y no me hubiera complicado la vida.
- !Cómo los malos maridos¡.
- Con eso tenías que haber dado tú. Con un mal marido y te hubieras agradecido los pequeños detalles como agua de Mayo. Estás muy mal acostumbrada..., tú.
- !Ay señor¡.
- Eso digo yo, !ay señor¡.
- !Mira¡, como no nos subamos ahora mismo te vas a enterar.
- ¿Qué vas a hacer?. Me vas a montar un culebrón de esos venezolanos, como los que monta la maruja de arriba.
- !Me voy¡. Tú lo has querido.
- Ten cuidado con lo que haces, a ver si luego te arrepientes y te tiras tres días lloriqueando y se te hincha la cabeza.
Ella se encaminó a la salida, una puerta con un simulacro de vidriera multicolor. Dio un portazo, Y casi la rompe. Hay que hacerse notar en las discusiones, el amilanamiento por parte del contrario te puede ayudar a ganar la partida más rápidamente. Enrique se quedó calmado cuando contempló la marcha de su mujer.
- Ponme otra cerveza, ...bien tirada, a ver si me la puedo tomar tranquilo.
Dijo, a la vez que se trajinaba un profundo suspiro pulmonar.

El aspecto que presentaba y a expensas de su anterior conversación era el de un hombre un tanto desolado. O quizá, cansado, tanto física como psíquicamente. La manera de beberse una cerveza delata en multitud de ocasiones el estado anímico. Enrique la elevaba muy lento como el ascenso de un cisne. Hacía una parada a mitad de camino para observar la acristalada jarra, después ingería gran cantidad de líquido del tirón.
Indudablemente estaba deprimido. Pidió otra jarra y se la serví.
Bajó su mujer. Portaba un chaval de unos cinco años en brazos.
La mujer se postró en mitad de la puerta de entrada, despatarrada, en jarras, dicen algunos.
- !Mira hijo¡. Mira dónde está tu padre. ...!ahí, lo tienes¡. En vez de estar en casa corrigiéndote los deberes...
La cara de Enrique se transformó en un poema árabe de desolación. Eso fue al principio. Más tarde, lo hizo en otro de ira. Dos venas gordas, como culebras, aparecieron en su frente. La mujer siguió hablando:
- ...no llores hijo mío. No llores....
El niño no parecía tener síntomas de lloriqueo. Enrique le dijo:
- Ven aquí hijo mío. Ven aquí con tu padre que te vas a tomar un colo-coca de ésos.
Lo decía lanzándole a la vez dos mortíferos rayos con la mirada a su mujer.
- !!NO¡¡. -Dice ella-. El niño no se mueve de aquí. !Eres tu¡, el que se tiene que subir.
- ....!loca¡...-Dice Enrique entre dientes-. Toma, cóbrate que me voy.
- !Vamos venga¡. - Grita la mujer de nuevo, a su hombre.
- Tome las vueltas Sr. Enrique. -Le propuse-. Aquí tiene usted su casa, O.K.
La mujer me perdonó la vida durante un minuto seguido.

Enrique se levantó del taburete desganado por completo, después de apurar su cerveza. La mujer lo seguía esperando en la entrada. Se apartó para que pasara él. Ella le siguió muy decidida, sin volver la vista. La cara del chaval era como asustadiza, de despiste transparente, y se quedó mirando el bar y la decoración fascinado mientras se alejaban.

Se me vino a la cabeza aquel dicho de un gran pensador, Gilbert Gratiant: "toda prisión tiene su ventana".
Cuánta razón lleva el hombre. Pero para todo, opino yo, lector.

Vi de lejos a Enrique coger a su chiquillo en brazos. Le lanzaba cariñosos besos en la cara y le señalaba algo en concreto, que el niño aprobaba con unas risas. La mujer abrió la puerta de aluminio del edificio con su llave.
Y ella hizo las veces de portero de edificio cediéndole, amablemente, el paso a su marido e hijo, a la búsqueda del dulce hogar.
XXIII
Era un día cualquiera, como todos, hasta que ocurra algo que lo haga especial y lo recuerdes. Y la medianoche estaba a punto de caer. Fernandina, la camarera, servía las pocas consumiciones que le daban algo de agasajo al local, acompañadas éstas de sus consabidos consumidores. Era calor sustancial para la caja registradora, calor humano para la decoración, calor económico para Fernandina. Y todos esos calores juntos más uno agregado, el de la satisfacción, para mí propia persona. La noche parecía tranquila. Decidí poner música caribeña un ratito, Santana con su grupo de fusión y con un cantante de excepción, Jhon Lee HooKer, harían las veces de anfitriones musicales.
Fernandina llevaba puesta una falda ostensiblemente corta. Sus distintos movimientos y contoneos hacían que aquélla adoptara formas y pliegues harto benévolos para la mirada humana. Desde luego bastante más benévolos que los traviesos frunces que me daba a mi la camisa, mal arremetida contra el pantalón también, malamente, caído.
Ella desarrollaba la labor aficionada de pinchadiscos; D.J., como dicen los yanquis. David Byrne y su disco de exploración de ritmos afroamericanos -lo grababa- nos hacía mover los pieses, como diría mi abuela, "pobretica"...
- ¿Tienes la canción esa de "Oye cómo vá", de Santana?. - Habla Fernandina.
- Pues sí. Es un clásico de los buenos. - Le contesto yo.
- A mí me gusta, que te pasas.
- ....¿!qué yo me paso¡?...
- No joder. Qué menda. Eres vacilón un mazo.
- A ver, hija mía, es mi mejor alimento. ¿Por qué te gusta tanto esa canción?, anda díselo a papá. - Me giré para buscarla en la estantería de discos.
- ...bueno... es que durante un tiempo la oía todos los días... ya sabes.
- Te enamoraste escuchándola, ¿verdad?.
- Sí, bueno...
- Eso está muy bien. Hay que enamorarse cantidad, en la vida. Como dice mi amigo Juan: "...una y otra vez..., siempre que te dejen".
Encontré un grandes éxitos del artista en cuestión, en el que hallé la canción preferida por mi compañera. La pinché enseguida.
No quise indagar más en profundidad sobre aquel amor de mi compañera de barra. Tuvo que acabar bien o mal, pero debió terminar tiempo atrás. Ahora ella era soltera. Cuando un amor acaba, siempre acaba mal. Si lo sopesamos un poco, el mero hecho de llegar al fin una historia de amor es un mal final, cuando menos es triste. Y la tristeza nos perjudica a las personas. A la inmensa mayoría.
Sólo he conocido un caso en que la tristeza era bien recibida. Se llamaba Juanjo y tenía alma de poeta (topicazo al canto, pero describe bien el asunto). Aparte también tenía interés, porque con el alma sola no se escribe. Si dependiera de ella, del alma, la poesía, la hoja siempre estaría en blanco, puñalada para aquélla, precisamente. Juanjo opinaba que cuando era feliz, o algo parecido, no podía escribir absolutamente nada. Entendía por felicidad la mezcla entre lo material y lo sublime encauzados por el buen camino: sin deudas, alguien con quien hacer el amor, trabajo fijo... "Pero Juanjo, mi amigo, nunca podrás ser dichoso. Si escribes te faltará lo otro que es muy necesario para tu subsistencia en esta civilización. Y si tienes lo otro, te es imposible escribir", le comentaba al amparo de alguna amistosa barra en cualquier bar de los baratos. Él admitía el planteamiento y lo acataba lo más digno que podía. La tristeza es al espíritu lo que la timidez a la simpatía, le comenté en alguna cóncrita ocasión. Le perdí el rastro al colega. Sé que se casó, marchó de Madrid, y se inclinó por la felicidad.
Viendo mover la cadera a Fernandina el espíritu asomaba la cabeza con descaro, buscando esas nalgas que afloraban entre giro y giro. Ella se percató de mi insistente mirada y se giró y puso su culito en pompa y dio un respingo. "Fernandina, que me pierdo", le digo.
Decido proseguir con la grabación, a mi aire. Las pocas personas que retozaban por el bareto repitieron ronda. Creo que a medias entre las mezclas musicales y el improvisado baile de Fernandina lo consiguieron. Entonces le ofrecí tabaco a la muchacha. !Ale, alegría¡.
A los pocos minutos entraban por la puerta un grupillo de jóvenes sin edad definida, todos en el marco ajustable para estudiantes de universidad. La apariencia: la de una pandilla de punkis. "Veremos a ver".
Las pandillas de punkis, al igual que otras bandas callejeras, suelen crear brotes de violencia; entre ellas, y contra todos. Algunas lo hacen nada más verse, de ahí que se esquiven continuamente. Ésta era una pandilla de jóvenes amigos que adoptaban una imagen moderna. Desde luego, ese estilo de vestirse es de lo más barato y con una buena dosis de imaginación se va bien preparado para una exquisita tomada por los bares de copas. Los bares de copas, no blandos. Aunque también pecan de agresividad en sus momentos otros baretos de los que se consideran para gente bien. El alcohol agrava, con mucho, todo el cónclave.
Pensé que yo estaba de suerte ese día. O yo, o alguien cercano a mí, que bien podría ser Fernandina. Esta pandilla no representaba peligro de bronca alguno. Eran, más bien, modernos disfrazados en simulación. Todos, excepto uno. Ése no terminaba de entrar al recinto, se apoltronó en la entrada haciendo las veces de peluquero aficionado en la vieja vidriera que adornaba la puerta. Y, el jodido, llevaba el pelo a lo cresta, muy seco, más abultado de un lado que del otro, del que dormía seguramente. Hacía gestos muy parecidos al de un pájaro que se viera en un espejo.
El resto del grupo lo formaban varios chicos y chicas que se acoplaron en una esquina de la barra. Ésta les vino al pelo, de colorines, para remate. Su situación era estratégica, formando un recodo con una pared muy propicio para un evento similar. Se había diseñado precisamente pensando en eso, en que fuera un rincó exclusivo. Entonces una chica me dio una tarjeta de publicidad firmada por mí. Me imaginé por qué se la habría dado en su momento. Sin recordarlo.
- !Hola¡. ¿Te acuerdas, tronkín?. - Me dice la niña. Tenía el pelo rojizo.
- !Hola¡. La chica te atiende. Yo ahora no puedo. - Replico.
- !Colegui¡, no te acuerdas que me diste esto para que me pasara a que me invitaras a algo. ¿Me invitas a un mini?.
- Mira, seguro que la tarjeta que te di era para ti sola. ¿Comprendes?.
Era la verdad. Pero las miradas estaban, las de toda la pandilla, esparcidas por encima de la barra, y de mis hombros. Y la tarjeta con mi firma.
- NO dijiste que podría venir con mis amigos. ¿No te acuerdas?. Es que me he cambiado el pelo. Me la diste un día al mediodía en un bar de la zona esta.
La miré fijamente a los ojos. Si le llego a ver el culo seguro que lo hubiera recordado enseguida. Con la mirada bastó.
- Ahora me acuerdo. Pero te iba a invitar a ti sola, insisto.
- !A MI SOLA¡. NO DIJISTES ESO TRONKO... !NO TIENES PALABRA O QUÉ¡.
Lo dijo en voz alta la muy putilla. Miró a sus amigotes de reojo.
- Te pongo un mini y te olvidas de mi, O.K.
- Dabuti, colega. Mola un mazote, tronchhhh. MIRAD, MIRAD, nos vamos a tomar un mini de güiski Dyc. - Dice la chica a sus acompañantes.
- Yo no he dicho eso.
- Es que nosotros sólo bebemos eso. Un segoviano chachipell.
- Vale, vale. Bueno.
Contesté mirando a Fernandina a los ojos. Ella estaba pendiente de la conversación. Le di un gesto de aprobación. Les puso el mini no de muy buena gana y con algo de retintín.
Agarraron la bebida y se hicieron un estrambótico corrillo en la esquina. Sus risas eran estridentes, de modo que subí el volumen del amplificador. El punki de la puerta seguía haciendo de pájaro loco en la entrada. Estaba viendo que tendría que darle un toque de aviso. Igual alguien se me asustaba, mas, me parecía rara tal situación debido a que el bareto reflejaba aspecto duro.
Fernandina me ofreció un cigarrillo, un Camel fresquito. Lo acepté y lo encendimos a la vez. Cada uno con su mechero. Compartíamos un cenicero que había traído ella como atención al local que tenía la facultad de tapar el olor a humo.
Estando en esa tranquila postura se acercó hasta nosotros otro integrante del grupillo recién llegado. Un muchacho de unos veinte años, con aire de espabilaete. Me habló un tanto gangoso y petulante:
- !Oye, me pones la polla¡.
Grita, mientras empuja un poquito de saliva entre sus dientes.
Mi reacción fue de total asombro. Abrí los ojos más que la primera vez que vi chingar a dos perros.
- !!QUÉ¡¡... - Le pregunto en voz alta.
- ¿Qué si me pones la polla?.
Giré la cabeza para mirar a Fernandina. Ella seguía casi impasible saboreando su cigarro. Miré al chico y le dije:
- ¿...es que te quieres parecer a la sota de bastos... o algo así?.
Fernandina soltó una risa explosiva. Bajó el tono rápidamente.
- Ponme la polla, colega... venga, joder, que mola que te cagas.
Volví a mirar a Fernandina, encogiéndome de hombros.
- Se refiere a la Polla Récords, seguro. - Dice ella. El punkarrilla asintió.
- No veas tú, estás hecha una punki de las buenas. - Le digo a Fernandina.
- Hay que tener reflejos, !chaval¡. - Contesta ella, guiñándome un ojo y se aleja al otro extremo de la barra.
- No tengo a la polla esa, pero sí que tengo a los Sex Pistols. Ahora te los pongo. Relájate, un poco, mientras tanto. - Le digo al punki.
Le indiqué al modo de Colón, el descubridor, que se alejara a su sitio. Se fue el muchacho agradecido.
No vendría mal un par de temas del grupo radical y marginal inglés. Había en el disco una versión del My Way de Paul Anha/Frank Sinatra, que versionaban a su estilo tan peculiar y ruidoso. En mi opinión particular prefiero la que hace Nina Simone. Ellos no pensarían lo mismo, desde luego.
Tuve tiempo de oír el nombre que le daban al tipo extraño de la entrada sus emponchados amigos. "Pájaro, ven paraká", les oía. "Jóder chaval que apropiado, pensé". "Venga, un traguito por la ecolalia", me dije.
El Pájaro, para mí loco, se acercó saltando al corrillo. Llevaba la idea de dar un trago. Su mano alargada como un poseso a la caza del mini lo delataba. Los Sex Pistols entraron en acción en ese momento. Él comenzó a saltar sin moverse de la baldosa. Fernandina me miró a mí. Yo lo miré a él. Él miraba a todos lados y a ninguno y siguió saltando. Al momento, no tuve más enmienda que la de salir de la barra y tratar de calmarlo. Cometí un fatal error, los Pistols seguían sonando a un volumen considerable.
El tal Pájaro se percató de mi salida. Salió corriendo justa detrás de su corro de amigos. Allí se aposentó en la esquina de la barra contra la pared. Allí, precisamente, donde yo hube dejado mi cubata de Cutty Sark. Lo vio y se lo bebió de un trago el muy animal. "Ahora sí que vas a la calle, sin dudarlo", recapacité con vehemencia.
Pareció darse cuenta de mi intención. O eso, o el whisky le explotó en el organismo. No soltaba el vaso, así que me acerqué con cuidado.
Entonces el Pájaro lo hizo ...el muy cabroncete.
El vaso era de vidrio fino, noble. Le arreó un bocado de tal manera que arrancó el cacho de cristal y se le quedó encasquillado en la boca. "Punki cabrón, la que me has liado", le chillé. No se dejaba tocar y tampoco dejaba de sangrar. Le indiqué a mi compañera, mediante mímica, que apagara la música. Lo hizo.
Tuvieron que intervenir sus amigos. A ellos parecía tenerles apreció y se dejó hacer. Entre todos le arrebatamos el cacho de cristal de la boca. Nos manchó a varios la ropa de sangre. Roja como todas.
A los cinco minutos y en los servicios ya parecía más calmado y un poco asustado. Debería dirigirse al Hospital a ver que tipo de cura le hacían, antes pasarían por un centro de la Cruz Roja que estaba a menos de tres minutos de allí, donde yo los mandé. Partieron todos con él con la promesa de decir que eso les había sucedido en la calle. Cuando salieron del bar sangraba bastante menos, aunque me quedé con la sospecha de que se estaba tragando su propia sangre.
Nos quedamos todos alucinados en el bareto. "Cómo se ponen las cabezas. !Dios mío¡".
- !Fernandina, guapa¡. Ponme un Cutty, por favor;....!doble¡ y dale a la música. - Le digo a mi compañera en un tono de voz alto.
- !Guay¡. ¿Me puedo tomar yo otro?. - Me replica la compungida chica.
- Mejor, vamos a hacer una cosa. Acercaros todos a la barra que esta ronda va por la casa... Pero no os pongáis como el menda éste. ¿Estamos?.
Al menos se acercaron ocho o nueve personas. Fernandina le pulsó al power del ampli. Ella servía las consumiciones con un talante muy simpático. Le debió de atraer mi gesto. "Mejor". Cuando terminó le dije:
- La botellita esa de Cutty Sark no me la escondas mucho... que parece que le he cogido un poco de cariño esta noche... !Fernandiiiiiiina¡...
XXIV
Follardo se acreditaba con un amigo en la barra. La tarde transcurría tranquila. Palabra, esta última, que puede dar un indicativo pero que no es dictatorial. La tranquilidad no suele ser un inquisitivo especial a lo largo de la jornada, siempre habrá algo que te inquiete. Y así debe ser, la historia de los bares nocturnos es compleja. Y esas dos definiciones son incompatibles. Aunque, en ocasiones se mezclen por los extremos, como en los grupos matemáticos.
Momentos antes Follardo había presentado a su acompañante en sociedad; o sea, a mí. Lo hizo mientras esperaban el servicio de dos tercios fresquitos, de la Mahou. Follardo le llamaba Gero.
- Aquí se está de putamadre, Gero. Suelen invitar bastante. A lo mejor, hoy tenemos suerte. - Decía Follardo.
- No pasa nada por lo de invitar, colega. ¿Es que no tienes dinero, o qué?.
Le contestaba el otro a la vez que sonreía.
Follardo tuvo la exactitud de colocarse frente a un espejo estratégicamente ubicado frente al grifo de la cerveza, justo en un recodo que marcaba la pared. Era primordial para una mirada esporádica de los habitantes internos de la barra, los camareros. Él captó el detalle y le gustaba colocarse allí, girándose una y otra vez, para autoconfirmarse su buen aspecto. Ese día llevaba, incluso, engominado el pelo. Su acompañante parecía sacado de un grupo de Heavy Metal. El bajo, que siempre suele ser el más discreto. El ambiente reclamó imperiosamente una mezcla de tal música; los TSOL, a la cabeza de una mixtura mundial iban a congraciarse con los decibelios.
- Escucha Gero un chiste que acaban de contarme cinco minutos antes de verte. No es muy bueno pero te tienes que reír de todas maneras. - Dice Follardo con una sonrisa en sus brillantes labios. Gero esbozó otra sonrisa. De fondo: el ruido de un vaso al chocar contra el suelo. "Joder, otro desparrame".
- Mira le dice un padre a otro: "No veas si es listo mi hijo, tiene seis meses y ya anda solo"; ...y va y le dice el otro: "el mío sí que es listo que tiene diez años y todavía lo tengo que llevar en brazos en las cuestas". Ejeeemmjeee...
- Estas dos cervezas las vas a pagar tú, claro. - Dice el tal Gero con la cara lánguida.
- Por supuesto, hombre. Y otras dos si quieres. Ahora que, entonces, te estoy contando chistes durante toda la tarde.
Gero no hizo demasiado caso, se dejaba entrever que la música atraía su atención. Y Follardo, pronto, comenzó a hablar de mujeres y con ello de la jodienda. Que, por cierto, no tiene enmienda.
- No veas Gero qué malrollo la otra noche, amiguete.
- Un malrollo con una piba, seguro. - Contesta el aludido.
- Exactamente. Si no, no lo calificaría de malrollo, colega, son los problemas que más me preocupan.
- Te complicas mucho tú, la vida, me parece a mí. - Dice Gero.
- Cómo todo el mundo, no te jode. Si te lías con ellas, lo normal es que te pasen historias.
- Hombre. Eso sí que es chachi.- Replica Gero, en plan cordial.
- !Y tú que sabes. Si ligas menos que el chófer del papa¡.
- !Qué no, qué no¡. Igual o más que tú, tío creído..
- Pues, entonces lo que te voy a contar te puede pasar a ti también. ¿No?.
- Y yo que sé, si no me lo cuentas, tronko.
- Si no me dejas, !mírale¡. - Espeta el Follardo, un tanto mosqueado.
- ¿Qué no te dejo?. Si es que no paras de hablar, vaya un menda.
Follardo levantó la mano. Hizo un gesto de victoria, cuyo significado era la pedida de otros dos tercios. Pagó en el acto. Se iba a concentrar en la charla.
- Bueno... ¿te lo cuento o no te lo cuento?. Si quieres hablamos de hacienda....
- !No, coño¡. Cuéntalo de una vez, a ver qué movida te ha pasado ahora.
Follardo comenzó a hablar, a parlanchinear. Virtud que la barra del bareto le elevaba y le confinaba.
- La otra noche conocí a una perica en una discoteca de aquí al lado. Me la traje aquí que es más barato y se habla mejor. ¿No sé si me entiendes?.
- Pues claro que te entiendo. !Vaya un menda¡. Yo es que la hubiera traído aquí antes que a la disko. Qué te parece.
- Aquí nos pusimos de whiskycito, agusto y tal....
Follardo hizo un giro respingoso para mirarse al espejo. Gero se empinó su tercio, antes hizo varios movimientos pendulares con su cabeza al son de la música. El otro continuó hablando:
- Te lo cuento como fue la cosa; el tema. No me interrumpas que me pierdo el hilo...
Follardo se ensalivó los labios y carraspeó unos segundos, con brios, y comenzó con su particular cuento:
"...debía de ser clienta de la disko, lo más seguro. Estaba cantidad de buena, morenaza y delgada, y alta. Presumía mucho por la pista. Pero le hice un vuelo rasante cuando pasaba por el sitio donde estaba yo. Como te imaginarás fui solo. Y si no te lo imaginas es igual, te callas. El caso es que nos tropezamos el uno con el otro. Le cayó un poco de la priva de mi vaso en el pecho...
"- Perdóname. - Le comenté, entonces a ella. - Ha sido sin querer...
"...Ella se quedó mirándome, como mosqueada. Parece ser que no me creyó la chica, del todo.
"- Es igual, no pasa nada. - Me contestó indignada.
"- ¿Cómo puedo subsanar esta tropelía?. - Le dije. Puse cara de enrollao y tal...
"...Al rato la estábamos tomando en la barra. La invité a todo lo que quiso. Incluso a un disparo de farla. Eso, chaval, es que no falla nunca; a mí, por lo menos. De todas maneras me la pensaba meter yo solo llegado el caso...
"- ¿Y dónde nos la vamos a meter?. Aquí como nos pillen nos echan. Yo no me arriesgo. - Me dijo ella.
"Pues ya está, le dije. No hay problema. Aquí cerca hay un pub de un amiguete. Nos vamos y por el camino nos la hacemos sin problemas. Allí te invito a otra copa para la sequedad de boca...
"Le gustó la movida. Se despidió de su gente. No debería tener ningún compromiso. Yo me alegré mucho de eso. Salimos de allí con la condición de acercarla luego a su casa. Estupendo, le dije. Nos vinimos hacia aquí...
"Nos hicimos una raya en el coche aquí enfrente. Cuando llegamos aquí se la presenté al Tato. Estuvimos charlando los tres un rato, mientras nos tomábamos la copa. Ella se calmó bastante, pues con el rayazo se había puesto nerviosa. El Tato le dio una tarjeta de publicidad del bareto. "Para que vuelvas otro día, aunque sea sola", le dijo. Ella se alegró ya del todo y empezó a estar en confianza, tanto que le propuse el meternos otro tiro y aceptó. El Tato nos abrió la puerta del privado que tiene y nos lo hicimos allí. Le tuve que poner otra a él. Si no igual no me deja. Después, con la música nos animamos y bailamos. La música era de verbena. También bailaban en la otra esquina. Debute, ...colego..."
Follardo pidió otra ronda para ellos, con un guiño estratégico. La verdad que estaba contando la historia con bastante acercamiento. Recordaba el haberles puesto música pachanga. Eso si te pilla en racha hace que bailes, cuanto menos hará que todo el momento sea festivalero y muy de agradecer por la mayoría. Follardo siguió:
"...Ella y yo charlábamos de la movida madrileña. Ese cuento que no sé de dónde ha salido, cuando lo normal en una gran urbe es haya movida siempre, aparte de que de eso hace años. Ella era estudiante y vivía con cinco compañeras más. Le gustaba hablar de la noche de Madrid. Yo le decía que era la mejor noche del mundo por varios motivos. Me daba la razón, la chica. Al final íbamos bastante colocados. Con el último baile de aquí le comí el cuello en uno de los pases. Ella se dejó hacer. Luego en la barra empecé a apretarle la mano y el brazo. Al final, estábamos cogidos de la mano casi sin darnos cuenta. El Tato nos invitó a otra ronda. Esa fue la penúltima. ¿Sabes cómo te digo?, y llegó la hora de que nos marcháramos...
"En el coche, antes de arrancar para llevarla a su casa, nos morreamos un rato. No parecía animarse del todo. Igual no me lo hice bien. El caso es que dijo que quería acostarse ya. Le dije que no me importaba que ya nos veríamos otro día por la disko o por el bareto del Tato. Así que la llevé...
"Durante el trayecto apoyó su cabeza contra mi hombro, apenas si me dejaba conducir. Ya no me estaba haciendo tanto la movida. En una de las curvas realicé una brusquedad para que se quitara. !Joder, es que no me dejaba conducir¡, y total para nada. Debió de darse cuenta y no se apoyó más...
"Llegamos al portal de su casa y nos quedamos mirándonos los dos. Le dije que no me apetecía irme a casa y que me había quedado sin un pavo, a ver si se quedaba conmigo otro ratito en el coche y me comía algo. ¿Sabes?...
"Comenzó a decir que en el piso tenía la habitación compartida y que no se podía hacer ruido. Que estaría su compañera durmiendo. Que aquélla no salía nunca...
"- Pues, vamos a tener que hacer una labor por la patria un día de estos.
"Le dije con bastante picaresca...
"- No creo que vaya a salir nunca. Es muy estudiosa y no quiere suspender ninguna. Además tiene novio en el pueblo y sise entera el otro, igual la deja...
"- Cómo son los tíos, de malos y de gilipollas. ¿!Eh¡?...
"- Sí. Es verdad. ¿Cómo lo sabes?...
"- Porque los conozco...
Eso le contesté, Gero. ¿Sabes cómo te digo?, !no¡. Follardo bebió un trago.
"Luego nos echamos a reír los dos. Entonces ella tuvo una idea. Me propuso subir a su casa. Que allí tenían coca-cola y alguna botella, por ahí en la nevera. Que si nos quedábamos en la cocina sin hacer ruido, podría quedarme allí, hasta que me diera un poco de sueño. !Vamos, un ratito¡. Vi una puerta abierta y acepté enseguida...
"Subimos a su casa. Un bloque de estos del centro, muy grande y con las casas a lo antigüo, que te pierdes, como te descuides un poco. Me hizo pasar a la cocina y me dijo que la esperara. Iba a comprobar quién estaría en la casa. Por lo visto había tres chicas, allí. Una de ellas era su compañera de habitación. "Qué mala suerte, pensé...
"Sacó la botella del Dyc. Le dije que a mí me lo pusiera solo. Nos hicimos otra raya, allí, en cuanto dimos tres tragos. Entonces una compañera del piso dijo algo. Ella se acercó hasta la habitación de ésta. Cuando volvió dijo que iba a apagar la luz, que parecía molestarle a su otra amiga. Pero que nos podíamos quedar otra rato con la luz apagada. Ella dejó la puerta de la nevera abierta y con ese chorro de luz veíamos todo lo que había que ver...
"Estábamos sentados cada uno en una silla. Le ofrecí tabaco en uno de los lances. Apenas si hablábamos para no hacer ruido. Le dije que se fumara el cigarro más cerca de mí. Que me apetecía besarla. No sé cómo pero aceptó. El Dyc que hace milagros, me imagino. El caso es que terminó sentada encima mía, abierta de piernas y rozándome con el potorro en el paquete. Empezamos a besarnos en la boca. Se me puso el tema tieso. Le sobé las tetas cantidad. No veas, que fregado montamos allí. Ella tuvo que excitarse, lo más seguro y se dejó hacer. Le metí mano al coño y a las tetas a la vez. Le desabroché el pantalón y dejé todo aquello al descubierto, la blusa por encima de las tetas. Se le puso el coño mojado completamente. Lo normal, en esos casos, ¿sabes cómo te digo?. Pareció desinhibirse del todo y me dijo, espérate, al oido. Se quitó el pantalón. Pensé por un momento que iba a chupármela. Pero no. Directamente se encalomó encima mío. Mientras ella se quitó el pantalón, yo hice lo propio. Hay que estar atentos en esos casos, que hay veces que en cuestión de dos segundos se te han arrepentido y te quedas con todo en el aire...
"Se subió encima de mí y se penetró ella sola. !Qué demasiado¡. Yo creo que siempre quiso echar un polvo y que estuvo tonteando hasta que no pudo más. Me rodeó el cuello con sus brazos y apretó hacia abajo. Me llegó a hacer daño. Me pareció oír al oído que si nos íbamos a ver otro día. Le dije que no había problema, que sí. !Nos ha jodido¡. Yo me corrí al poco tiempo, pero no se me desinfló. Y mira que es raro, que ya sabes lo que pasa con la farlopa. Me parece que fue la postura de la silla. Entonces ella comenzó a gemir más fuerte. Unos gemidos cavernosos, diría yo. Cada vez subía más el tono de voz. A mí no me importaba, ella sabría lo que hacía... Se empezó a correr a la vez que se encendió la luz de la cocina. Su compañera de cuarto estaba allí, mirándonos...
"Ella no se daba cuenta. Entonces, colega, voy notando un calorcillo por los muslos y por los gemelos. Me toco y estaba empapado. Y una peste a meados que te cagas. Se estaba meando y corriendo a la vez. La amiga le decía en voz alta: siempre haces igual, no dejas vivir a nadie tranquila. Se dio cuenta entonces y se levantó. Yo tenía un charco en los pies y todo el pantalón y los gallumbos mojados. ¿Qué te parece?. Menuda catarata. Seguía meándose incluso de pie. Me reincorporé y me subí el pantalón. Igual hasta me voy a resfriar hoy, pensé. La amiga le decía que era una guarra y que estaba harta de que se meara. Por lo visto, cada vez que se corría le sucedía. Y le sucedía a menudo y sin darse cuenta, la mayoría de las veces. La amiga le gritaba que ya lo estaba recogiendo y que se fuera a la mierda. La morenaza estaba como ida, más cortada que la leche de un mes. Yo no tenía más remedio que irme al coche cuanto antes y quitarme la ropa. Ya me apañaría. Por lo menos tendría que quitarme los calzoncillos a ver si aguantaba hasta llegar a casa. !Qué mal rollo¡. La del polvo no quería ni mirarme y la compañera no paraba de decirle barbaridades, así que me marché. Si quiere que nos veamos ya sabe por dónde tiene que pasarse".
Follardo dejó de hablar. Ya era hora, por otra parte. Pidió otras dos cervezas. Esta vez fue el tal Gero el que las pagó.
- ¿Qué te parece, Gero, la movida?. - Le pregunta en plan cordial.
- Que si juegas con fuego te quemas.
- Igual viene por aquí dentro de algunos días. ¿No?.
- No creo. Seguramente la chica esté cortada. Igual si no llega a aparecer la otra compañera no pasa nada. Pero así...
- No sé. No sé. !Cómo no hay quien las entienda¡. Yo sé que esos detalles le pueden suceder a cualquiera. Yo una vez me tiré un pedo y me cagué. Fue en el gimnasio. Me tuve que salir a la ducha.
- Ya, pero no es lo mismo. Creo yo.
Se encendieron un cigarro los dos y se marcharon. No sin antes despedirse con agrado y al amparo de una felicitación por parte de Gero, en relación con la música que había estado escuchando durante la charla del amigo Follardo.
Tuve la sensación de que el tal Gero agradecería la música dedicada a su presencia y que le llevaría a volver por allí. No es que la música tenga propietarios exclusivos, pero sí que tiene parcelas muy delimitadas que llevan a relacionarse muy directamente a gentes de los mismos gustos.
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La morenaza que trajo aquella noche Follardito, sí que volvió por el bareto. Extrañamente nunca coincidió con él. A mí me miraba con timidez. La verdad que arriesgarse a una meada no resulta muy apetecible.
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Pasó un rato al amparo del humo, las risas y alguna que otra pícara charla.

El Zombi entró por la puerta.
Yo estaba a punto de cerrar. El local se encontraba concurrido, aun siendo un día de diario. Al parecer una pandilla de amiguetes, o conocidos, estaban celebrando un acontecimiento especial, y decidieron culminar la fiesta allí. Rápidamebte todos miraron al Zombi con desprecio, casi en el acto. El ataviaje que portaba, el elemento, era imán para tal efecto. Entró con una mano extendida, al amparo de recoger la gracia de una limosna. Para alcohol, con seguridad. Se habría despertado del último rincón dónde debió quedarse tirado algún rato antes.
Un caso probable sería aquél que lo llevaría a haberle tomado aprecio a aquella zona, un rincón al refugio de las inclemencias del tiempo. Quizá, buscaba algo que el suponía encontraría por allí, un amigo, un familiar. Seguía lanzando bufidos inteligibles para una persona de a pie.
Las miradas compinchadas entre todos los presentes dieron indicación de que no habría problema. Que cada cuál siguiera a lo suyo. Que el dueño del bar debería hacerse cargo de la carga, nunca mejor dicho. Lo recordaba de aquel día en el bar de José y de alguna otra concreta ocasión que me pareció haberlo visto por ahí dando tumbos.
Recordé aquel dicho de Victor Hugo; "Dios sólo había hecho el agua, pero el hombre hizo el vino". Es una de las frases de aquellos grandes pensadores y escritores que no le puedo dar la razón, al menos en su totalidad. El hombre ha jugado con el vino y con sus cosechas como con todo lo creado por el Supremo o Fuerza Superior, es lo mismo. Pero, quién nos dice que el vino ha sido un invento del hombre. Me declino porque, en realidad, ha sido un descubrimiento. El vino debió surgir por alguna extraña casualidad en la naturaleza. Detalle que el ser humano ha aprovechado, abusado, o mejorado, al igual que tantísimas otras cosas de la madre natura. Ahí, a tope de cerca, tenemos el petroleo.
El zombi no tenía culpa ninguna que el vino existiera antes de nacer él. Como en realidad y a esas horas lo que le apetecía y beneficiaría sería un buen trago de ello; pues, fue lo que consiguió antes de marcharse de nuevo.
Luego cerré.
Ya en la calle lo hallé. Dormitaba tumbado sobre el primer escalón de un portal cercano. Capté un halo de felicidad.